La luz del día comenzaba a teñirse con los tonos tenues del atardecer cuando Herón regresó a la suite, tras haber tomado un breve descanso y alimentado a sus canes. Durante todo el día había estado junto a la princesa, supervisando cada uno de sus desplazamientos dentro del recinto, ajustando el ritmo a la rutina religiosa que marcaba el curso de su jornada. Hafsa cumplía sus oraciones con rigurosa devoción, sin un solo desvío en los horarios, ni una queja por el agotamiento que comenzaba a acumularse con el ayuno. Herón la observaba con respeto desde su puesto de guardia. Ella hablaba poco, apenas emitía palabras fuera de las estrictamente necesarias. No era un silencio incómodo, sino meditativo. Su presencia no exigía atención; imponía una calma extraña que incluso afectaba a sus perros

