Al abrirse las puertas del ascensor, Herón fue el primero en salir. Su andar era firme, sin titubeos, como quien ya ha inspeccionado el terreno mil veces en su mente antes de poner un pie sobre él. La mirada azul, impasible y penetrante, recorrió con detenimiento el pasillo de aquel piso reservado solo para los más altos dignatarios del mundo. A su paso, el sonido de las suelas resonaba de forma seca sobre el mármol. Detrás de él, avanzaba la princesa Hafsa con su túnica blanca, bordada con detalles, cubriéndose el rostro con el velo. Sus ojos verdes no se apartaban de la figura que la guiaba. Amal, la sirvienta más leal de su séquito, caminaba a su lado, cargando discretamente un pequeño bolso con los documentos esenciales de su señora. Cerrando la formación, Florence avanzaba con paso m

