6. Una chica de palabra
Camille
—¿Quieres otro pedazo de pastel Camille? —La madre de Marcela era muy buena conmigo. Había llegado hacía un par de horas y era el segundo pedazo de torta que me ofrecían. En realidad, de los compañeros del colegio que fueron invitados, sólo habían asistido muy pocos; mi amiga no era de las más populares, aunque debo reconocer que ella decía que eso no le molestaba mientras yo hubiera asistido.
—Si, gracias. —La señora me sirvió una porción grande y me dispuse a degustarla. Mientras comía, vino a mi mente, mi propio pastel, el que me llevó el señor Bernard el día de mi cumpleaños. No sé cómo lo supo, pero era de vainilla y chocolate, mi favorito.
Ese día fueron todo sonrisas para mí. Mamá me regaló un lindo vestido y me peinó como solía hacerlo con Sabine, quien lucía seria del otro lado de la mesa. Creo que se estaba preguntado qué sucedía, al igual que yo lo hacía. ¿Quién era ese hombre que logró que mis padres me trataran como siempre había deseado cuando llegué ahí? Pero el encanto terminó a medianoche como la cenicienta y así como llegaron, las cosas lindas también se fueron. Pero al menos, me quedaba el vestido y el broche. Desde el día que me lo regaló el hombre, solía tomarlo entre mis manos antes de dormir y acariciarlo. Me dijo que tenía valor sentimental, pero no me contó a que se refería. Y las letras, ¿Qué significaban? Esa era una pregunta que me hacía cada noche.
No podía dormir así que me levanté y con la luz que entraba por la ventana, tomé uno de mis cuadernos y comencé a dibujarlo.
En la escuela teníamos una nueva maestra de artes y me dijo que era talentosa, así que pedía que dibujara todo lo que yo quisiera, y eso hacía. En ocasiones eran imágenes tan reales como el broche, pero en otras, eran dibujos estilo caricatura. Algunos de mis compañeros los habían visto y a veces me pedían que les decorara sus cuadernos con algunos de ellos. Mi alma estaba tan necesitada de aceptación que cumplía todos sus pedidos. Lamentablemente cometí un error y siguiendo el pedido de un compañero un tanto conflictivo, dibujé a una de nuestras maestras. No supe cómo fue que su caracterización llegó a ella, pero antes de que me diera cuenta, ya estaba en la dirección y solicitaban la presencia de mis padres o sería expulsada.
Para mi sorpresa, mi madre se presentó. Pidió disculpas y aceptó la amonestación correspondiente, que se trató de una suspensión corta y petición de disculpas frente al grupo. Me moría de la vergüenza, pues siempre traté de ser invisible y ahora era conocida por casi toda la escuela.
Algunos me miraban como una heroína, otros como un simple peón de los demás, pero lo extraño fue que ahora todos sabían mi nombre y no sabía si eso era bueno o malo.
*****
—¡Vaya! Así que bajo nuestro techo vive una delincuente en potencia. —Mi hermana mostraba en su rostro lo divertida que le parecía la situación. Ahora, aparte de ser la adoptada, también era la rebelde. —Mamá te iba a enviar a clases de dibujo, pero creo que no te lo mereces. ¡Es una pena!
Me detuve en seco…veo que está a punto de irse y la detengo.
—¡Repítelo! —Eso era muy importante para mí. Era extraño que me hayan considerado para esas clases pero haría cualquier cosa por no perder la oportunidad.
—Que mamá te iba a inscribir en clases privadas de dibujo. Pero al parecer, se cancelaron, tsch, tsch.
La vi marcharse, subiendo las escaleras de manera teatral, pero no podía perder tiempo. Necesitaba hablar con mamá.
Así que esperé a que llegara la tarde y ella regresara. Me quedé en la sala muy quieta después de hacer mi tarea y la señora Olga solo pasaba y me daba malas miradas.
Ya casi anochecía cuando mi madre regresó. Venía con una gran cantidad de bolsas como siempre.
—¡Mamá! –Le dije apenas entró y ella bajó las bolsas al suelo.
—¿Camille? ¿Qué haces aquí abajo? —Tenía muy claro que no le gustaba verme merodear, pero esto era necesario.
—Mamá, siento mucho lo que pasó en la escuela. Pero por favor, ¡no canceles mis clases de dibujo!
Se quedó callada un momento como analizando de qué estaba hablando. Cuando al fin lo comprendió, una sonrisa extraña se dibujó en su rostro.
—Puedo seguir considerando esas clases, pero sabes que todo tiene un castigo o una recompensa. ¿Cierto? —Solo asentí, sin entender a donde quería llegar. —Bueno, debes escoger. El señor Bernard te obsequió una beca para estudiar en el extranjero. Es un hombre muy amable y sintió lástima por ti, así que esta es mi propuesta. Puedes tomar esas clases que tanto te interesan aquí o viajar al instituto en Londres. Debes pensar bien las cosas, pues ese colegio es exclusivo y también tu hermana está muy interesada en asistir. Piénsalo esta noche. O las clases o el colegio.
Al terminar de decir eso, me quedé sola en medio de la sala. Tenía casi once años y se trataba de una decisión importante.
Mientras estaba en mi cuarto, me imaginé en otro país. Nunca había salido fuera, mi único cambio había sido del orfanato a esta casa donde a pesar de todo, me sentía segura, mientras que Sabine solía estar fuera de manera frecuente. En ese momento, y sintiéndome vulnerable, sabía que no sobreviviría sola en otro lugar, así que aposté por lo más confiable. Sí, me quedaría en ese lugar y tomaría las clases que tanto me interesaban y dejaría que mi hermana fuera a ese lugar que era tan “exclusivo”. No tenía idea de cuánto tiempo se iría ni a partir de cuando, pero eso también significaba un especie de descanso para mí, así que ya había tomado mi decisión. Lo que no sabía, es porque me dieron esa beca y cómo harían para que Sabine fuera en mi lugar, pero me imaginé que mi madre tenía todo planeado. Y creyendo que había tomado la mejor decisión, me fui a dormir, imaginando las cosas lindas que iba a aprender en mis próximas clases.
*****
—Oye Camille, ¿no tenías que irte temprano? —La voz de uno de mis compañeros de clases me saca de mi concentración. Levanto la vista y veo la hora en el reloj de la pared.
—¡Es verdad! Mi hermana se va mañana y hoy le harán una fiesta de despedida. —El chico sonríe y me regala una intensa mirada. Varios compañeros suelen tirar indirectas sobre nosotros, pero yo no les sigo el juego. De momento no me interesa enamorarme, pero tal vez en algún momento pueda darle una oportunidad de conocernos si llega a mencionar algo. No es feo y es muy agradable, aunque no me hace sentir ese “click” del que hablan cuando te sientes atraída, pero tal vez no sea lo mismo en todas las personas y haya que darle la oportunidad de manera diferente.
—¿Quieres que te lleve? —Es un chico muy talentoso, pero mayor que yo. Ya tiene dieciocho años y posee una moto. En algunas ocasiones lo veo llegar con su casco y no niego que he tenido la curiosidad de dar una vuelta, pero no me he atrevido a aceptar sus invitaciones.
—Gracias, no, el chofer debe estar afuera. —Le doy una sonrisa y me devuelve el gesto. Camino a la ventana y veo el auto esperando por mí. Mamá quiere asegurarse de que esté presente.
Mientras voy en el auto, pienso en todo lo que ha pasado hasta hoy. El día había llegado. Mi madre cumplió y me inscribió en una buena escuela de dibujo. Durante el tiempo que he estado tomando clases, me he sentido más feliz y satisfecha que nunca. Han transcurrido cuatro años desde el día que tomé la decisión de aceptar el cambio y no me arrepiento. En este lapso, mi hermana y mi madre no han parado de hablar de todo lo que harán cuando viajen a Inglaterra. Aunque no me cuentan directamente, sé que han alquilado un bonito departamento para que viva mi madre, ya que no piensa dejar que su hija esté sola allá. Mi padre luce satisfecho y aunque no me incluyan, me toman en cuenta en sus charlas.
Ahora, con casi quince años, puedo decir que aunque nunca me han aceptado como una de ellos, he tenido una buena vida. Tengo comida, techo, ropa y estudios.
Al terminar la escuela básica, pensé que me integrarían de nuevo al colegio, pero en el siguiente nivel, sin embargo, me dejaron en el mismo sitio, y no me quejo en realidad. He pasado unos años tranquilos en esta escuela y no me molestan. Varios son los que saben que no soy hija biológica, pero a muchos no les importa, como fue el caso del otro colegio. Aquí cada quien vive sus propios problemas y no hay tiempo de meterse en los de los demás.
Mi amiga Marcela estuvo a punto de abandonar, pues su familia lo pasó mal un tiempo e incluso casi pierden su casa, pero afortunadamente, pudieron arreglarlo y no se marcharon. Me habría sentido muy triste si me hubiera quedado sola, pues es la única amiga que tengo.
Me detengo de pensar, al ver que hemos llegado. Pensé que se trataba de una pequeña celebración de despedida, pero es una fiesta por todo lo alto.
Me he acostumbrado a entrar por la puerta de servicio, así que tomo mis cosas y me dirijo hacia allá. Hay muchos empleados y nadie me toma en cuenta. Atravieso la cocina y salgo corriendo rumbo a mi habitación.
Al abrir la puerta, me sorprende lo que hay sobre la cama. Un hermoso vestido color rosa tenue, perfectamente acomodado, y un lindo par de sandalias que combinan perfectamente.
Camino hacia donde están las cosas y la puerta se abre tras de mí.
—Camille, qué bueno que llegaste. Esa es la ropa que vas a lucir, el señor Bernard estará aquí y querrá saber porque no aceptaste viajar. ¿Estás de acuerdo en decir que fue porque no lo deseabas?
Al parecer mi respuesta es importante, pero fue un trato que acepté y debo cumplir mi parte. Así soy yo. Una chica de palabra.
—Sé que decir, no te preocupes mamá. —Le doy una sonrisa y me la devuelve un poco forzada. Al parecer está nerviosa por que pueda salir algo mal, pero no voy a defraudarla.
****
Al bajar al banquete, mi madre me toma de la mano y me lleva al lugar donde está el hombre que recuerdo. Luce mayor, pero cuando me mira, sus ojos parecieron brillar.
—¡Camille! —La manera como me saluda me hace sentir un poco de calidez en el corazón. Me acerco a él y me da un pequeño abrazo.
—Luces muy bella. Te pareces tanto a … —No continua cuando mi madre carraspea. El hombre parece darse cuenta que iba a decir algo que no debería.
—¿Me parezco a alguien? —Intento saber a que se refiere, pero solo sonríe.
—Te pareces tanto a una princesa, es lo que iba a decir. —No sé porque sentí que mintió pero no quise molestarlo insistiendo. —¿En verdad no irás al colegio? Los cupos son únicos y si no vas no habrá otra oportunidad.
Por lo que veo, ese fue el motivo por el que no podían mandar a Sabine. Ella no tenía puesto y yo sí.
—Si, estoy tomando clases de dibujo y no quiero dejarlas. —El hombre niega no muy convencido.
—Creo que ellos también tienen buenas clases de dibujo. ¿No lo leíste en el material que te enviaron?
Miro de reojo a mi madre. En realidad no me mostró nada.
—Si, pero las que tomo aquí me gustan mucho. Lo siento y gracias. Además, Sabine ya está lista para viajar.
El hombre se queda callado un momento y suelta un suspiro de resignación.
—Hubiera sido lindo que estudiaras en el mismo lugar. —Sus palabras son ambiguas y nuevamente siento la mirada de aprensión de mi madre, la cual interviene de inmediato.
—Le aseguro que Camille estará bien aquí. Buscaremos una buena universidad para ella.
El hombre parece conforme y no se menciona nada más. Paso un rato a su lado y luego camino por entre los invitados. Las palabras del hombre me dejan pensativa y por primera vez, siento que cometí un error.