Lentamente, levanta la cabeza. Sus párpados se abren rápidamente. Sus ojos son una mezcla de verde y avellana, con un borde oscuro natural que acentúa su intensidad. No puedo identificarlo con exactitud, pero algo en esa mirada despierta mi interés.
Diablos, si tuviera un corazón, juraría que acaba de perder un latido.
—¿Es ese tu verdadero nombre?
Ella se encoge de hombros. —Podría ser— murmura.
Joder, tengo a otra mentirosa entre manos. «Lo críptico puede ser sexy si estás audicionando para ser la próxima Chica Bond. Aquí no va a funcionar. Dime tu verdadero nombre. O vete».
—No. —Su voz es un susurro sensual, suficiente para distraerme por un segundo antes de que su respuesta se asiente.
—¿No
—Con todo respeto, estás escondido tras una cámara dando órdenes. Entiendo que tienes las riendas de esta pequeña fiesta. Pero no te voy a mostrar todas las mías desde el principio. Mi nombre, para esta entrevista, es Suerte. Puede que no figure oficialmente en mi certificado de nacimiento, pero lo he seguido desde los quince años. Eso es todo lo que necesitas saber.'
Bueno... j***r. Observo con cierta sorpresa que estoy a punto de sonreír.
Me froto la boca con el dedo enguantado, dividido entre dejar que se salga con la suya hablándome de esa manera o mandarla a empacar.
Claro, me intriga. Y cualquier verdad relevante que necesite se descubriría antes de que firme, si llegara el caso. Pero para que esto funcione, necesita obedecer mis órdenes sin hacer preguntas.
—Levántate. Aléjate de la cámara hasta llegar a la pared.
Se levanta sin rechistar, recuperando algo de buena voluntad. Apartando la silla de su camino, retrocede lentamente. El dobladillo de su camiseta suelta descansa sobre unos vaqueros desteñidos. Incluso antes de que esté completamente expuesta a la cámara, vislumbro por primera vez la figura de reloj de arena que envuelve la pequeña figura. Es una chica pin-up de los cincuenta, vestida con ropa barata. Tiene pechos grandes, pero no llega a ser una doble D, muslos y pantorrillas tan bien formados que detiene el tráfico, con un tono de piel naturalmente dorado que denota una posible crianza en el medio oeste.
Tiene un potencial deslumbrante, sujeta a varias comidas nutritivas. Pero he visto y hecho suficiente en esta vida retorcida como para saber que su cuerpo no es lo que llamaría la atención. Es su mirada. Los secretos y las sombras que se esfuerza por ocultar. Casi la están devorando viva.
Me importa un bledo cuáles sean esos secretos. Pero la oportunidad de follar... de follar con ellos, de exponerlos ante mis cámaras, enciende una llama siniestra en mi interior.
—Date la vuelta y suéltate el pelo.
Sus dedos se contraen a los costados por un segundo antes de mirar hacia la pared. Una mano se extiende y tira de la banda que sujeta el nudo suelto en la parte superior de su cabeza.
Mechones color caramelo y dorado caen en cascada por su espalda. Tan espesos que podrían tragarme las manos, su cabello ondulado le llega más allá de la cintura, y las puntas afiladas rozan la parte superior de su trasero perfectamente redondeado.
La observo unos minutos y luego hablo por el micrófono distorsionando la voz: —¿Tienes alguna marca de nacimiento distintiva que deba conocer, Suerte?
La pregunta la cala. Su espalda se pone rígida por un segundo antes de obligarse a relajarse. —Sí.
—¿Dónde?
—En la parte superior de mi muslo—, responde ella.
—Muéstrame—, respondo, aunque en realidad no necesito verlo. Mis estilistas, cuidadosamente seleccionados, pueden disimular cualquier marca indecorosa.
Lentamente, se da la vuelta. Esperaba que bajara la mirada o que se le notara un poco la vergüenza, pero miraba fijamente a la cámara mientras sus dedos se abrían los botones de sus vaqueros. La cremallera baja y se desliza la tela vaquera sobre las caderas. Sus bragas blancas de algodón son sencillas y nada sexys. Aun así, mis ojos se fijan en la tela ajustada que enmarca los labios de su vulva.
También veo el rastro del arbusto prensado detrás del algodón.
Me remuevo en el asiento, pero no busco la erección que cobra vida tras mi bragueta. Las pajas son una pérdida de tiempo. O cojo o no cojo. Así de simple.
Se baja los vaqueros hasta la rodilla y gira la pierna derecha hacia afuera. El disco rojo redondo justo en la parte interior de su muslo es tan distintivo que necesita ser tapado. Lo anoto mentalmente.
—Gracias, Suerte. Puedes volver a vestirte.
Un atisbo de sorpresa se dibuja en su rostro, pero se ajusta rápidamente la ropa. Al terminar, vuelve a colocar las manos en los costados.
—Es hora de tu prueba de pantalla. Aparta tu cabello hacia un lado y acércate. Apoya las manos en el escritorio e inclínate hacia adelante, pero no te sientes.
Ella sigue mis instrucciones al pie de la letra. Ajusto la cámara para que esté en ángulo y capte su rostro.
—¿Estás lista?
Ella hace un pequeño gesto con la cabeza.
—Acabas de entrar en un bar. No me conoces. Pero me ves, el chico de la esquina, tomando un bourbon. Y yo te veo. A ti, a ti. Cada fantasía que has tenido. Quiero concedértela. Me has encontrado, Suerte, el chico que quiere follarte más que su próximo aliento. ¿Me ves?
Sus fosas nasales tiemblan levemente. —Sí.
—Bien. Mira a la cámara. No parpadees. Muéstrame lo que quiero ver. Convénceme de que vale la pena follar contigo. Convénceme de que vale la pena morir por ti.
Baja los párpados, su rostro es contemplativo, pero no parpadea ni pierde la concentración. Lentamente, su expresión pasa del desinterés a la fascinación. Levanta los párpados y es una sirena de ojos verdes. Su atención es absorta, inquebrantable. Sus labios, de un rosa amoratado, se separan, pero no se pasa la lengua por los labios como esperaba. Simplemente... respira. Inhala. Exhala.
Traga saliva, un movimiento lento que dirige la atención a su cuello, luego baja a sus pechos. Hipnotizado contra mi voluntad, observo cómo sus pezones se endurecen contra la fina tela de su top. Sus dedos se enroscan gradualmente en la dura madera y cada inhalación y exhalación se convierte en una exigencia silenciosa.
Dentro… fuera… de… mí…
En. j***r.
Fuera. Yo.
Me quedo quieto, aunque mis dedos pican por contraerse y mis músculos arden con una inquietud que no he sentido en mucho tiempo.