La observo controlar la cámara, con el cuerpo rígido por la tensión lujuriosa. Sus ojos se abren de par en par con la necesidad de parpadear, pero no lo hace.
Ella se queda quieta, aprieta los puños y respira sexo. Se le humedecen los ojos y una lágrima resbala por una mejilla. Verla es curiosamente catártico, un pequeño clímax.
Me hundo en mi asiento. —Eso fue bastante convincente. Puedes sentarte, Suerte.
Parpadea rápidamente antes de hundirse en la silla. Un rápido gesto y la lágrima desapareció. Tampoco la promesa del polvo de su vida que se dibujaba en su rostro hace un momento.
Su talento actoral es extraordinario. Por un instante, dudo si eso es bueno o malo. No quiero que sea demasiado refinada. Descarto la idea y miro sus notas.
—¿Su dirección es un motel?
La dirección en Queens no me resulta familiar, pero la cadena de moteles tiene fama de ser excepcionalmente mala. Disimulé mi disgusto y esperé su respuesta.
—Llegué hace poco a la ciudad. Aún no tengo domicilio fijo.
Los secretos de su mirada, la ropa raída, el pelo despeinado y la v****a sin afeitar empiezan a contar su propia historia. Puede que tenga el valor de ser insolente cuando se arriesga a perder un trabajo que promete una paga irresistible, pero también está desesperada.
¿Qué tan desesperada es la pregunta?
—¿Estás trabajando actualmente?
Ella asiente. —Trabajo de vez en cuando en un servicio de catering. Pero no es nada que no pueda solucionar, si es necesario.
—Entonces, ¿serás libre de hacer esto si quiero?
La desesperación aumenta, y entonces un destello de ira se refleja en sus ojos. —¿Si...? ¿Quieres decir que hice todo esto para nada?
Me río por lo bajo ante su audacia. —¿En serio creías que ganarías un millón de dólares con una simple prueba de pantalla de tres minutos?
La ira desaparece de sus ojos, aunque aprieta la boca un instante antes de hablar. —¿Entonces es verdad? ¿No es una estafa? ¿De verdad este trabajo paga un millón de dólares? ¿Por... sexo?—, pregunta con voz áspera.
—¿Crees que lo admitiría si fuera una estafa? ¿Qué decía el anuncio?
Su delicada mandíbula se flexiona por un segundo.
—Un millón de razones desinhibidas para dar el salto.
Un millón de oportunidades para ganar un premio.
Un millón para entregarse a lo carnal.
¿Eres lo suficientemente valiente para rendirte?
¿Para un día de pago inolvidable?—.
El hecho de que recuerde el anuncio textualmente habla aún más de su estado de ánimo desesperado.
Permanezco en silencio y espero que ella hable.
—Entonces… suponiendo que no sea una estafa, ¿cómo funcionará esto?
—Si pasas las siguientes pruebas y decido que eres la persona adecuada, conseguirás el trabajo. Recibirás cien mil dólares por cada actuación.
—Entonces… diez actuaciones… ¿durante cuánto tiempo?
—Depende de cuántas tomas se necesiten, entre tres semanas y un mes. Pero te advierto que es un trabajo duro, Lucky. Si crees que vas a quedarte de brazos cruzados recitando el himno nacional, piénsalo dos veces.
Sus dedos tamborilean sobre la mesa, la primera señal de nervios que exhibe. —Yo... yo no haré nada... raro, ¿verdad?
—Define raro.
—Esto va a ser sexo puro y duro. ¿Nada más... de cosas corporales? Porque eso sería un rotundo no para mí.
Mi boca intenta contraerse de nuevo. —No habrá obras de agua, desechos ni b*********d en las representaciones.
Sus dedos dejan de tamborilear. —De acuerdo—. Espera un instante, mirando fijamente a la cámara. —¿Y cuándo lo sabré?
Oigo la urgencia apenas disimulada y me froto el labio con el dedo otra vez. —Pronto. Te contactaré en una semana—. No sé exactamente por qué quiero jugar con ella. Pero intuyo que tenerla nerviosa añadiría otra capa de excitación que necesito con urgencia.
Cuando abre la boca, la interrumpo. —Adiós, Suerte.
Un pensamiento fugaz sobre el origen de su nombre se desvanece en el olvido. Presiono el control remoto para llamar al guardaespaldas y que la escolte fuera, y salgo de la habitación.
Unos minutos después, en mi estudio, abro la pantalla de mi escritorio y activo el servicio de cifrado que necesito. Abro la aplicación y, en cuestión de minutos, los miembros de mi exclusivo club de caballeros ya están conectados.
Mi correo electrónico es breve y conciso.
La próxima producción de R está prevista para estrenarse el 20 de mayo de 2020.
Limitado a diez miembros.
La subasta comenzará en quince minutos.
Empiezo la cuenta atrás y me levanto para servirme un bourbon solo. Me trago el primer trago con dos pastillas recetadas, que al parecer me sirven para no pasarme de la raya, y me dirijo al ventanal. Miro hacia abajo, al tráfico denso de Midtown. Este ático de planta media es uno de los muchos que tengo en este edificio y en los alrededores de Nueva York.
Técnicamente, no vivo aquí. Solo lo uso cuando las presiones me exigen distanciarme de la mansión familiar del Upper West Side. Nunca me alejaría mucho tiempo. Para empezar, he aceptado que mi familia nunca me dejaría solo.
Sé lo que sé. Así que se han propuesto mantenerme a raya. Pero con más de trescientas propiedades en mi cartera personal y unos cuantos miles más bajo el control de la empresa familiar, hay muchos lugares a los que desaparecer cuando aúllan los demonios.
Hoy en día, el ático de Midtown es mi refugio temporal.
Me doy la vuelta cuando el temporizador emite un pitido de advertencia de un minuto.
Regreso a mi escritorio y ajusto el distorsionador de voz. Cuando el reloj llega a cero, hago clic con el ratón. «Caballeros, comiencen sus pujas».
Apenas pierdo la voz cuando las primeras cinco pujas aparecen en la pantalla. Sesenta segundos después, la puja total asciende a un cuarto de millón de dólares. Junto los dedos y desearía estar más emocionado. El dinero no significa nada. Nunca lo ha significado. Es el resultado final lo que me emociona.
Mi mente regresa a Suerte. Le doy vueltas a la joya de su elusividad y me reconozco que tiene potencial.
Quiero usar un bisturí para desenterrar todos sus secretos, desangrarlo y mancharme las manos con sus vísceras. También quiero follármela hasta que su cuerpo se rinda. Ahora mismo, no sé qué más deseo.
Así que me concentro en los números que aparecen más arriba en la pantalla.
Medio millón. Un millón. Uno coma cinco.
Mi teléfono suena dos veces. Lo cojo y leo los dos recordatorios de citas en la pantalla.
19:00 – Dr. Nathanson. Mi psiquiatra.
21h00 – Cena con Maxwell.
Confirmo nuevamente el primero y borro el segundo.
Cancelar la cena con Maxwell me traerá mucha irritación. Nadie cancela una cena con Maxwell Blackwood. Para empezar, es uno de los hombres más poderosos del país.
Él también es mi padre.
Sí, me llamo Ryan Blackwood, heredero de la herencia Blackwood, hijo único de Maxwell Blackwood y Adele Blackwood (fallecida). Mi familia posee una cantidad impresionante de propiedades en la costa este de Estados Unidos y algunas en la oeste. Según los contadores, mi patrimonio personal es de veintiséis mil millones de dólares.
Pero me encantaría tener que lidiar con mi padre en el infierno. Lo he hecho desde los quince. Así que ignoro su llamada y veo cómo los rezagados se alejan hasta que me quedo con los diez mejores postores. Las pujas disminuyen, y en media hora, soy casi dos millones de dólares más rico.
Veo el nombre familiar del mejor postor y hago una mueca de desprecio. Recibir su dinero, además de todo lo demás, es oscuramente satisfactorio.
Una vez finalizada la puja, cierro la aplicación y abro otra lista. Docenas de sitios web de organizaciones benéficas con fotos de niños hambrientos inundan mi pantalla. En cuestión de minutos, cincuenta organizaciones benéficas recibieron con gratitud dos millones de dólares.
Quizás sea Ryan Blackwood, un usuario ocasional de medicamentos recetados para mantener a raya a los demonios, que trabaja como R, estrella porno de unos pocos exclusivos que pagan millones por mi trabajo.
Y puede que sea un imbécil desquiciado con serios problemas con su padre.
Pero nadie dijo que yo no era un dador.