PREPRODUCCIÓN
—Cómo te sientes hoy, Ryan?
Suspiro. —Te pagaré cien mil dólares si prometes quitar esa pregunta de nuestras sesiones.
Adriana Nathanson me observa en silencio durante un minuto entero desde lo alto de sus gafas rectangulares. Tiene buen aspecto para una mujer de unos cuarenta y tantos, incluso podría pasar por una MILF rubia de ojos azules decente, aunque vislumbro indicios de una creciente adicción al bótox. "¿Por qué quieres que lo deje?"
—Porque ambos sabemos que cualquier respuesta que dé sería una mentira”.
—Te tengo una idea. ¿Por qué no pruebas a decir la verdad por una vez?
—Tengo una idea. ¡Váyase a la mierda, Dra. Nathanson! —Apenas se me acelera el pulso, pero hay algo de veneno en mi respuesta, lo cual me sorprende incluso a mí.
Frunce los labios. —Creía que ya habíamos superado la etapa de hostilidad, Ryan. Estamos progresando.
—¿En serio?—, pregunto sin ningún interés. —¿Y por qué lo piensas?
—Porque no has mostrado señales de ello en más de un año. —Garabatea en sus notas.
Me quedo en silencio.
Finalmente levanta la vista. —¿Ryan?
"¿Doctora?"
—¿Pasó algo desde nuestra última sesión? Pareces… agitado.
Me crujo los nudillos con fuerza. —No. No lo estoy.
Nos miramos fijamente. Hemos jugado a este juego miles de veces.
—¿Cómo van las pesadillas?
Siento un espasmo en el espacio entre los omóplatos. Hay que reconocerle que tiene sus momentos. No son muchos, o no habría estado viniendo aquí durante diez años. Aunque, técnicamente, no hay cura para lo que tengo.
Me recuesto y froto el tic contra el sillón de cuero. —Siguen siendo tres tonos mejores que los comunes".
—No son nada comunes, Ryan. Háblame del último.
El tic se intensifica. Lo ignoro. —No fue diferente del anterior. Y del anterior—. No importa lo que haga, ni lo fuerte que grite, al final muere.
Frunce los labios de nuevo. —Hablar de ello ayudará.
—Estoy absolutamente seguro de que no lo hará.
Suspira, deja su pluma Montblanc sobre sus notas y se quita las gafas. Me invaden unos ojos azules, decididos. —Tu padre ha vuelto a la ciudad. ¿Ya lo has visto?
Me quedo paralizado. Los espasmos cesan de golpe. Antes de que se manifieste, lo siento. El abismo. Es como un virus mortal que se abre paso a través de mí. Empieza en mi muñeca izquierda. Se alimenta de mis venas y se arraiga en mi cerebro. No es fácil controlarlo, pero lo intento. —No, no lo he hecho.
—¿Y tu madrastra?”
Esbozo una sonrisa siniestra. —Esa es una pregunta estúpida, Dra. Nathanson.
Tiene la gracia de parecer avergonzada. Ambos sabemos que a mi madrastra le han prohibido verme sin la presencia de mi padre. Por lo tanto…
—¿Qué opinas de su regreso?
—Medio millón.
—No puedes sobornarme para que no te haga preguntas, Ryan.
—Entonces pregúntame otras diferentes.
Ladea la cabeza. Como si realmente la desconcertara. Sé que no. Ella sabe exactamente quién soy. Lo que se esconde tras esta burla de la civilidad.
—¿No quieres mejorar?
Otra pregunta idiota. Reanudamos el intercambio de miradas. Ella descruza y vuelve a cruzar las piernas.
—Llamé a tu oficina hoy temprano. Tu asistente administrativo me dijo que te marchaste temprano.
—¿Hay alguna pregunta ahí?
Ella se encoge de hombros. —No es propio de ti salir de la oficina hasta por lo menos las diez.
—Una vez más, no escucho ninguna pregunta.
—Estaba por aquí. Pensé en almorzar contigo.
—¿Por qué?
Suelta una risa nerviosa, la primera señal de que está a punto de estallar. Casi me río. Es tan predecible que resulta aburrida. —¿Por qué almuerza la gente?
—No. ¿Qué te hace pensar que querría almorzar contigo?
—Porque es lo que hace la gente normal. —Inmediatamente se da cuenta de su desliz y hace una mueca.
—Pero no soy normal, ¿verdad, Dra. Nathanson? ¿No es por eso que la he estado viendo cada semana durante los últimos diez años? ¿No es por eso que me ha estado dejando correrme en su boca desde que cumplí los dieciocho?
—Ryan…
—¿Hemos terminado, Doctora?
—Necesito que empieces a abrirte un poco más—.
—¿Ya terminamos?
—Por hoy, sí.
—Gracias, j***r. ¿Me haces un favor? Deja de fingir que lo sabes todo sobre mí. Solo sabes lo que te cuento en esta habitación. —Hago crujir los nudillos de nuevo, una costumbre asquerosa que nunca he podido abandonar. Espero a que cierre su libreta de cuero y la deje en la mesa junto a ella. Cuando sus ojos azules vuelven a mí, me recuesto y la observo. —Levántate. —Hace lo que le ordeno—. Date la vuelta, mira hacia la puerta. ¿Está cerrada?
Ella niega con la cabeza. "No". Su profesionalismo se ha esfumado y su voz tiembla de emoción. Por un segundo, anhelo un poco de esa emoción, pero qué demonios. Estoy a punto de pasar diez minutos decentes.
—Bien. Quítate la ropa.
Se quita el recatado traje n***o, seguido de su blusa de seda color crema. Dobla la ropa y se alisa. Observo su cabello recogido, el broche dorado de perlas que descansa sobre su nuca, la ropa interior de encaje gris paloma, las ligas, los tacones.
Mi aburrimiento se intensifica.
—Giro de vuelta.
Obedece. Su frente ha mejorado ligeramente gracias a unas buenas tetas. La observo con objetividad. Es hermosa, aunque un poco delgada. Sus piernas están bien formadas, caderas y muslos definidos y tonificados. Mi mirada se eleva hacia su rostro y descifro la multitud de emociones que revolotean en sus facciones. Ninguna me conmueve. El veneno n***o que me recorre me ahoga por dentro. Apoyo la cabeza en la silla y cierro los ojos.
—Quítate lo demás y ven aquí—, le digo.
Su aproximación se detiene a dos pies de mí.
Huelo su penetrante excitación. Está mojada como la mierda, y desearía tener ganas de follarla. Mis manos dejan caer las palmas hacia abajo junto a mis muslos en el sofá.
Es el permiso tácito que necesita para arrodillarse. Tira de mi cinturón y me desabrocha los pantalones. Unas manos frescas se introducen en mis calzoncillos y me saca. La oigo jadear excitada un segundo antes de que su boca voraz se cierre sobre mi cabeza flácida. La saliva me cae en la polla y unas manos ansiosas me frotan de arriba abajo. La memoria muscular se activa.
La chispa está ahí, pero es patéticamente insignificante.
Abro los ojos y miro fijamente el techo blanco. De reojo, veo su cabeza subir y bajar, cada vez más rápido, para mantener mi interés. Cuento los apliques y luego bajo la mirada para examinar las auténticas obras maestras y los numerosos galardones que adornan las paredes. Distraídamente, los cuento. Doce menciones impresionantes.
Adriana Nathanson es una persona realizada.
Pero está claro que cada vez se le da peor chupar pollas.
Suspiro con fuerza. Ella se balancea más rápido. Una mano se desliza por mis abdominales y mi pecho.
"No."
Ella lo devuelve a mi polla.
Suspiro de nuevo.
Mi psiquiatra de mil dólares la hora, una de las más aclamadas de Nueva York, me está volviendo loco. Está desnuda y de rodillas con la puerta de su oficina sin llave. Dependiendo de quién entre, podría perder su licencia. Debería estar emocionado.
En cambio, estoy perdiendo mi madera apenas despertada.
Justo cuando estoy a punto de apartarla de mí, un rostro aparece en mi mente.
Suerte.