Capítulo 5

1071 Words
Mi pene vuelve a la vida. Adriana gime y se atraganta de felicidad al verme crecer en su boca. Mis ojos se cierran lentamente y la imagen se agudiza. El cabello color caramelo revuelto reemplaza al rubio hielo. Una camiseta desgastada reemplaza a las perlas. Una boca rosada, suave y carnosa envuelve mi polla, su lengua se arremolina. Un roce provocador de dientes a lo largo de mi vena gruesa. Muevo las caderas. Ella me toma más en su boca. Golpeo el fondo de su garganta. Gruñe bajo y largo, su membrana vibrando contra la punta de mi polla. El aire sale en un jadeo. El velo que envuelve mi hastío ondula, intentando levantarse. Sus ojos verde mar se posan en mí mientras me devora. Su mano se desliza sobre mis abdominales y hasta mi pecho. Mis ojos parpadean y se abren. Adriana. —No —gruño de nuevo. La decepción me ensombrece el ánimo. Su mano vuelve a mi polla e intenta hacerme una garganta profunda. Soy demasiado grande para ella. Su mordaza me da asco. "Detente." La sorpresa la alcanza en los ojos. Mi pene, desinflado, sale de su boca, húmedo y pesado. —¿Ryan? ¿Pasa algo...? —Quítate de encima de mí. Tiene el descaro de parecer herida. Parpadea rápidamente, imitando lágrimas contenidas, y me hace torcer la boca. Hay que reconocerle que se retira sin protestar. Me acomodo de nuevo y subo la cremallera. Ella se viste a toda prisa mientras yo me levanto y me abrocho el cinturón. —¿La semana que viene, a la misma hora?—, digo sarcásticamente. Hace una pausa a mitad del vestido. —¿Puedo atenderte más adelante esta semana, si quieres? Sé por qué se ofrece. Mi padre ha vuelto a la ciudad. Y quizás exista la rara oportunidad de follármela. —No quiero. La preocupación intenta mover su frente con bótox. —Ryan, estoy muy preocupada por ti—, murmura. Me río. Una risa genuina, tan sincera como un pastel de manzana, que me parte la cara. Tristemente, no dura. También se desvanece en el vacío. —¿Estás preocupada por mí?—. Solo me queda un tenue barniz de razón. Necesito irme de aquí. Ya. Su asentimiento me detiene. —Sí —responde ella. Le tiemblan las manos mientras continúa vistiéndose. —Realmente estás delirando, ¿no? Termina de abrocharse la blusa y se sube la cremallera de la falda. —No sé por qué te portas así. Me río de nuevo. —¿Verdad, Adriana? ¿Qué opina tu psiquiatra de nuestro pequeño arreglo? Ella palidece y se queda boquiabierta. —¿Cómo lo sabes? Me burlo de su expresión. —¿Qué? ¿Crees que es un gran secreto que tú también tienes un psiquiatra? Supongo que debería consolarme saber que no estás tan mal como para reconocer que necesitas ayuda. Dime, ¿hay algún diagnóstico para tu condición? Se le corta la respiración. —No... no estoy preparada para hablar de esto contigo. Al igual que nuestras sesiones, la mía también es confidencial. Entiendes lo que eso significa, ¿verdad?—. Está recuperando la compostura. Su voz tiene un dejo de advertencia. Quiero reírme de nuevo, pero de repente toda esta situación tan jodida me agobia. —Déjate de confidencias, Adriana. Empecé a venir a ti a los diecisiete. Me has estado chupando la polla desde que cumplí dieciocho. Supongo que cruzar la línea hacia la p*******a fue demasiado para ti. Su bravuconería se desvanece. Extiende una mano. —No... No puedes contarle a nadie sobre nosotros, Ryan. —¡No hay un nosotros! —susurro—. Y no niegues que una parte de ti quiere ser descubierta. Después de todo, casi siempre me la chupas con la puerta abierta. La idea de que alguien nos pille te da una emoción barata, ¿verdad? Su rostro pálido se vuelve culpable. Pero su mirada me recorre con un hambre carnal repugnante. Me dirijo a la puerta y la abro de un tirón. —La semana que viene a la misma hora—, dice detrás de mí. Me voy sin responder. *** Dos horas después, estoy en la sala VIP de XYNYC, el club del Soho del que soy copropietario con un antiguo compañero de la universidad. Es uno de varios negocios en los que soy socio silencioso, porque todo ese dinero obsceno de Blackwood tiene que ir a alguna parte, ¿no? Me tomo otro whisky y observo a chicas ligeras de ropa bailar bajo mi salón acordonado. Varias me lanzan miradas sugerentes. Evalúo y descarto con atención, buscando con la mirada, pero sin encontrar lo que busco. Me pregunto por qué me molesto. ¿Quizás no quiero rendirme aún a la inevitabilidad de la creciente oscuridad? A pesar de conocer y aceptar mi destino, ¿una parte de mí quiere que las cosas sean diferentes? Mi teléfono vibra en mi bolsillo, la cuarta vez desde que llegué. Abandono mis pensamientos inútiles, pero ignoro el teléfono. No estoy de humor para lidiar con Maxwell Blackwood. Él puede esperar. Me tienta una morena delgada con un vestido plateado sin espalda y le hago un gesto con el dedo. La rapidez con la que abandona a sus amigas y sube las escaleras de un salto hacia mí es casi cómica. Le hago un gesto al portero para que la deje entrar y la acompaño de vuelta a los sofás de terciopelo agrupados al fondo. Mi camarero particular le sirve una copa de champán añejo. Me recuesto en el asiento y no protesto cuando acomoda su figura de piernas largas a mi lado. Mientras suena un temazo de The Weekend, balbucea quién sabe qué. No hablo. Con su tercera copa de champán, se vuelve más atrevida. Se acerca más y sus dedos acarician el botón de mi camisa. Palabras sensuales me susurran al oído. Dejo que mi mano juegue con su cabello mientras me hundo más profundamente en mi vacío personal. Observo distraídamente que la oscuridad aumenta desde que desistí de intentar contenerla. Mi teléfono vibra de nuevo mientras su mano se desliza sobre mi entrepierna. Recuesto la cabeza y abro la bóveda donde residen mis planes más oscuros. En dieciocho meses cumpliré treinta. Heredaré quince mil millones de dólares. Seré uno de los hombres más ricos de la tierra. También yo, si mis planes tienen éxito, seré un asesino.
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