CATALINA Estoy atada a una cama. Es lo único que puedo reconocer en este momento. Estoy atada a una cama, me duele la cabeza como al diablo y estoy usando algo que pica como loco. Gimo. —Jesús —murmuro—. ¿Qué pasó? —Buenos días, belleza —dice una voz con un acento melodioso. Mis ojos se abren de golpe. Mi cabeza late con dolor, y hago una mueca contra él, pero hay un hombre al borde de la cama. Un hombre con una camisa colorida y pantalones con un cinturón táctico. No es guapo. No en el sentido convencional. Tiene el cabello rojo oscuro, ojos azules relucientes y las orejas de un boxeador. Me sonríe, sus labios se curvan en una sonrisa, y se mueve al borde de la cama. En ese momento me doy cuenta de que no lleva camisa. Está absolutamente cubierto de tatuajes. Se extienden por c

