CATALINA
Ni siquiera soy una buena hermana. Soy una especie de buena hija, en el sentido de que saco buenas notas y no contesto mal a mis padres.
No tengo idea de cómo ser una buena esposa, mucho menos de manipular a Dominic para que haga algo o actúe de cierta manera.
Sus ojos se endurecen. —¿Qué has oído sobre mí?
—Nada, en realidad —frunzo el ceño—. Te recuerdo saliendo con Marco en algunas fiestas cuando éramos niños. Él me dice que eres un buen tipo.
Él ríe. —Viniendo de Marco, supongo que eso es un cumplido.
—Lo es. Y eso es todo.
—Bien entonces, cara —sonríe—. Déjame contarte más. Soy Dominic Vitale. Tengo un título en economía de la Escuela de Negocios de Harvard. Soy el hijo mayor de la familia Vitale. Y pronto, voy a ser el esposo de Catalina De Luca.
Lo miro a través de mis pestañas. —Pensé que yo iba a ser tu esposa.
—Nos pertenecemos el uno al otro, cara mía —dice con una sonrisa—. Este es un trabajo que nos han dado a ambos. Y tengo toda la intención de hacer un buen trabajo.
Su sonrisa me hace sonrojar, pero también siento la misma impotencia que ha marcado toda esta situación para mí.
—Gracias. Es… agradable escuchar eso —digo.
—Pero sigues infeliz. —Dominic frunce el ceño—. ¿Hay… hay alguien más?
Sus palabras se oscurecen ligeramente, y niego con la cabeza, no sea que la ira de Dominic Vitale caiga sobre algún pobre tipo que me preparó un café o algo por el estilo.
—No. No hay nadie más. Es solo… es todo tan injusto, ¿sabes? Somos adultos. Somos nuestras propias personas. Y, sin embargo, aquí estamos, casándonos, justo como nuestras familias quieren.
Él suspira. —Así es la vida. Es la vida que vivimos. No hay nada que hacer al respecto, así que mejor sacarle el mayor provecho.
—¿Pero no crees que es injusto?
Dominic se encoge de hombros. —Lo que pienso al respecto no importa. Lo que es, importa.
—Vamos, en serio. ¿No tienes ninguna opinión? ¡Te obligaron a esto tanto como a mí!
—Y estoy feliz de estar aquí, cara mía —sonríe.
Pongo los ojos en blanco. —Sí, claro, pero en serio, Dominic. ¿Y si no nos llevamos bien? Quiero decir, ¡ni siquiera te he besado!
—¿Quieres hacerlo?
Las palabras me congelan en el lugar. —¿Qué?
—¿Quieres besarme?
Parpadeo. —Bueno. Quiero decir. Sí, pero no estoy segura.
Dominic no espera a que diga nada más.
Momentos después, estoy envuelta en sus brazos. Sus labios están sobre los míos.
Y mi cuerpo se enciende.
He besado a otros chicos antes. No soy monja y mis hermanos no saben de mi vida. No he tenido sexo, claro, pero definitivamente he besado.
El beso de Dominic eclipsa todo lo demás.
Sus labios son suaves y firmes, y cuando agarra la nuca de mi cuello para profundizar nuestra conexión, lo hago con gusto, dejando escapar un pequeño suspiro mientras lo hace.
Él gime en mi boca. —Catalina, eres tan dulce…
—Cat —susurro y me retiro—. Me llaman Cat.
Sus ojos brillan. —Cat, entonces. ¿Me darás el placer de otro beso, mi Cat?
Sí.
No digo eso. Solo me inclino hacia adelante.
La boca de Dominic sobre la mía es como fuego.
Estoy perdida en él.
Ni siquiera estoy segura de dónde comienza él y dónde termino yo. Mi cuerpo es solo sensaciones, entrelazadas, estrellándose sobre mí en oleadas.
Quiero más.
Los labios de Dominic recorren mi cuello y estoy jadeando, apretándome contra él como si realmente fuera un gato, frotándome para tener contacto.
—Dominic —susurro mientras sus manos se deslizan peligrosamente cerca de la parte superior de mi vestido—. Quiero más.
Él se detiene. —Cat, cuánto…
—Todo —susurro.
Sus ojos se abren de par en par. —Pero…
—Aquí. Ahora mismo. No pudimos elegirnos el uno al otro, pero podemos elegir esto.
Dominic me mira por otro momento, luego asiente. —Dios me salve. También te deseo, Cat.
Él también me desea.
Hay un espacio bajo el árbol, y él extiende su chaqueta. Me muevo, pasando del banco al lugar que preparó. Su rostro está tenso. —Cara mía, esto no está bien. No es como quiero…
—Pero es lo que quiero, Dominic —susurro. Me recuesto en su chaqueta y lentamente bajo las mangas de mi vestido.
Sus ojos se abren de par en par cuando mis pechos quedan expuestos al aire de la noche, y sonrío.
—Vamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos. ¿Qué daño hay en un poco de diversión ahora?
Él traga saliva. —Cat, no tengo…
—No necesitamos protección. Confío en ti. Y sé que si tuviéramos un bebé, sería amado. Por nosotros. Por ambas familias —susurro.
—Tu tía Lucía tendría algo que hacer con su tiempo además de practicar su rutina de pole dance.
Él ríe, sus ojos pegados a mí. Me mira fijamente.
—¿Estás segura?
Abro las piernas en respuesta.
Dominic maldice en italiano, luego se arrodilla. Una de sus manos sube por mis piernas, dejando una ola de piel de gallina tras ella.
Empuja mis piernas más abiertas. —Dios, Cat. ¿No llevas nada aquí hoy?
—Viste este vestido. No iba a entrar a una sala llena de tías con las líneas de mi ropa interior a la vista.
Él ríe suavemente, sus ojos aún fijos en mi centro, que rápidamente se está volviendo muy húmedo para él.
—Ojalá estuviéramos en una cama —susurra.
—Dominic, yo…
No tengo tiempo de terminar, porque la boca de Dominic está lamiendo entre mis muslos y todo lo que puedo hacer es jadear.
Santo cielo.
Es bueno en esto.
Aparto un poco mi vestido y me apoyo en los codos.
Jesús, María y José.
Ver el rostro apuesto de Dominic devorándome es casi suficiente para hacerme llegar al clímax en el momento.
Grito, sintiendo una sensación recorrer mi columna. —Yo…
—¿Quieres más, cara mía?
Sé lo que está preguntando.
Y lo quiero.
Asiento con la cabeza. —Sí, por favor —susurro.
Sus ojos brillan mientras me mira de nuevo. —Estoy limpio, puedo mostrarte…
—Está bien —digo rápidamente—. Nunca he hecho esto antes y no es como si fuera a hacerlo con alguien más porque estaremos casados…
—¿Qué dijiste?
Parpadeo. Oh, no. ¿Pensará que soy rara? —Eh… Bueno, solo que no he tenido, ya sabes, la oportunidad.
—Catalina. Cat. ¿Me estás diciendo que nunca… que soy tu primero?
Sin hacer ruido, asiento.
Algo oscuro destella en los ojos de Dominic. —Tesoro, qué regalo me das —ronronea. Su acento es más fuerte ahora, y puedo decir que le gusta esta idea.
Le gusta mucho.
Se lanza hacia arriba y me da un beso intenso. Estoy jadeando en su boca al final, mi centro húmedo y caliente con anticipación.
Dominic abre mis piernas y escucho el clic de su cinturón en la oscuridad.
Mi corazón siente que va a salirse de mi pecho.
Hay momentos en los que sabes que tu vida va a cambiar para siempre. Se tambalean en una especie de precipicio, equilibrados entre un instante y el siguiente. Lo sientes; sabes que si inclinas las cosas, solo un poco, de una manera u otra, vas a cambiar el camino que tomará tu vida.
Así me siento.
Y es la verdad. Porque después de este momento…
Todo cambiará.
—¿Catalina?
Parpadeo. Marco me está mirando. —¿Dónde estabas, sorellina?
Le doy una sonrisa débil. —Solo preparándome para lo que viene.
Él asiente, su rostro serio. Me ofrece su brazo.
—Vamos entonces. Es hora de conocer a tu prometido y comenzar el proceso de destruir a él y a su gente.