Capítulo 1 — La última noche de Isabella
La primera vez que intenté escapar de los Moretti, tenía miedo de morir. La segunda vez, ya sabía que morir no era lo peor que podía pasarme. Corrí descalza por el pasillo de mármol, levantándome apenas el vestido para no tropezar con él. La mansión estaba sumida en un silencio extraño, demasiado perfecto para una casa en la que vivían dos de los hombres más peligrosos de Italia.
Apreté contra mi pecho la pequeña caja de madera. No podía perderla. No después de todo lo que había descubierto. No después de comprender que durante tres años había estado durmiendo bajo el mismo techo que las personas equivocadas. Un trueno hizo vibrar los ventanales. Al escucharlo me detuve, mire el ventanal y respire. Por un instante pensé que lo había conseguido. Pero entonces escuché el sonido que más temía.
Un teléfono vibrando. Era mi teléfono, lo saqué del bolsillo del vestido con manos temblorosas. En la pantalla apareció un solo nombre. Adriano. Por un momento cerré mis ojos, no conteste y la vibración se detuvo. Pero solo fue por un segundo ya que volvió a comenzar. Al mirar esta vez era otro nombre. Dante.
—Maldición...
Apagué el teléfono apresurada y asustada, sabía que ya era demasiado tarde. Ellos sabían que había intentado escapar. Lo que no sabían era que había encontrado la verdad. Y mientras ellos creyeran que yo huía por miedo, todavía tenía una oportunidad. Me gire hacia la escalera que conducía al ala oeste de la mansión. Solo necesitaba llegar a la puerta trasera. Para luego ir al bosque y despues....No sabía muy bien qué haría después.
Pero estaría lejos. Lejos de ellos. De esta casa y sus secretos. Unos pasos resonaron detrás de mí. Al escucharlos me quedé inmóvil, mi corazón golpeó con tanta fuerza que tuve la certeza de que podían escucharlo.
—¿Isabella?
Era la voz de Adriano. Grave, con calma, demasiado calmada para mi parecer. No respondí.
—Sé que estás aquí.
Retrocedí lentamente. La caja de madera crujió entre mis dedos. Adriano apareció al final del pasillo. Otro trueno hizo vibrar los ventanales de nuevo. Vestía pantalones negros y una camisa blanca con las mangas arremangadas. Su cabello oscuro estaba ligeramente desordenado, como si acabara de levantarse.
Pero sus ojos... Sus ojos estaban completamente despiertos. Y furiosos.
—¿A dónde vas?
No contesté. Su mirada bajó hasta mis pies descalzos. Después recorrió el vestido. Hasta que finalmente se detuvo en la caja que sostenía contra mi pecho.
—¿Qué llevas ahí?
—Nada. — Respondí nerviosa
Una sonrisa fría apareció en sus labios. —Nunca has sido buena mintiéndome.
—Y tú nunca has sido bueno diciéndome la verdad.— Al decir esas palabras, su expresión cambió. Solo durante un segundo, Pero lo vi.
Había tocado un punto sensible. Adriano avanzó un paso. Yo retrocedí. —No te acerques.
Al decir esas palabras se detuvo. —Isabella...
—No. — Mi voz tembló. Odiaba que pudiera verlo.
Durante tres años había aprendido a esconder el miedo frente a él. Había aprendido a sonreír durante las cenas. A dormir a su lado, a fingir que no me preguntaba por qué había cámaras en cada pasillo. A fingir que no me aterrorizaba la manera en que sus hombres bajaban la cabeza cuando él entraba en una habitación, y fingir que mi matrimonio era normal.
Pero aquella noche ya no podía fingir. —¿Qué descubriste? —preguntó.
Sentí un escalofrío. No preguntó qué hiciste. Preguntó qué descubrí. Lo sabía. Adriano sabía que había encontrado algo.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes. — Otro trueno retumbó sobre nosotros. Y entonces apareció Dante.
Bajó lentamente por la escalera, con una pistola escondida bajo la chaqueta. Su mirada encontró la mía, a diferencia de Adriano, Dante no parecía furioso. Parecía herido.
—Isabella...
Ese tono casi consiguió hacerme llorar. Casi. —No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si todavía te importara.—, Solte sin dejar de verlos. Dante se quedó inmóvil.
Adriano giró ligeramente el rostro hacia su hermano. Entre ellos existía un silencio que yo había aprendido a reconocer. Una conversación sin palabras. Una guerra silenciosa. Porque aunque ambos eran mis esposos, jamás habían compartido la misma forma de amarme. Adriano me había amado como se posee algo que considera suyo.
Dante...Dante me había amado como si algún día pudiera perderme. Y ahora me había perdido.
—¿Quién te ayudó? —preguntó Dante.
—Nadie.
—Entonces, ¿cómo saliste de la habitación?
No dije nada, me quede en silencio. Dante bajó un escalón. —Las cámaras dejaron de funcionar durante siete minutos.
Mi corazón se aceleró. —No fui yo.
—Lo sé.
Aquellas dos palabras me helaron. Lo sé. Entonces alguien más había manipulado las cámaras.Alguien que quería que yo escapara, Alguien que sabía lo que había descubierto. Y eso era precisamente lo que más miedo me daba....