Capítulo 8: Títeres y cuerdas

1447 Words
El invitado no es otro que el Senior Eiden. Su inconfundible gabardina negra ondea como una sombra a su espalda. Pero algo en él quiebra su habitual perfección: su cabello está húmedo, desordenado, con mechones pegados a la frente y gotas de agua deslizándose por su cuello, como si hubiera salido de la ducha y hubiera corrido hasta aquí sin detenerse a secarse. Camina hacia mí con paso firme. No apresurado. No dudoso. Como un depredador que ya sabe que la presa no puede escapar. Se detiene a escasos centímetros, invadiendo mi espacio. Su mirada baja primero a mi vestido sucio, luego a mis rodillas raspadas contra el pavimento, y finalmente sube hasta clavarse en mis ojos, hinchados y enrojecidos por el llanto. La vergüenza me atraviesa de golpe. No quería que nadie —y mucho menos él— me viera así. Sacudo mis manos frenéticamente, intentando limpiar el polvo de mi ropa, tratando de recomponer una dignidad que se me escapa desde hace horas. Me obligo a sostenerle la mirada. —¿Por qué vino, Senior? —mi voz sale ronca—. Ya es muy tarde. Guarda silencio. Un silencio pesado, espeso, que parece alargarse más de lo natural. —Cale me dijo dónde estabas —responde al fin, con un tono neutral, ilegible—. Unos alumnos te vieron subir. Dadas las circunstancias… decidí venir yo mismo. Hace una pausa. —Sé cuál es tu situación, Zoe. Y vengo a ofrecerte un trato. No suena a salvación. No es la mano de un ángel extendiéndose para sacarme del abismo. Se parece más a la serpiente del Edén, ofreciendo la manzana con la certeza de que está envenenada. —Senior Eiden… —suelto una risa amarga—. ¿Por qué le interesaría? He fallado. Usted mismo lo dijo. “Reprobado”. No le mostré lo suficiente para… ¡CLANG! El sonido metálico corta el aire. Eiden estrella su mano contra la malla, justo al lado de mi cabeza. Me encojo por reflejo, atrapada entre el cerco frío y su cuerpo. —No me hagas repetirlo —sishea. Su voz baja una octava, volviéndose peligrosa—. Y tienes razón: no mostraste lo suficiente. ¿Qué clase de idiota se presenta a la Sala Maestra con una partitura sin terminar? Está demasiado cerca. Puedo sentir su aliento caliente rozando mi piel. Puedo oler la humedad de su cabello, el jabón caro en su cuerpo. Nunca lo había tenido a esta distancia. Y entonces lo veo. Sus ojos. Tan oscuros. Tan vacíos… y, aun así, tan dolorosamente familiares. Un recuerdo me golpea sin aviso. Una noche fría. Un callejón. Unos ojos idénticos mirándome con una mezcla de desprecio y reconocimiento. Sin pensarlo, como si mi cuerpo reaccionara antes que mi mente, levanto las manos. Mis dedos rozan sus mejillas, acunando su rostro. Necesito saber si es real. Necesito comprobar si el monstruo y el salvador son la misma persona. El efecto es inmediato. Eiden me aparta las manos de un manotazo brusco, como si mi contacto quemara. Como si fuera una mosca posándose sobre su comida. —¡No me toques! —gruñe. Hay una grieta en su voz. Por una fracción de segundo, no parece el tirano del instituto. Parece desconcertado. Casi… asustado. Parpadeo, volviendo a la realidad. —Perdóneme —balbuceo, retrocediendo un paso—. No sé por qué hice eso. Yo solo… no estoy bien ahora mismo. Me mira con furia mientras recompone su máscara de frialdad, pero sus ojos siguen ardiendo. —Te estoy ofreciendo un puesto en la Sala Maestra —dice, retomando el control. El aire se congela. —¿Por qué? —pregunto, incrédula. —Porque te pareces a mí, Zoe. La confesión cae pesada entre nosotros. —Somos personas que nacieron para estar en la cima. Pero tienes un defecto fatal: te dejas gobernar por tus emociones. Lo sentí en el escenario. ¿Por qué dejaste de tocar? ¿Por qué te rendiste? Existe algo llamado improvisación. Lo detesto, es sucio, pero… ¿por qué ni siquiera lo intentaste? Simplemente aceptaste la muerte. —Yo… —Te falta autocontrol —me corta—. Muchos idiotas creen que la mejor música es la que se “siente”. Falso. La mejor música es la que se domina. La que se ejecuta sin errores, con un ritmo pulido, donde el instrumento obedece a la mente, no al corazón. Fallaste en eso. Se inclina hacia mí otra vez. —Pero te doy esta oportunidad porque me has sorprendido. No serás una alumna normal. No entrarás con los mismos privilegios. Pero podrás quedarte en el instituto. Te lo aseguro. —¿Qué tengo que hacer? —pregunto. Sé que no hay cenas gratis con el diablo. Eiden sonríe. No es una sonrisa amable. —Es simple. Quiero que seas mi títere. Concédeme el derecho absoluto de moldearte. De romperte si es necesario para volverte a armar. Harás lo que yo diga, tocarás como yo diga y sentirás solo cuando yo te lo permita. Lo miro fijamente. Es una locura. Es esclavitud, pero la alternativa es la calle. La alternativa es traicionar la promesa que le hice a mamá... —Bien, profesor —respondo. Y mi voz ya no tiembla—. Juguemos a su juego. Doy un paso hacia él, invadiendo su espacio esta vez. —Pero tenga cuidado de no enredarse con sus propios hilos, Senior. Porque cuando menos se dé cuenta… podrían terminar alrededor de su cuello. Eiden me observa, atónito por un segundo. Busca miedo. Busca mentira. No encuentra nada. —Bien —dice, seco—. Esta noche busca dónde dormir. Mañana arreglaré tu situación. Se da la vuelta con esa elegancia arrogante que lo caracteriza. La gabardina negra ondea como una capa. —Gracias —digo. Se detiene. Gira apenas la cabeza, quizá esperando sumisión. Pero le ofrezco lo único que me queda. Una sonrisa, sincera. Una que no le he dado a nadie en años. Eiden no responde. Su máscara vacila. Y sin decir una palabra más, desaparece en la oscuridad del pasillo. ❧ ❧ ❧ Eiden caminaba rumbo a los cuartos de los profesores. Sus pasos resonaban firmes sobre el mármol, pero su mente era un caos imposible de silenciar. No podía creer que hubiera salido corriendo apenas terminó de ducharse, con el cabello goteando y la ropa mal acomodada, solo por una llamada de Cale. —¿Qué demonios estoy haciendo? —masculló entre dientes. Siempre había puesto el raciocinio por encima de todo. Pero cuando Cale le dijo que Zoe estaba en un balcón, que parecía a punto de saltar, su cuerpo reaccionó antes que su lógica. Esa chica era un déjà vu constante. Recordó la noche en que lo echaron de casa. El frío de la nieve, el sabor metálico de su propia sangre y ese vacío en el pecho que le gritaba que el mundo era un lugar donde solo los monstruos sobrevivían. Aquella noche tomó una decisión: dejaría de sentir. La compasión era un lujo que ya no podía permitirse. Y entonces la vio. Una niña de nueve años en un callejón desolado. Se aferraba a un estuche de violín viejo, cubierto de pegatinas de un ave en vuelo, apretándolo contra su estómago mientras tiritaba entre la basura, casi convertida en una estatua de nieve. Ella estaba en un infierno peor que el suyo. No sintió lástima. Sintió asco por la debilidad de un mundo que permitía eso. Y aun así, le lanzó la bolsa de galletas. Fue lo último que compró con sus últimas monedas. Fue su último acto de humanidad. Esa tarde, en la Sala Maestra, cuando la vio entrar, su mirada se desvió un instante hacia el estuche. Reconoció las marcas, el desgaste del cuero, la silueta del ave. No podía ser. Apartó la vista rápido, centrándose en sus ojos. Buscaba confirmar… o negar. Pero vio algo distinto. No debilidad. Fortaleza. No es ella, se dijo. Pero ahora, bajo la luz de la luna, lo confirmaba. Era ella. Zoe era el único hilo que lo conectaba con el niño vulnerable que alguna vez fue. Y eso lo enfurecía. Ella le recordaba que, por más que se esforzara en convertirse en una máquina perfecta y cruel, todavía tenía un corazón. Y en su mundo, un corazón solo servía para ser destrozado. Se detuvo frente a su puerta y apretó el puño. Había decidido ayudarla, sí. Pero no por bondad. La moldearía. La rompería. Le arrancaría cada resto de emoción que tanto le recordaba a su propia debilidad. Y solo cuando ella fuera tan fría como él, Eiden podría, por fin, olvidar quién solía ser.
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