Un humano no deja de ser humano por sentir como uno. Y eso —eso precisamente— es lo más hermoso que tenemos.
Porque cuando haces las cosas desde el corazón, incluso perdiendo… ganas.
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El cuerpo me pesa. El mundo me da vueltas y el equilibrio se ha convertido en un lujo que no puedo permitirme.
Salgo del auditorio a trompicones, arrastrando los pies, pero lo que me aterra no es el mareo. Es la ausencia. No siento tristeza. No siento el peso aplastante del fracaso.
Es extraño. ¿Será que estoy… rota?
Sacudo la cabeza con violencia para expulsar esos pensamientos. Ahora no. No tengo tiempo para desmoronarme.
Camino hacia la terraza abandonada del ala este; necesito desaparecer. El aire del auditorio se ha vuelto irrespirable, denso, cargado de juicios silenciosos. Aquí afuera, con el viento golpeándome la cara y el canto indiferente de los pájaros, puedo fingir que respiro.
Busco en mi estuche con manos temblorosas. Allí, junto a mi violín —mi salvación—, descansa mi otra muleta. Una cajetilla arrugada. Fumar mata, dice la advertencia.
En incontables ocasiones la he sostenido sin abrirla. Pero hoy, esa promesa de destrucción me llama. Saco un cigarro, lo llevo a mis labios…
y me detengo.
El encendedor, se quedó en mi habitación.
—Joder —el suspiro se me escapa, áspero.
Lo devuelvo a la caja.
Ironía pura: en una mano cargo el instrumento que me da la vida; en la otra, el veneno que me la quita.
Me acerco al borde del balcón apoyando la frente contra la malla metálica, lo único que me separa de una caída libre hacia el vacío. Levanto la vista. El cielo se oscurece, tragándose la luz, volviéndose caótico, como mi mente.
—¿Qué voy a hacer ahora? —La pregunta se pierde en el viento.
La Sala Maestra era mi única carta. Sin ella, no hay beca. Sin beca, no hay techo.
—Lo siento, mamá… Te he fallado.
La primera lágrima cae, pesada y caliente, contra el pavimento sucio.
—Yo… seguí mis ideales, pero… —la voz se me quiebra, un cristal estallando en mi garganta—. Sentí que iba a…
Las piernas me fallan. Caigo de rodillas. El impacto es seco, doloroso. La piel se raspa contra el cemento, pero el dolor físico es un alivio comparado con el que llevo dentro.
Siempre he luchado. Siempre. Pero soy humana. Sangro igual que todos y duele, duele mucho....
—No fue mi culpa —susurro, y las palabras abren la compuerta.
No fue mi culpa que mis padres biológicos amaran más la aguja que a su hija. No fue mi culpa que quisieran venderme. No fue mi culpa que tú me encontraras ese día, ni que la gente cruzara la calle para no rozar nuestra ropa sucia.
No fue mi culpa no tener dinero para comida caliente. No fue mi culpa que te quitaras el abrigo noche tras noche para cubrirme a mí, mientras tú temblabas de fiebre en el suelo helado.
—No fue mi culpa… —Un sollozo me sacude el pecho violentamente—. No fue mi culpa que no despertaras.
Siento que me ahogo. El recuerdo es tan vívido que puedo oler la humedad de aquella acera.
No fue mi culpa sacudirte, gritarte por primera vez esa palabra que guardé por años y que nunca me atreví a decirte mientras me mirabas: Mamá.
—¡Mamá, despierta, por favor!
No fue mi culpa buscar ayuda y recibir solo miradas de asco. No fue mi culpa tirar del saco de aquel hombre elegante, suplicando auxilio, y recibir una bofetada que me rompió el labio. Lloré sangre y súplicas, pero nadie se detuvo.
No fue mi culpa tener que dormir abrazada a tu cadáver esa noche, intentando inútilmente que tu calor volviera, cuando eras tú quien se llevaba el mío. Estabas tan fría…
No fue mi culpa que la ambulancia llegara cuando el sol ya había salido. Se la llevaron como si fuera basura. No me dejaron subir.
—Parece que esta Navidad han muerto como cinco vagabundos —dijo uno de los paramédicos, limpiándose las manos con desprecio. —Qué bien, son una plaga —respondió el conductor—. Oye, no quiero papeleo. Quiero irme a cenar con mi familia.
Llevemos a este muerto rápido y terminemos el turno. —Parece que cuidaba a la niña… —murmuró el otro, mirándome un segundo. Pero se subió a la ambulancia y cerró la puerta.
Me quedé allí, diminuta, viendo alejarse ese vehículo blanco con la cruz roja y el lema Servidores del Pueblo. ¿Es que mi madre no era parte del pueblo? ¿Es que nosotras no contábamos?
Esa noche dormí abrazada a lo único que dejaste: este estuche viejo. El hambre me retorcía el estómago, un dolor agudo y constante. Fue entonces cuando escuché los pasos.
Abrí los ojos, aterrorizada, esperando una patada o un insulto. Pero vi una sombra. Un chico. No tendría más de quince años, pero su mirada…
Sus ojos no eran de un niño. Eran oscuros, aterradores, vacíos de luz.
Me sostuvo la mirada un segundo eterno. Metió la mano en su abrigo, sacó algo y me lo lanzó.
Una bolsa de galletas. Luego, sin decir una palabra, sin mirar atrás, se dio media vuelta y desapareció en la niebla.
Comí llorando. No por el hambre, sino porque ese gesto, en medio del infierno, me recordó que la humanidad aún existía.
—Zoe… —me digo ahora, secándome las lágrimas con rabia—. Eres fuerte.
Una risa se me escapa. No es alegre. Es una risa de supervivencia.
—Sí. Soy fuerte.
El llanto cesa. Una calma fría, metálica, se instala en mi pecho.
He fallado hoy, sí. Me han quitado todo, sí. Pero no estoy muerta. Y mientras respire, voy a pelear.
—Espérame, mundo —susurro, poniéndome de pie—. Porque Zoe no se va a rendir.
Mañana buscaré trabajo. Tocaré en las plazas, limpiaré suelos, haré lo que sea. Ya estoy trazando el plan, calculando monedas y rutas…
Click.
El sonido es nítido. El chirrido de metal contra metal.
La puerta de la terraza se abre.
Me giro de golpe, con el corazón martilleando contra las costillas, y mis ojos se clavan directamente en el invitado inesperado.