Episodio 6: Eiden

1311 Words
Desde niño he sido educado para perseguir la perfección. Padre y madre eran mis objetos de fascinación: siempre rectos, siempre impecables, como si ocuparan una posición por encima del resto del mundo. Como si no pertenecieran a este plano. Y yo… en sus palabras, un bueno para nada. Aún recuerdo cuando mi muñeca dejó de moverse por la cantidad de golpes que me daba mi “querido padre” con su regla de metal. Aquel objeto fue mi compañero más fiel durante la infancia. No había día en que no lo sintiera en la piel. Cuando lloraba porque ya no podía soportarlo, me golpeaban más fuerte. Así que aprendí a aguantar el dolor. Me convertí en un “hombre”, como ellos lo llamaban. Con el tiempo, mi cuerpo se volvió su lienzo de moretones: cada marca señalando un error, una desviación, una imperfección. Fue irónico cuando mostré talento para la música. Esa misma “madre” que me castigaba por el más mínimo fallo me exhibía ante sus amigas como su hijo, el prodigio. Sonreía. Se enorgullecía. Mentía. Yo era feliz dentro de esa mentira. Sabía que ella amaba las apariencias, pero en esos instantes sentía que alguien me quería. Hasta que la puerta se cerraba. Hasta que ya no había ojos ni voces dispuestas a elogiar. Entonces el castigo regresaba. Siempre. Un día en particular, los golpes fueron más despiadados porque me equivoqué en una nota. Sus amigas se rieron. Y la expresión de “madre” pasó de una sonrisa falsa a algo aterrador. Mi cuerpo frágil ya no resistía. Le rogué que dejara de pisarme. Que me lastimaba. Pero para ella yo no era más que un bastardo. Un error nacido de una prostituta. Sí. Mi padre se equivocó. Y yo nací fuera del linaje Belmont. Era un ciclo. Uno hecho de golpes y control. No de convertir la perfección en un hábito, sino en una existencia completa. El piano fue mi primer refugio. El único lugar donde el sonido lograba cavar dentro de mi ser roto y darme, aunque fuera por instantes, algo parecido a la paz. Era el ruido perfecto para ahogar esas gotas cristalinas que caían de mis ojos en aquellas noches interminables en las que, con solo nueve años, ya no podía soportarlo más. Con el tiempo me volví insensible. Eficiente. Preciso. Como una máquina perfecta. Pero tocar dejó de producirme algo. La música ya no bastaba. Yo quería otra cosa. Control absoluto. Así llegué a mi profesión: director de orquesta. Nada podría haber sido más adecuado para mí. Moldearlos. Pulirlos. Romperlos, si era necesario. Manejarlos como un conjunto de piezas bajo una sola voluntad: la mía. Mientras crecía entendí algo más. “Madre” era infértil. Por eso nunca pudo darle un hijo a padre. Con el tiempo pareció aceptarme como suyo… o eso creí. No sé si fue por mi piel clara, por mis facciones correctas o por el cuerpo que construí con disciplina obsesiva. Lo cierto es que dejó de mirarme como se mira a un hijo. Había algo torcido en su mirada. Eso me producía asco. Un rechazo tan profundo que verla me provocaba náuseas. Cada vez que me cambiaba. Cada vez que entraba a la ducha. En esos momentos en los que uno baja la guardia… Ella estaba allí. Como una sombra, parecida a una depredadora paciente. Ella pensó que, por tener quince años y por no tener lazos de sangre, podía hacer conmigo lo que quisiera. Pero se equivocó. Le mostré el poder de un Belmont. Le tendí una trampa y la dejé hablar. Creyó que había ganado, y ahí fue donde la grabé. Le mostré las pruebas a padre, del monstruo con el que dormía, pero... Ese día aprendí una lección definitiva: el mundo nunca es justo. No me escuchó, ni siquiera cuando la verdad gritaba frente a él. Me tomó de la cabeza y la estrelló una y otra vez contra la puerta. Después… nada. Desperté cuando la escarcha de la nieve tocó mi rostro. Me encontraba tirado sobre un montículo blanco. Pero no todo era nieve. Al incorporarme, vi que el lugar donde había estado mi cabeza estaba teñido de rojo oscuro. Entonces reí, con fuerza, sin alegría y sin lágrimas. Fue donde murió Eiden Belmont. Y nació algo mejor. Más limpio, más fuerte, imposible de quebrar. Desde entonces entendí que el error no debía corregirse: debía eliminarse. Que la emoción era una falla. Y la compasión, un lujo inútil. Por eso, cuando ella tocó hoy… cuando Zoe se plantó frente a mí con una obra incompleta, sangrando emoción, arrogante en su fragilidad… La vi con claridad. Como una partitura abierta. Talento, sí. Genio, quizás. Pero imperfecta. Y la imperfección no se premia. Se corta. No la reprobé por crueldad. La reprobé porque el mundo no necesita más almas rotas creyendo que el dolor las vuelve especiales. La perfección no se siente. Se impone. Sin embargo… ¿Por qué sigo recordando esa melodía? Mis manos, antes tranquilas, reposan sobre el apoyabrazos del sillón. Tiembla apenas un dedo. Uno solo. TA. TO. TO. TA. TA. Aprieto la mandíbula. —Cale. Tráeme todo lo referente a esa chica. Cale, sentado al otro lado del despacho, parece agradecer la orden. Es su escape. El aire aquí se había vuelto denso, irritable. Se pone de pie de inmediato. —Entiendo, senior. Se retira apresuradamente, como si huyera. Lo noto. Pero no me importa. Toda mi atención está en una sola pregunta: ¿por qué esa chica dejó una impresión tan profunda? Su música fue precisa. Impecable… hasta el final. Ahí se quebró. Confundida. Aterrada. Como si su vida pendiera de un hilo. No es estúpida. Eso lo sé. Entonces, ¿por qué presentar una partitura a medias? No lo entiendo. Y odio no entender. Cale regreso más rápido de lo esperado. Entra con urgencia, sin ocultar el nerviosismo. —Senior… no encontré mucho sobre ella. Pero averigüé dónde se alojaba. Fui al lugar y… había partituras, libros, ropa… todo tirado a la calle. —Dime más. Cale traga saliva. —Esto es solo una suposición… pero el único que puede expulsar a un alumno de esa forma es el rector. Hace una pausa. Demasiado larga. —Habla —ordeno. —El rector… usa su poder para acostarse con las alumnas. No me muevo. —Lo enfrenté una vez —continúa—. Le pegué. No pudo despedirme por contrato. Intenté denunciarlo, pero las chicas… todas dicen lo mismo. Que aceptaron. Que no fueron obligadas. Aprieto el puño. —Es un secreto a voces —dice—. Si no eres parte de su círculo, te convierte en su enemigo. Guarda silencio unos segundos. —Se lo digo porque… usted tiene poder. Y nombre. Lo miro. —Yo no pertenezco a la nobleza, Cale —respondo lentamente—. Ya no. Desde aquel día dejé de ser un Belmont. Ahora soy solo Eiden. —Perdóneme… me dejé llevar por los rumores. —Está bien. No lo está. Pero no importa. Me levanto y camino hacia la puerta. —Odio la imprudencia de esa chica —digo—. Odio que no terminara algo digno de esa sala. Hago una pausa. —Pero odio aún más a quienes usan su poder para convertir un cuerpo ajeno en algo que creen les pertenece. El recuerdo se impuso sin pedir permiso. La mirada torcida. La presencia constante. El aliento demasiado cerca. La mujer que debía ser "madre"… y eligió ser depredadora. Y el hombre que, al verlo, prefirió arrojarme a la nieve. —No haré nada —añado— sin comprobar antes la verdad. —Lo entiendo, senior. Pero ella ahora… —Lo sé. Me giro hacia la puerta. —Le daré una alternativa. Abro. —Y será decisión de ella si toma mi mano… o la deja.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD