Me gustaría volar alto.
A ese cielo azul.
A ese mar inmenso.
Me gustaría volar alto.
No como pájaro.
No como un águila.
No como una mariposa.
Me gustaría volar alto,
Siendo humana…
❧❧❧
Nunca me he considerado cobarde. Desde pequeña aprendí a convivir con los gritos, con el dolor de existir. Y aun así, nunca pensé en rendirme. Jamás pensé en morir.
Lo único verdaderamente valioso que recibí no vino de mi familia. Vino de alguien ajeno a mi sangre… y aun así, me amó más que ellos. Con ella fui feliz. Creí que volaba. Fue ella quien me enseñó a hacerlo.
Cada vez que tomaba el violín, cada vez que las cuerdas vibraban bajo mis dedos, el mundo desaparecía.
No había hambre. No había frío. No había calles interminables ni miradas que juzgaran.
Solo existíamos ella y yo. Y la música. Aunque no era mi madre, me amó como solo una madre sabe hacerlo.
Si tan solo… Todavía recuerdo sus ojos. Firmes. Desafiantes.
Esa rebeldía silenciosa que no pedía permiso. Tal vez quise ser como ella. Convertirme en la mujer que me sostuvo cuando yo no podía hacerlo sola. Aprender a amarme con la misma fuerza con la que ella me abrazaba.
Porque cuando lo hacía, en aquellas calles heladas, no era yo quien se mantenía en pie. No. Era su abrazo, cálido y protector. Capaz de atravesarlo todo.
Mis ojos se abren. El recuerdo se rompe.
Frente a mí se alza el instituto.
Nunca pensé en rendirme. Y ahora, ante mí, estaba la prueba de que no lo había hecho en vano.
Cada melodía tocada en las calles. Cada moneda ganada. Cada dedo entumecido por el frío.
—Estoy feliz —susurro al cielo—. Y ojalá tú también lo estés.
Madre.
Nada fue sencillo. Perdí demasiado en el camino. Pero no voy a detenerme ahora.
Ingresé como becada. La academia me dio techo y comida. Por un tiempo.
Pero el mundo nunca ofrece nada sin cobrarlo después.
—Señorita Zoe, acompáñeme al despacho del rector.
El profesor que me llamó no se presentó. Su voz era urgente, cortante. Como si cada palabra que pronunciara fuera un aviso de peligro.
Comí lo poco que tenía. Bebí el zumo de un trago. Me puse la ropa más sencilla que poseía. No podía elegir otra.
Tomé mi violín. El único objeto que jamás abandonaría. Y caminé hacia el despacho del rector.
No era la primera vez que cruzaba esa puerta. Pero algo, esta vez, era distinto.
El aire parecía pesado, lleno de advertencias que no podía ignorar.
Yo era una de las mejores alumnas de la academia. Él lo sabía.
Aun así, cuando abrí la puerta, sentí que entraba en un lugar donde nada bueno podía suceder.
—Zoe —dijo el rector con voz medida—. Conozco tu situación, y no quiero sonar cruel, pero…
El silencio se alargó.
Pesado.
Saturado de amenaza.
—Hemos decidido retirar tu beca.
Si no puedes pagar el semestre. Estarás fuera.
No era por dinero. Nunca lo fue. Lo sabia muy bien.
Era porque no acepté sentarme demasiado cerca. Porque retiré la mano cuando quiso tomarla. Porque no bajé la mirada cuando me evaluó como algo que no le pertenecía.
¿Por qué ahora?
Justo cuando comenzaba a tocar el cielo con mis dedos.
—Rector… —dije, con la voz firme, sosteniéndole la mirada sin pestañear—. Yo nunca he fallad-.
—Me detuvo a mitad de frase—Zoe. El talento, en esta academia abunda. — respondió con una sonrisa torcida—. Puedo encontrar a una chica como tú de las nuevas ingresantes—. Alguien más joven. Más complaciente…
Mis ojos se enfriaron. Tan gélidos que sentí que podría congelarlo vivo.
—Entiendo —dije, con una voz que no pedía explicaciones.
Y me fui.
No corrí.
No supliqué.
Caminé sin rumbo fijo. No sabía a dónde ir. Solo sabía que quedarme quieta no era una opción.
Mis pasos me llevaron, casi por costumbre, al edificio de residencia.
Tardé unos segundos en comprender lo que estaba viendo. Mis cosas no estaban donde siempre. Las partituras que estudiaba cada noche. El cuaderno donde escribía mis notas. La ropa que había doblado esa misma mañana.
Todo estaba amontonado frente a la entrada, expuesto, fuera de lugar. Como si nunca hubiera pertenecido allí.
Como si quisieran que todos lo vieran. Que yo ya no tenía derecho a estar.
Entonces lo vi. El profesor que me había llamado antes cerraba la puerta con llave.
No me miró. No hizo falta. Nada había sido improvisado. Nada había sido una advertencia.
Lo que me dijo sobre pagar el semestre nunca fue una opción.
Fue una burla. Él lo sabía. Sabía que no podría pagarlo por mi cuenta. Ya había decidido echarme. Solo estaba adelantando el proceso. Liberando espacio para alguien más.
Algo se tensó dentro de mí.
No fue tristeza.
No fue miedo.
Fue una lucidez fría.
Una certeza que se asentó sin hacer ruido.
Entendí que no tenía tiempo. Ni margen. Ni una segunda oportunidad. O encontraba una forma de quedarme…o volvería a la calle. Entonces. Me decidí. Caminé hacia otro infierno con la espalda recta, los puños apretados, y la rabia ardiendo en cada paso.
No tenía alternativa. No iba a perder. No ante él.
La única forma de permanecer en este lugar era acceder a la Sala Maestra. Un espacio reservado para quienes llamaban prodigios. Pero no bastaba con tocar bien. Se exigía algo distinto. Algo único.
El problema era el hombre que ahora estaba a cargo de los nuevos aspirantes. Aun así, no iba a retroceder. La Sala Maestra significaba independencia. Reconocimiento. Un futuro decidido por talento, no por favores.
Sin notarlo, llegué frente a una puerta que no conocía. Respiré. Ordené mis pensamientos. Y levanté la mano para tocar.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
Me giré.
Era el exprofesor Cale. Ahora asistente del mismísimo demonio.
No me reconoció. Enseñaba en cursos superiores.
—He venido a tomar la prueba de la Sala Maestra —dije, firme, controlando la rabia que aún hervía.
Su sorpresa fue evidente. Aunque mencionó algunas palabras más, mi mente ya no estaba con él. Solo recuerdo dedicarle una sonrisa. Una que no haría florecer cerezos, sino quemarlos hasta reducirlos a cenizas.
Sin esperar respuesta, golpeé la puerta.
No con educación.
No con miedo.
Con fuerza.
Con convicción.
Quería que quien estuviera del otro lado lo sintiera.
Mi decisión.
Mi voluntad de comerme el mundo.