—Evy... ¡Evy, mira! —exclamó la pequeña con una emoción que me partió el alma—. Ese señor de allá me regaló esta caja de galletas. Hay uno, dos, tres... ¡doce! Podemos comer muchoo.
Su sonrisa se agrandó como la boca de un dinosaurio. Verla así era lo más hermoso del mundo; puede sonar a cliché, pero observar cómo se proyectaban sus hoyuelos y cómo brillaban sus dientecitos blancos era más bello que cualquier otra cosa para mí.
Tenía las mejillas rosadas por el frío y el cabello salpicado por la escarcha de la noche. Me dolía verla así. Aunque no soy su madre biológica, me repetía en silencio: "Siempre serás mi niña".
Mis ojos bajaron hacia ella y una pequeña sonrisa asomó en mi rostro. Mis manos se movieron como una serpiente buscando su nido hasta encontrar su cabello marrón; lo revolví con cariño, provocando que ella hiciera uno de sus típicos pucheros.
—Qué linda... —susurré, estirándole los cachetes.
Era tan chistosa con esa cara, pero me detuve pronto. Sabía que a Zoe no le gustaba que jugaran así con ella. Es una niña enérgica, traviesa; de esas a las que no puedes perderles la vista ni un segundo porque se te escapan.
"Ojalá... no. Yo voy a hacer que tengas un futuro", prometí para mis adentros.
—Zoe, puede que no me entiendas aún, pero te prometo que lucharé por ti. Eres mi razón de vivir.
Sin previo aviso, unas gotas traicioneras empezaron a brotar de mis ojos. Los cerré con fuerza, pero al abrirlos, la pequeña me miraba con una expresión de horror.
—¿Po... por qué llohas? —preguntó con una voz casi inexistente.
—No es nada, pequeña. Solo recordé mi motivo para luchar.
—¿Y eze cuál es?
—Ya lo descubrirás pronto. Por ahora, comamos este pan que aún está caliente.
Estábamos en una esquina, echadas sobre una cobija vieja. Los transeúntes seguramente pensaban que no éramos felices por nuestra situación. Y tenían razón en parte: no podíamos ser felices respecto al dinero o la calidad de vida... por ahora. Pero teníamos algo más valioso: teníamos una vida feliz.