Capitulo 12: El Amo de la Narrativa

1093 Words
Eres única. Pero no me volverás a tocar. Aún puedo sentir la presión de sus dedos. Mi mano sube por inercia hacia el cuello de la camisa, rozando la tela impecable de hoy, pero mi mente sigue anclada en lo de ayer; en aquellas arrugas que quedaron como el testamento de su atrevimiento. Aparto la mirada hacia la taza a mi derecha. El aroma es único. Al beberlo, la amargura desagrada al instante, pero tras unos segundos el paladar se adapta. Así funciona el raciocinio después del caos. Debiste pensarlo, Zoé. Aunque no te juzgo. Al final, lo provoqué adrede. No soy tu salvador ni deseo serlo. Jamás te daré la respuesta que buscas; soy el único que tiene derecho a conocerla. Vive en la ignorancia. Y si algún día descubres la verdad, confirmarás que no me equivoqué: mi crueldad fue la única forma de salvarte. Termino el último sorbo de café y me dirijo a la residencia de alumnos. Mis pasos son lentos, deliberados, apreciando el paisaje con una calma cínica. Este sector es distinto: menos elegante, más rústico. El territorio de los becados. Busco los números grabados en las puertas hasta detenerme frente al 59. Golpeo sin cortesía, con un ritmo constante. Un ruido sordo responde desde dentro. ❧ ❧ ❧ ¿Quién podría ser a esta hora…? Me levanto todavía con ropa de dormir, arrastrando los pies. Estoy atrapada entre la vigilia y el sueño. Anoche agoté todo mi coraje; ahora solo quedan restos: hojas rotas en el fondo de la basura. Abro la puerta sin preguntar. —¿Por qué llamas a esta hor—? Las palabras mueren en mi garganta. Es él. El último rostro que deseaba ver. Su mirada me recorre con frialdad quirúrgica. Sin permiso, me aparta con un movimiento firme y entra. Toma la primera silla que ve y se sienta como si siempre le hubiera pertenecido. —Tienes quince minutos para cambiarte y salir —dictamina—. Hoy vamos a la Sala Maestra. Cierro la puerta con un golpe seco y me planto frente a él. —Nunca te di permiso para entrar. Ni para sentarte. —Catorce minutos. Nos enfrentamos en silencio. Ninguno cede. Finalmente, suspira con impaciencia profesional. —Alumna Zoé: desde hoy perteneces a la Sala Maestra. Soy tu profesor directo. Si no salimos dentro del tiempo establecido, no habrá segundas oportunidades. Lo miro con rabia y me encierro en el cuarto. Me cambio a toda prisa. ¿Por qué hago lo que me pide? Cuando salgo, intento recuperar algo de control. —No he desayunado. Dame un momento. Asiente sin mirarme, concentrado en su teléfono. Me ignora por completo. Preparo huevos revueltos y zumo de naranja. Como con ansiedad. Siento una mirada clavada en mi nuca, pero cuando alzo la vista, sigue absorto en la pantalla. Al terminar, deja el teléfono y se pone de pie. Es hora. Los pasillos están llenos. El murmullo es inmediato. Algo cambia en el aire. Las miradas ya no son de lástima. Son de deseo, de envidia, de hambre. De reojo, lo observo. Una sonrisa mínima curva sus labios. —Zoé… —susurra—. No querías que te involucraran con el Rector, ¿verdad? —¿De qué hablas? —Te hice un favor. Los susurros se hacen claros. —Es ella… —La que decían que estaba con el Rector… —Ha entrado a sala maestra... —Ahora es la alumna personal del senior Eiden… —Seguro se acuesta con él. No puede ser buena tocando, pero en la cama... Me detengo en seco. —¿Por qué no dijiste simplemente que yo era parte de la Sala Maestra? —le reclamo con la voz temblorosa—. Podrías haberlo hecho público antes. Si todos hubieran sabido que era tu alumna, el Rector no habría podido tocarme. Eiden se inclina hasta que su mirada lo ocupa todo. —Estás equivocada. No conoces el poder de aquel sujeto. El escándalo era necesario —sentenció Eiden. Sus ojos bajaron un segundo, como si recordara algo que le causaba náuseas—. Crees que basta con una denuncia, pero hombres como él, que llevan un sello de oro en el anular como si fuera una corona, no caen por las reglas. Caen por el ruido. Su voz es suave. Peligrosa. —Vive en tu ignorancia, Zoé. Es más seguro para ti. Retoma la marcha. —Ahora los rumores no serán sobre él. Serán sobre mí. Caminamos en silencio. La observo de reojo: mandíbula tensa, pasos rígidos. Me mira como si fuera un sádico. Zoé sabe que el mundo es una basura; su pasado se lo grabó a golpes. No espera justicia, espera el siguiente golpe. Pero lo que no entiende es que, en este nivel, la supervivencia no se logra resistiendo, sino manipulando el tablero. Si hubiera intentado ser su "héroe", ese sujeto la habría devorado en el silencio de una oficina. En este lugar, el abuso no es el pecado; el pecado es el ruido. Por eso le regalé el escándalo. Conozco bien a los de su clase: parásitos que buscan la satisfacción barata de la carne. Los detesto. El Rector quería usarla para saciarse; yo voy a usarla para crear algo eterno. Él buscaba su piel; yo he venido a reclamar su voluntad. No soy su salvador, pero soy un dueño mucho más sofisticado que ese animal. No necesité su testimonio; mis datos son más crudos que sus recuerdos. Sé que es inocente, pero su pureza no me despertó lástima, sino apetito. Al pudrir el nombre del Rector junto al suyo, lo dejé inválido. Lo he convertido en un amante despechado a ojos del mundo; he usado la lujuria de ese hombre como la soga para colgar su reputación. Ahora ella es intocable. Pero también está sola. Zoé cree que la saqué de las llamas, sin darse cuenta de que fui yo quien selló todas las salidas para que solo pudiera correr hacia mí. Eiden me observa de reojo, complacido. —He cortado el hilo que te ataba a él —susurra— y lo he atado a mi mano. Una pausa cruel se instala entre los dos mientras cruzamos el umbral de la Sala Maestra. Sus palabras resuenan en mi cabeza como una sentencia. Me ha salvado del Rector, sí, pero el precio ha sido entregarle mi libertad. Ahora entiendo lo que siente un animal cuando le ponen la correa: no importa si la mano que la sostiene es elegante o cruel... sigues sin ser dueño de tus pasos.
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