Un regalo por gratitud.
"Dicen que escribir es un acto solitario, pero leer es lo que le da vida al fuego. Quiero agradecer profundamente a las dos personas que se tomaron el tiempo de comentar y conectar con el último capítulo.
Aunque esta vez no logramos alcanzar la meta que nos propusimos para liberar contenido nuevo, he decidido compartir de igual forma esta historia extra, únicamente por ustedes dos. Su constancia merece un reconocimiento y no quería que se quedaran con las manos vacías.
Eso sí, quiero ser honesto con todos: este es un regalo especial por hoy. Las metas son nuestra forma de hacer que esta comunidad crezca, y para seguir liberando estas piezas extra, necesitaremos que más voces se sumen al fuego.
Espero que lo disfruten. Y si quieren ver cómo se ve el universo de esta historia en imágenes, los espero en mi nuevo t****k (J.R.Royne), donde estaré subiendo estos fragmentos. Me encantaría que me acompañen también en este nuevo rincón. Gracias por estar aquí, y por ayudarme a que esta partitura no deje de sonar."
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De niño, me encantaban los dulces.
Esa fascinación me llevó, una tarde, a infiltrarme en el despacho de mi padre. Sabía que sobre la mesa alta descansaba un tesoro que no me estaba permitido tocar.
Para mí, era una aventura épica. Sentía ese picor en la boca del estómago, esa mezcla de nervios y adrenalina que solo experimentas cuando sabes que estás cometiendo un "delito blanco".
Abrí la puerta con la cautela de un ladrón profesional. Y allí estaban: bombones de chocolate de diferentes tamaños.
Aún tengo presente a los invitados de esa noche. Un hombre de unos cuarenta años, con un bigote anacrónico y una corbata que, incluso a mis seis años, me parecía ridícula. Entró acompañado de su esposa, y mis padres los recibieron con una calidez que rara vez veía en casa.
Se sentaron, y el hombre sacó de su abrigo grueso una caja elegante. La dejó sobre la mesa y comenzaron a hablar. Recuerdo especialmente su mano derecha; cada vez que gesticulaba, un pesado sello de oro en su dedo anular atrapaba la luz del despacho. Para mis ojos de niño, ese brillo parecía el de una pequeña corona, un símbolo de importancia que él exhibía con una arrogancia que llenaba la habitación.
Abrieron el regalo y cada uno tomó un bombón; rasgaron las envolturas con elegancia y se los comieron de un bocado.
Yo observaba todo desde la rendija de la puerta de mi habitación, apenas un milímetro de apertura para no ser descubierto. Me aburría. Se suponía que ese día tenía lecciones con mi padre, pero las clases se cancelaron por los "invitados inesperados".
A medida que pasaba el tiempo, se volvieron más ruidosos. Más altaneros. Más "alegres". Nunca en mi corta vida había visto tanta risa junta en un mismo lugar.
Lo que parecía una noche eterna terminó más rápido de lo esperado. Al despedirse, mi padre le susurró algo al oído a mi "madre"; ella se sonrojó y se retiraron a su alcoba de la mano, no sin antes dejar la caja de chocolates en el despacho.
Yo también quería experimentar eso. Quería probar esa felicidad que los hacía reír así.
Esperé a que cerraran su puerta con llave —nunca entendí por qué se encerraban— y fui a completar mi plan. Mi sorpresa fue grande al notar que la caja estaba casi vacía. Solo quedaba uno. Al parecer, antes de dormir, se habían devorado el resto.
"Está bien, solo comeré uno", me dije. "No se darán cuenta. Si preguntan, diré que fue un ratón". No se me puede juzgar demasiado; tenía seis años y mi lógica no era la de un adulto.
Lo desenvolví y me lo tragué de golpe.
Fue lo más delicioso que había probado jamás. El sabor generó un calor súbito en mi pecho, como si alguien me estuviera abrazando por dentro. Se sentía... bien.
Limpié cada rastro que pudiera incriminarme y regresé a mi habitación. Pero, al cruzar el umbral, el mundo decidió empezar a girar.
Era como un terremoto silencioso. Quise gritar, pero el miedo desapareció cuando el mareo se transformó en un ardor placentero, como si tuviera el sol frente a mí.
Miré mi cuarto, casi vacío de muebles y calidez, y me reí tontamente.
—Jajaja...
Me puse a "bailar", imitando algo que había visto alguna vez en la televisión. Era divertido. Todo era ligero.
"Ojalá mi vida fuera así siempre", pensé antes de caer en un sueño profundo.
Fui un idiota. Debí fijarme que eran bombones rellenos de licor. Un dato técnico que recién comprendí años después, cuando aprendí que la felicidad que no controlas no es más que una pérdida de conciencia.