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Amor en el Horizonte Azul

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En el corazón de la aldea shinobi, el Salón del Consejo era un lugar de poder y política, donde las decisiones de los líderes de las naciones ninja podían cambiar el curso de la historia. Esta vez, el Consejo se reunía para discutir temas cruciales que afectarían el futuro de las naciones shinobi, pero la tensión en el aire era palpable.Tobirama Senju, el Segundo Hokage, presidía la reunión con una presencia imponente, rodeado de sus nueve esposas, cada una representando a un clan poderoso y con agendas propias. Las esposas de Tobirama eran mujeres astutas y calculadoras, que sabían jugar el juego de la política con maestría. Sin embargo, esta vez, había algo más en juego que la simple política.Madara Uchiha, el legendario shinobi, estaba presente, acompañado de su esposa, Maddy, una mujer inteligente y perspicaz que parecía estar siempre un paso adelante. La relación entre Madara y Maddy era objeto de especulación y rumor, y su presencia en el Consejo no pasaba desapercibida.La tensión entre las esposas de Tobirama era palpable, y la llegada de Madara y Maddy solo la exacerbó. Hanae Mitsugiri, una de las esposas, parecía tener un interés particular en Madara, y Maddy no estaba ciega a ello. La situación se volvía cada vez más complicada, y las alianzas y rivalidades se tejían y se deshacían con cada palabra y cada gesto.Mientras el Consejo se desarrollaba, Maddy observaba y calculaba, consciente de que cualquier movimiento en falso podría desencadenar un conflicto mayor. La intriga y la traición estaban en el aire, y solo el tiempo diría quién saldría victorioso.Pero había algo más, algo que Maddy había notado, algo que podría cambiar todo. Un secreto, un hilo invisible que conectaba a Madara y Hanae, y que podría desestabilizar a los demás si se descubría. La pregunta era, ¿qué era ese secreto, y quién más lo conocía?La reunión del Consejo había comenzado, y nada volvería a ser igual. Las sombras en el Salón del Consejo se alargaban, presagiando conflictos, traiciones y secretos que aún estaban por revelarse. La intriga había comenzado, y solo el tiempo diría quién saldría victorioso.

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✨ Capítulo 1: Sombras en el Salón del Consejo ✨
La gran sala del Consejo Shinobi estaba impregnada de una solemnidad casi asfixiante. Las antorchas en las paredes de piedra proyectaban sombras danzantes que hacían que los estandartes de cada nación parecieran moverse con vida propia. Cada nación, cada clan, cada líder había llegado con la cabeza en alto, pero con la tensión a flor de piel. La luz dorada iluminaba los rostros cuidadosamente arreglados, los gestos calculados, las sonrisas ensayadas. Nadie estaba allí por placer; todos estaban allí por poder. En el centro de la sala, sentado en el estrado más alto, se encontraba Tobirama Senju, el Segundo Hokage, cuyo porte imponente imponía respeto incluso a los más arrogantes. A su lado, alineadas como joyas en un exhibidor, estaban sus nueve esposas, cada una emanando orgullo, nobleza y… secretos. Las esposas de Tobirama no eran simplemente figuras ornamentales: cada una representaba el poder de su propio clan, su influencia en la política, su habilidad para manipular el corazón de un hombre poderoso. Pero, bajo la superficie, todas compartían algo en común: infidelidades cuidadosamente veladas, juegos de poder ocultos entre sonrisas y reverencias. La Segunda esposa, Reina Akegawa, del antiguo y orgulloso Clan Akegawa, se acomodaba con elegancia, su rostro cuidadosamente imperturbable, pero sus ojos negros observaban con desdén a cada mujer que osaba acercarse demasiado a Tobirama. La Tercera, Sayuri Kazehana, del Clan Kazehana, jugueteaba con un abanico de plumas blancas mientras lanzaba miradas rápidas a sus rivales, calculando cada gesto, cada palabra que podría utilizar para desequilibrarlas. La Cuarta, Hanae Mitsugiri, del Clan Mitsugiri, se mantenía en silencio, aparentemente concentrada en un pergamino, pero sus ojos no perdían detalle de nada que ocurría en la sala. Su presencia era sutil pero peligrosa; una serpiente en un jardín de rosas. La Quinta esposa, Emiko Ranzaki, del Clan Ranzaki, sonreía con superioridad fingida, consciente de que su clan era uno de los más antiguos y respetados. Cada movimiento suyo era un mensaje codificado para las demás esposas: “No soy débil. No me subestimen”. La Sexta, Yuriko Shidome, del Clan Shidome, mostraba su inteligencia en cada gesto; no necesitaba palabras para intimidar. Sus ojos seguían cada interacción, anotando mentalmente aliados y enemigos. La Séptima, Naoko Tsugamine, del Clan Tsugamine, parecía indiferente, pero su risa ligera, apenas audible, escondía cuchillas afiladas. La Octava, Rina Hokujin, del Clan Hokujin, se mostraba tímida y sumisa, pero su corazón palpitaba con ambición, y cada gesto era estudiado para parecer inocente. La Novena, Kaede Yorihana, del Clan Yorihana, estaba obsesionada con mantener su estatus; no permitiría que ninguna otra esposa eclipsara su brillo. La Décima, Satsuki Morigami, del Clan Morigami, la más joven de todas, irradiaba arrogancia juvenil mezclada con un aire de misterio que hacía que Tobirama la mirara con una mezcla de indulgencia y cautela. Todas estaban acompañadas por sus familias: clanes antiguos y orgullosos, con miradas que evaluaban constantemente a sus rivales. Sus ojos eran afilados cuchillos, capaces de herir con un simple parpadeo. Los murmullos recorrían la sala como un río subterráneo: discretos, pero incesantes. Cada gesto, cada inclinación de cabeza, cada mirada podía desencadenar una guerra silenciosa entre clanes. Entre todos los presentes, uno destacaba no por la nobleza de su sangre, sino por el aura que emanaba: Madara Uchiha. De pie, imponente, con el ceño ligeramente fruncido, observaba todo con ojos calculadores. A su lado estaba su esposa, Maddy. Aunque aún era considerada por muchos como “la huérfana nerd”, su inteligencia y presencia eran indiscutibles. La mayoría de los asistentes subestimaba a Maddy, pero ella había aprendido a leer entre líneas, a notar cada movimiento, cada susurro, cada intención oculta. Esa tarde, algo parecía diferente. Maddy estaba inusualmente callada, y no era indiferencia: era observación concentrada. Notaba cómo los ojos de Hanae Mitsugiri se posaban demasiado tiempo en Madara, cómo una sonrisa apenas perceptible se dibujaba en sus labios cuando nadie más miraba. Y no era casualidad. Madara, por su parte, desviaba la mirada, incómodo y consciente de la atención que recibía. Desde lejos, cualquiera podría pensar que eran simples conocidos. Pero Maddy lo sabía: había complicidad allí, un hilo invisible que los unía en secreto, y que las demás esposas podrían percibir si se descuidaban. Suspiró, mirando hacia otro lado, intentando mantener la calma. Los murmullos comenzaron, sutiles al principio, pero creciendo en intensidad. Las esposas de Tobirama se crisparon, sintiendo celos que no podían controlar. Cada gesto de Hanae era analizado, cada palabra medida, cada respiración contada. —¿Viste cómo miraba a Madara? —susurró Reina Akegawa a Sayuri Kazehana, sin poder ocultar su desdén—. No me gusta cómo lo observa. Sayuri, jugueteando con su abanico, asintió discretamente: —Esa mujer… no parece tan inofensiva como todos piensan. Los clanes Mitsugiri, Akegawa y Kazehana intercambiaron expresiones tensas. Un ligero crujido de armadura resonó cuando un Senju se movió en su asiento, lanzando una mirada rápida y desconfiada a Madara. Las familias de las esposas alzaron cejas y comentaron en voz baja, evaluando cada gesto. Cada mirada era una declaración, cada susurro, un desafío silencioso. Madara percibió todo sin moverse, su mente calculando cada posible reacción. No necesitaba participar en los murmullos: su presencia bastaba para alterar la dinámica del salón. Hanae, por otro lado, mantenía su sonrisa discreta, disfrutando del pequeño juego de poder que se desarrollaba a su alrededor. Maddy, desde su lugar, analizaba cuidadosamente. Sabía que cualquier movimiento en falso podría desencadenar un conflicto mayor. Los clanes presentes no solo evaluaban a Tobirama, sino también a sus esposas y, por extensión, a sus aliados y rivales. Ella había aprendido a leer entre líneas, y lo que veía ahora era un tablero de ajedrez en movimiento: cada mirada, cada susurro, cada gesto podía ser una jugada estratégica. Las esposas comenzaron a intercambiar miradas cargadas de hostilidad. Naoko Tsugamine lanzó una sonrisa que no alcanzaba a ocultar su desdén. Emiko Ranzaki y Yuriko Shidome se inclinaron ligeramente hacia adelante, evaluando silenciosamente a sus rivales. Rina Hokujin fingía indiferencia, pero sus ojos seguían cada movimiento de cerca. Kaede Yorihana y Satsuki Morigami intercambiaron miradas calculadas, midiendo su influencia relativa en la sala. El Consejo se removió inquieto. Cada líder, cada daimyō, cada kage estaba consciente de la tensión subyacente. Las palabras que se pronunciaran en ese salón no serían simples declaraciones políticas: serían armas, lanzadas con precisión y calculadas con cuidado. En el estrado, Tobirama observaba la escena con una expresión de calma superficial, aunque por dentro evaluaba cuidadosamente la situación. Sabía que sus esposas tenían agendas propias, que cada una buscaba manipularlo y manipular a los demás en el Consejo. La política interna de su familia era tan compleja como las intrigas del Consejo en sí. Pero el centro de todo no era Tobirama, ni siquiera sus esposas. Era Madara y Maddy. Madara, con su presencia imponente, y Maddy, con su inteligencia silenciosa, eran el foco de todas las miradas, conscientes o inconscientes. Cada gesto entre Madara y Hanae era observado con sospecha, cada pequeña inclinación de cabeza, cada sonrisa contenida, estaba cargada de significado. Maddy suspiró nuevamente, consciente de la delicadeza de la situación. Sabía que no podía permitirse un error. Su silencio era una estrategia, una forma de mantenerse por encima del ruido, de no mostrar debilidad ni ansiedad. Observaba, calculaba y anticipaba, mientras el Consejo y las esposas tejían su red de intrigas. El aire en la sala estaba cargado de electricidad. Los murmullos se convirtieron en susurros audibles, los susurros en cuchicheos más directos, y la tensión aumentaba con cada segundo que pasaba. Los clanes antiguos evaluaban las relaciones, las alianzas, y los posibles conflictos. Cada movimiento de Tobirama, cada sonrisa o ceño fruncido, cada palabra cuidadosamente medida, afectaba la dinámica de poder. Entre todo ese torbellino de miradas, celos y susurros, Maddy notó algo más: un pequeño gesto, casi imperceptible, entre Madara y Hanae. Una inclinación de cabeza, una mirada rápida, una ligera sonrisa que decía más de lo que las palabras podrían expresar. Era un vínculo secreto, un hilo invisible que podía desestabilizar a los demás si se descubría. Las esposas reaccionaron de inmediato, aunque con disimulo. Reina Akegawa frunció el ceño, Sayuri ajustó su abanico como si fuera un escudo, y Emiko Ranzaki se inclinó ligeramente hacia adelante, evaluando la situación. Cada movimiento era una declaración de guerra silenciosa, un intento de proteger su estatus, su influencia y su orgullo. Maddy comprendió que ese Consejo no era solo un encuentro político. Era un campo de batalla, y ella, aunque aparentemente insignificante, estaba en el epicentro. Su silencio y observación eran armas tan poderosas como cualquier jutsu. Sabía que cada gesto de Madara, cada mirada de Hanae, cada reacción de las esposas podía desencadenar una cadena de eventos que cambiaría el equilibrio de poder en la sala. Y así, en el centro de todo, se mantenían tres figuras: Madara, Hanae y Maddy. Uno, imponente y calculador; otra, elegante y astuta; y la última, silenciosa pero penetrante, capaz de ver y comprender lo que los demás no podían. El juego de poder apenas comenzaba, y las sombras en el Salón del Consejo se alargaban, presagiando conflictos, traiciones y secretos que aún estaban por revelarse. Mientras las antorchas proyectaban sombras que parecían moverse con vida propia, Maddy supo algo con certeza: aquella no sería una reunión ordinaria. Cada palabra, cada mirada, cada gesto contaría una historia. Y ella, silenciosa pero consciente, estaba lista para leerla.

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