GREENFIELD

827 Words
—¿Cuánto tiempo estuvo en Greenfield? —pregunta Zoyla. —Cuatro años —responde Herson, con un tono que mezcla nostalgia y tensión—. Cuando llegó, no le interesaba la arqueología, pero pasó mucho tiempo en casa con nosotros, y era cuestión de tiempo para que se enganchara. La arqueología es el segundo gran amor de mi padre después de la iglesia. Consiguió transmitirnos esa pasión a todos sus hijos y también a muchos de los niños que pasaron por nuestra escuela. Zoyla mira a Herson y luego a mí, como si intentara juntar piezas de un rompecabezas invisible. Finalmente, se gira hacia él. —Entonces… ¿qué pasó?— Su tono deja claro que percibe que hay más en esta historia. Herson guarda silencio, metiendo las manos en los bolsillos. Su incomodidad es evidente. —Pasamos mucho tiempo juntos —digo, tratando de sonar indiferente—. Yo estaba enamorada de él y… bueno, nunca supe exactamente qué sentía él por mí. Una tarde, me besó, pero no nos dimos cuenta de que mi padre nos estaba mirando. Zoyla abre los ojos y deja caer la mandíbula. —¡Oh, mierda! —Se puso furioso —admito, estremeciéndome al recordar—. Mi padre rara vez se enfadaba, pero aquella vez fue diferente. Su ira me dejó completamente helada. —Tú solo tenías catorce años —interviene Herson, como si intentara justificar a nuestro padre—, y él tenía dieciocho. —No era una niña prepúber —replico con sarcasmo—. Si esto fuera la Inglaterra medieval, ya estaría casada y con seis hijos. —Papá veía a Linne como otro hijo y sintió que estaba abusando de esa relación —explica Herson, tratando de mantener la calma. —¡No éramos parientes! —respondo, sintiendo cómo la rabia se apodera de mí—. Estás defendiendo a papá como si hubiera tenido razón. —No se trataba de eso —dice, con esa serenidad que siempre me irrita—. Papá invirtió tiempo y afecto en él. Pensó que Linne te estaba usando, que se aprovechaba de la confianza que le había dado. —¡Fue solo un beso! —Pero eso podría haber llevado a algo más, y tú eras la niña de papá. —No hay nada de “niña” en mí —murmuro, irritada, recordando cómo mi padre sigue tratándome como si tuviera diez años. —¿Qué pasó después? —pregunta Gallie, con curiosidad y un dejo de compasión. Suspiro profundamente. —Era tarde, papá me mandó a mi habitación. Me fui a la cama llorando. Al día siguiente, él ya no estaba. Se había puesto en contacto con su gente y ellos lo enviaron a otro lugar, a alguna excavación en Egipto. Nunca volvió, ni siquiera se despidió. Eso es todo. Zoyla frunce el ceño. —No me extraña que te sorprendieras al verlo. Intento reír, pero suena forzado. —Oh, eso fue hace mucho. Me dolió en su momento, pero lo superé. La verdad es otra. Nunca lo superé. Enterré esos recuerdos como un libro olvidado en un rincón polvoriento de mi mente. Pero ahora ha vuelto. Y mil veces más guapo. ¡Dios, cómo voy a afrontarlo? Salgo del museo y pido un taxi. Mientras espero, Joel aparece a mi lado. —Podría haberte llevado —dice. Miro mi teléfono. El coche está a cuatro minutos. —Está bien. No es lejos. Nos miramos bajo el sol de enero. Hay algo familiar en su mirada, como si ambos recordáramos años pasados. —A papá no le gustaría —dice finalmente Joel. —Entonces no se lo digas —respondo, desafiante. Joel se limita a resoplar. —Sólo espero que sepas lo que haces. No respondo. Mi teléfono vibra, indicando que el coche ha llegado. Subo, me abrocho el cinturón y me dejo llevar por las calles de Wellington. Pero mi mente está lejos de allí, atrapada en recuerdos de unos ojos verdes que alguna vez fueron todo mi mar. Cuando llegamos al cementerio, mi corazón late con fuerza. El lugar tiene un aire solemne, con tumbas antiguas que se pierden en la distancia y un cielo nublado que parece reflejar mis emociones. Respiro hondo y miro el edificio a mi izquierda: una capilla románica de ladrillo con vitrales irlandeses. Es hermosa, pero su belleza no logra calmar mi corazón inquieto. Albert- Punto de Vista ¿Por qué vine aquí? Esto fue un error. Estoy a punto de darme la vuelta cuando un hombre jóven aparece en la puerta. Su rostro se ilumina al verme. —¿Albert? —dice. —Hola, Sean —respondo. Nos quedamos mirándonos, dos hermanos con un abismo entre nosotros. No hace falta decirlo: “Lo siento” no alcanza para llenar el vacío de años de distancia." Hoy, sin embargo, debo enfrentarme al pasado. No solo por mi familia, sino por esos ojos azules que nunca pude olvidar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD