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EL HILO ROJO DEL DESEO

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Blurb

Un hilo rojo, una falda rota y el jefe más imponente de todo Moscú.

Alina Rostova solo tenía un objetivo: sobrevivir a su primer día en Vólkov International y conseguir el puesto de arquitecta para sacar a su madre de la pobreza. No contaba con el tráfico de Moscú, un autobús atrasado ni mucho menos con que la falda hecha a mano por su mamá se rasgara de par en par en el ascensor del rascacielos más exclusivo de la ciudad.

¿Lo peor? Su ropa interior roja quedó al descubierto frente al hombre más imponente, frío y adictivo que jamás ha visto.

Para Alina, él era solo un desconocido de finanzas que le prestó su costoso saco de diseñador para salvarla del ridículo. Pero para el resto de Rusia, él es Leo Vólkov: un multimillonario implacable, heredero de un imperio inmobiliario y un hombre acostumbrado a tener el control absoluto de todo... hasta que una pasante caótica y de boca suelta se le enredó en los pantalones.

Entre proyectos arquitectónicos, miradas ardientes en los pasillos y un secreto a punto de estallar, Alina descubrirá que el invierno de Moscú no es nada comparado con el fuego de Leo Vólkov.

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INTRODUCCIÓN
+ALINA+ Estoy tomando mi café. Claro que vi que eran las 7:20 de la mañana en el maldito reloj de la cocina y mi entrevista de trabajo es a las 8:00 en punto. Me tragué el último trozo de pan con mantequilla casi sin masticar, ignorando por completo el hecho de que probablemente me daría una indigestión terrible a mitad del camino. —¡Corre, hija! ¡Muévete, por Dios, que se te hace tarde! —me gritó mi mamá desde el pasillo, agitando un paño de cocina en el aire como si fuera la bandera de salida de una carrera de autos. —¡Ya voy, mamá! ¡No me presiones que me da taquicardia! —le respondí con la boca todavía medio llena, tragando un buche de café hirviendo que me quemó hasta la conciencia. Somos una familia pobre, nada millonaria. Vivimos al día en este apartamento viejo y pequeño en las afueras de Moscú, donde el invierno se colaba por las rendijas de las ventanas. Acabo de salir de la universidad con un título bajo el brazo, un montón de deudas invisibles y ahora voy en busca de mis sueños. Voy a una entrevista que podría cambiarlo todo. Mi mamá, Elena, es costurera de barrio y pasó toda la noche despierta haciéndome el traje para este día. Una falda recta, justo hasta las rodillas, bien pegadita para que me viera «estilizada», de un color gris Oxford. Me la puse junto con mi camisa blanca perfectamente planchada y un saco gris a juego. Me calcé los tacones negros, que me quedaban un poco ajustados, pero me hacían ver alta, y me miré al espejo. Parecía una profesional de verdad, no una muerta de hambre que contaba los rublos para el autobús. —¡Ven aquí, dame un abrazo! —le pedí a mi mamá, corriendo hacia ella. —Que Dios te cuide y te guíe los pasos, mi niña —murmuró ella, plantándome un beso en la frente y haciéndome la señal de la cruz en el pecho con dedos temblorosos—. Vas a ganar ese puesto, ya lo verás. Eres la mejor arquitecta que este país va a tener. —Eso espero, mamá, porque si no, tendremos que comer sopa de piedra el resto del mes —bromeé para camuflar los nervios. Justo en ese momento, vi a mi gato Michi lamiéndose una pata sobre el sofá—. ¡Michi! ¡Ven aquí, gordo flojo! ¡Bésame y deséame suerte! Agarré al gato y le planté un beso enorme en el hocico. El animal maulló, indignado por el rapto de afecto, y me soltó un manotazo leve. —¡Ay, Alina, por favor! ¡La boca, mija! —exclamó mi mamá, arrugando la cara con horror—. ¡Ese gato se la pasa lamiéndose Dios sabe qué cosas! ¡Enjuágate de inmediato! —¡Ay, es verdad! ¡Qué asco! —chillé, dándome cuenta de la situación. Corrí al baño como una loca, me eché un buche de enjuague bucal que casi me hace llorar por lo fuerte que estaba, lo escupí, salí a toda prisa, agarré mi cartera del suelo y salí disparada del departamento antes de que me cayera otra bendición o reprimenda. Cuando salí al frío de la calle, me puse a buscar un taxi con desespero. Sí, milagrosamente tenía dinero para eso. Mi mamá se había matado el día anterior remendando un vestido de encaje muy complicado para la vecina rica del bloque, y me había dado cada billete insistiendo en que no podía llegar sudada en el metro. —¡Taxi! ¡Por aquí! —grité, agitando el brazo derecho como si me estuviera ahogando en el asfalto. Un auto viejo se detuvo y me subí de un salto; le dije que me llevara a la empresa Vólkov International Holdings. * El tráfico de Moscú a esta hora era un absoluto infierno viviente. Los carros no avanzaban, el conductor gruñía en un dialecto incomprensible y yo no paraba de mirar mi reloj de mano. Eran las 7:55 de la mañana. Mis piernas temblaban tanto que el tacón de mi zapato derecho no dejaba de golpear el piso del auto en un repiqueteo desquiciante. ¡No puede ser! ¡Cinco minutos! ¡Solo cinco malditos minutos para que empezara la hora cero! Al final, el taxista se hartó de mis suspiros dramáticos, se giró en el asiento y me miró con fastidio. —Mire, jovencita, hasta aquí la dejo. No voy a avanzar más en este embotellamiento ni aunque me pague el doble. La empresa esa queda a una cuadra, camine. Le pagué de muy mal humor, refunfuñando entre dientes mientras le arrojaba los billetes en las manos. Salí del auto y empecé a correr por la acera como si me persiguiera un oso siberiano. En mitad de la carrera, ¡zas!, se me zafó el zapato izquierdo. Di un traspié ridículo, casi me voy de bruces contra el pavimento helado, pero logré mantener el equilibrio. Volví a ponérmelo a toda prisa, maldiciendo en voz baja a todos los santos de la iglesia ortodoxa. —¡Maldita sea mi suerte! ¡Muévanse, por favor! —rezaba internamente mientras corría y pasaba entre la multitud de personas que caminaban apresuradas. Claro, ellos iban a su trabajo aburrido de oficina, pero bueno, ¡yo todavía ni siquiera tenía uno! Entré al imponente edificio de cristal y mármol con el corazón en la boca y la respiración completamente rota. Un guardia grandulón, que parecía un armario de tres cuerpos con traje, me detuvo en seco poniéndose en medio de mi camino. —¿Qué se le ofrece, señorita? —me preguntó con una voz de ultratumba que me hizo dar un brinco. —Yo... yo... voy a una entrevista de trabajo —le dije, con el alma saliéndoseme por los ojos y la voz agitada, tratando de recuperar el aire—. ¡Por favor! ¡Son las ocho! El hombre me miró de arriba abajo, suspiró y se hizo a un lado. —Pase rápido. Piso diez —me indicó, señalando el fondo del pasillo. Cuando entré al vestíbulo principal, vi que la puerta del ascensor se estaba cerrando. —¡No! ¡Que no se cierre! ¡Espere! ¡Por lo que más quiera, detenga la puerta! —grité a todo pulmón, corriendo a toda prisa sin importarme que mis tacones resonaran en todo el maldito edificio como ametralladoras. Estiré el brazo y logré meter la mano justo antes de que las puertas de metal se sellaran por completo. Los sensores reaccionaron y las puertas se abrieron de nuevo. Me metí de golpe, empujando mi cuerpo hacia el fondo del cubículo para no estorbar. —¡Sí! ¡Llegué! ¡Gracias a Dios! —exclamé de forma inconsciente, apoyando la espalda contra la pared del fondo, completamente jadeante y con el cabello rebelde pegado a la frente por el sudor del esfuerzo. El ascensor se movió, pero en cada piso subsequente empezó a entrar más y más gente. El espacio se redujo a la nada. La masa humana me empujó de tal manera que terminé completamente pegada a alguien que estaba detrás de mí. Intenté moverme, ponerme un poco más adelante o ladearme, aunque el espacio físico era inexistente. Estábamos como sardinas en lata. Todos eran hombres y mujeres impecables, con caras serias, abrigos caros y portafolios de cuero. Yo parecía un duendecillo desaliñado atrapado en una jaula de gigantes de la alta sociedad rusa. * El ascensor se detuvo de forma imprevista en el número nueve. La pantalla digital parpadeó y, de inmediato, la gran mayoría de la gente seria empezó a salir en tropel hacia los pasillos alfombrados. Aproveché el repentino espacio vacío para dar un salto rápido hacia adelante, ya que durante varios pisos estuve completamente apoyada y aplastada contra el cuerpo de ese hombre que estaba detrás de mí. Di un largo suspiro de alivio al notar que la cabina quedó completamente desierta, con la única y preocupante excepción de él. Cuando las pesadas puertas de metal se cerraron y me preparé mentalmente para enfrentar el piso diez, el hombre caminó con paso firme hacia el tablero de mandos. Extendió su mano derecha y, sin previo aviso, presionó un botón rojo que detuvo el ascensor en seco entre dos niveles. El cubículo se sacudió levemente, dejándonos flotando en el vacío. Me giré hacia él con los ojos desorbitados por la sorpresa. El corazón me dio un vuelco salvaje. —Mire, esto no lo hago con frecuencia —declaró él, dándose la vuelta con una elegancia que me pareció insultante para mi estado de nervios crónico—. Pero tienes un problema muy serio. —¿Qué? ¿De qué me habla? —le pregunté, sintiendo un nudo terrible en la garganta. Mi voz sonó como el chillido de un ratón asustado—. ¿Qué me pasó? —Tienes un problema muy grave con tu falda —añadió, señalando con un movimiento de cabeza hacia mi parte trasera. —¡¿Mi falda?! ¡¿Qué tiene mi falda?! —exclamé, entrando en pánico total. Empecé a tocarme la tela de forma desesperada, palpando el dobladillo gris Oxford que mi madre había cosido con tanto esmero la noche anterior. Utilicé el enorme espejo del ascensor para girar el cuello como si fuera un búho exorcizado, y lo que vi me heló la sangre por completo. Tenía un hueco monumental. ¡Un agujero gigantesco que dejaba al descubierto todo a su paso! La costura se abrió. —¡No, no, no! ¡Se abrió! ¡Mi falda se abrió por completo! —chillé, perdiendo los papeles. Con la desesperación, la toqué de nuevo para intentar juntar los bordes, pero solo logré que el tejido cediera aún más, ¿cómo sucedió?—. ¡Ay, Dios mío! ¡Mierda! —Si sigues tocándola de esa manera, se abrirá todavía más —me advirtió él, cruzando los brazos. Su voz era una mezcla de diversión y una extraña fijeza que me puso los vellos de punta, el hombre tiene un buen porte, es elegante y… ¡Al diablo, mi falda y yo estamos en problemas! —¡Es que se me ven las nalgas! —grité en un susurro histérico, viendo mi propio reflejo—. ¡Se ve todo el hilo rojo que llevo puesto! ¡Qué clase de brujería barata es esta! Busqué desesperadamente cómo tapar el desastre con mis propias manos, apretándolas contra mi trasero en una postura ridícula. Las lágrimas de la frustración amenazaron con desbordarse. —¡Diablos! ¡No sé cómo sucedió esto! ¡Mierda con la tela! ¡Ah! ¡Pero si es una tela completamente nueva! ¡Mi mamá! —ametrallé con las palabras, balbuceando incoherencias por culpa de los nervios. —Con lamentarte ahora mismo no lograrás absolutamente nada, señorita —me interrumpió él, con un tono frío que me obligó a enderezarme un poco.

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