9. ¿Cómo te pasa la puta comida?

824 Words
Vuelvo a la casa casi corriendo y al entrar, noto que la cena ya está servida, de nuevo en la mesa, de nuevo como si fuéramos una familia. —Señorita, puede tomar asiento —me dice una de las mujeres al verme, mientras aun arregla unos cubiertos sobre la mesa. Cuando estoy por acercarme al comedor, me topo de frente con Damián quien al verme sonríe y luego se abalanza sobre mí. Me sujeta entre sus brazos fuertemente como si no quisiera dejarme ir, sin embargo, no puedo sujetarlo de la misma forma. Simplemente no puedo… —¿Qué pasa? ¿qué te sucede? —Ya sé que tú lo mataste. Que lo mataste hace horas y le pediste a Alex que lo lanzara a un barril con ácido y aun así tienes la osadía de querer cenar. ¿Cómo te pasa la puta comida? —¿Quién carajos te dijo eso? ¿Alex? —Damián frunce el ceño sin poder creer lo que le estoy diciendo y alejándose un par de centímetros de mí. —Nadie me lo dijo, no fue necesario. Yo lo vi. —Entonces estás enganchada en querer saber lo que pasa aquí. Está bien, no te lo voy a prohibir, no te puedo prohibir nada, de ese modo, debes saber que yo no lo maté, si lo golpeé porque dijo algo que no debía, pero no lo maté. Lo mató alguien más y era un hombre que Alex mandó a traer para él. Fue Alex quien ordenó que le hicieran eso y fue él quien lo ordenó que lo lanzaran en acido. —Felicidades por mí, creo. Duermo en la misma cama que un asesino. —Vives, comes y te vistes ahora del dinero de asesinos. Te lo dije y debiste pensar en eso, cuando decidiste venir aquí —se hace a un lado y comienza a caminar lejos de mí. —¡Damián! La cena está servida. —¡No comeré aquí! —le contesta a su padre. Coloco una maldita sonrisa falsa y me acerco a la mesa luego de un suspiro. Me siento junto a Regina y de inmediato comienzan a servir en los platos. —¿Cómo te has sentido, Jessica? —levanto la vista en cuanto escucho al señor Miller. —Mmm… bien, muy bien, gracias. —Es estupendo escuchar eso. Yo, decidí tomarme estos dos días libres antes de seguir con mi trabajo por tu llegada. A veces Damián puede ser un poco obstinado e incluso mal humorado, pero te adora. No paró de hablar de ti, nunca. —Yo solo quiero estar tranquila. Sin problemas, sin… nada —Cariño, eso será difícil en esta casa —Regina entra en la conversación abruptamente—. Vivir aquí es como hacerlo en las vegas. Los excesos están por doquier. —Regina… —dice el señor Miller. —Sí, bueno, no creo ver algo que me sorprenda más —contesto. —Bueno, como te decía —sigue hablando el señor—. Le dije a Damián que podíamos invitar a algunos amigos, hacer una fiesta pequeña. Algo de bienvenida —dice. —¿Para qué sus amigos comiencen a preguntase qué se siente cogerse a la chica del hijo del jefe? Sí, claro, suena genial… —¡Vaya! Alguien está de muy mal humor —Alex entra a la habitación tomándonos a los tres un poco por sorpresa. Se acerca a la mesa y se sienta frente a mí de nuevo. —No entiendo de lo que hablas, Jessica. ¿Algún hijo de puta te ha estado molestando? —O solo es Alex siendo Alex —comenta Regina. Noto que fui demasiado dura con el señor Miller. Él no sabe lo que yo sé y fue muy estúpidamente descortés haber respondido de esa forma. —En serio, lo lamento, discúlpeme. Ésta es su casa y puede hacer las reuniones que quiera. —Solo si tú quieres. Podemos hacerla mañana, algo tranquilo. Todo estará bien. —Me aburro. Llévenme la comida a la habitación —Alex se levanta y sale sin decir más nada. —¿Puedo preguntarle algo, Señor Miller? —él asiente luego de tomar un trago de vino—. ¿Alex… exactamente qué hace él aquí? —Bueno… Alex es… complicado, debo admitirlo. Es como una bomba de tiempo —contesta—, pero es bueno en lo que hace. Llevamos trabajando un par de meses y ha sido excepcional. Técnicamente es un socio, hace algunos meses trabaja desde casa, pero decidimos mejor ser cogerentes de esta empresa. Juntos. —¿Y Damián? —Damián es un alma libre, siempre lo será. Hace cosas porque en realidad quiera hacerlas, no porque tenga que hacerlas. Es mi hijo y este será mi legado hacia él, pero Alex, Alex es muy bueno. Es un gran socio. —Es la única razón por la que lo toleramos —dice la otra chica en la mesa.
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