El auto se está moviendo lentamente hacia la entrada de la enorme casa campestre del padre de Damián. No conozco a nadie allí así que el mero hecho de estar aquí presente hace que mis vellos se coloquen de punta. Todos saben que voy en camino, todos saben quién soy, todos saben que hui de casa, pero nadie me conoce realmente. Solo Damián.
Solo he visto al padre de Damián en fotos. En una que otra, y un poco viejas porque ya no lo hace tan seguido, eso de tomarse fotos, y él también me ha visto sólo en la pantalla de un celular, así que en definitiva todo esto será muy extraño.
—¿Estás bien? Te ves...
—¿Nerviosa? —lo interrumpo—, pues si, lo estoy. Voy en camino a conocer a tu padre que literalmente está a pocos metros de mí. Viviré aquí y estoy a segundos de comenzar una nueva etapa. Por supuesto que estoy nerviosa.
—Tranquila, todo saldrá bien, te lo aseguro. Papá es... Tranquilo y Alex es... Alex.
—¿Alex?
—Oh! Mierda! No te hablé de Álex —en cuánto está a punto de hablar, ya hemos llegado a la casa y dos hombres nos abren las puertas de la camioneta.
—Joven Miller. Su padre lo espera en su oficina, la de la planta de abajo. Señorita... —al final me saluda uno de ellos amablemente.
—Gracias Jordan —Damián contesta.
Él toma mi mano y me guía hacia dentro de la casa, una vivienda enorme y sofisticada, aún más hermosa que la casa de una planta en donde estábamos. Está rodeada de hectáreas de tierra con árboles y césped podado. Jamás había visto una propiedad tan grande, ni siquiera mis padres tenían una así.
Dentro la casa grita lujo, con paredes firmes y pisos de mármol. Relucientes y brillantes. Con techos altos y luces finas, cuadros decorativos más caros que la misma casa y un exquisito olor a lavanda.
—¿Crees que el vestido que elegí está bien? —le susurro.
—Está hermoso, además, no le importa cómo estés vestida, le importa quién eres. Que me ames.
—Y lo hago —contesto.
—Lo sé.
Aún de la mano, ambos atravesamos el pasillo principal que da hacia una puerta doble elegante y sofisticada. Damián toca dos veces y luego abre una de las puertas sin esperar respuesta.
Dentro es otro mundo. Una oficina realmente espaciosa. Con ventanales grandes y luminosos, cuadros decorativos y estantes con licores. Un estante con armas más grandes que yo y al fondo, un hombre maduro, detrás de un escritorio y una laptop. Al vernos, se levanta con una sonrisa.
—¡Hijo! Es un placer tenerte aquí de nuevo —Damián suelta mi mano y se dirige hacia su padre.
—¡Papá! —ambos se dan un abrazo largo y palmaditas en la espalda hasta que se separan y el hombre dirige su vista hacia mí.
—Tú eres Jessica, la chica hermosa, la chica de las fotos bonitas y no te dan factura. Eres más hermosa en persona —puedo sentir el rubor en mis mejillas hasta que le tiendo la mano.
El padre de Damián es un hombre que aparenta sabiduría, pero no por canas o arrugas, sino, por su mera expresión. Es alto como su hijo. Su cabello es castaño, pero un poco más claro, su cuerpo es fuerte pero no está ejercitado como el de su hijo y lo que más te llama la atención al verlo es su sonrisa. Su sonrisa amable.
—Es un placer conocerlo, señor. Soy Jessica Aston —le regalo una sonrisa que él devuelve.
—El placer es mío. David Miller —estrechamos nuestras manos, pero él la toma por más tiempo y me obliga a dirigirme con él hacía un sillón junto al ventanal que por alguna rara razón no había visto—. Es un placer que estés aquí, Jessica y no quiero sonar descortés, pero, al menos dime qué sabes a lo que me dedico.
En cuanto el hombre dice aquello observo a Damián que me mira mientras sirve dos de aquellos tragos.
—Papá…
—Es… complicado, Jessica —David ignora a su hijo—. Comenzarán a buscarte, a intentar que vuelvas, a intentar saber dónde estás y verás fotos tuyas en las noticias. Será difícil, así que no quiero que a eso le tengas que sumar un sentimiento de agonía, desagradable al darte cuenta lo que hacemos aquí.
—Señor Miller yo… solo sé el nombre de su trabajo. No sé lo que hacen, no quiero saber en este momento lo que hacen, pero lo que si le puedo asegurar es que aunque me vea como una niña pequeña, puedo entender las cosas muy fácil como también puedo hacer la vista gorda en caso de que sea muy difícil.
—Ése es el problema, cariño. En este mundo no puedes hacer de la vista gorda —me contesta suavemente mientras toma el trago de la mano de su hijo. Damián se sienta a mí lado—, pero no amargare tu llegada. Es un placer que estés aquí, Jessica. Yo mismo les mostraré la habitación que compartirán o ¿Prefieres una sola?
—No…
—Dormirá conmigo, papá —Damián y yo contestamos al mismo tiempo.
El señor Miller nos lleva hasta las escaleras. Los tres subimos y llegamos a una de varias habitaciones en el pasillo.
—La de allá también es mi oficina. Damián lo sabe, pero tú no. No dudes en caminar un par de pasos y pedirme lo que quieras si allí estoy —le sonrío en respuesta—. Bueno, haré un par de llamadas y en media hora estará el almuerzo listo. Supongo no han comido, ¿Cierto?
—No, papá, gracias. Bajaremos en cuanto nos llamen.
El señor Miller nos regala otra de sus sonrisas y marcha por donde vinimos.
Cuando ya se ha ido, Damián se acerca a mí.
—¿Cómo te pareció todo?
—¿Crees que esa es la pregunta que debes hacerme? —me contesta—, ¿Como te sientes tu? ¿Como lo hice? ¿Crees que todo salió bien? Mi padre te ama —me río ante su evidente nerviosismo. Incluso mucho más que el mío.
—Tu padre es fantástico. No te preocupes.
—Y espero que los demás también te traten tan bien como él.
—Pues… no hemos hablado muy bien de eso de lo demás… —le contesto.
—Todo a su tiempo, bebé —dice luego de besar mi frente.