Damián me envió a casa en la camioneta, pero él se quedó en la enorme casa hermosa terminando lo que empezó aquella mañana en la que esa mujer nos vio. Mientras la camioneta se aleja me quedo observando las luces brillantes de la casa, las paredes firmes y los hombres armados alrededor de ella. Comienzo a imaginarme la forma en la que Damián, mi novio, la persona que duerme a mi lado y me besa en las mañanas, está matándola justo ahora a petición mía. Puede estar ahorcándola con sus propias manos o viendo cómo uno de sus trabajadores lo hace por él, podría estar cargando el arma que le va a disparar a quema ropa, podría estar ahogándola en acido como a aquel hombre, pero nada se compara con la forma en la que se desharán del cuerpo. Probablemente la enterrarán en cualquier pedazo de tierra como si no valiera nada, como si nunca hubiera existido o utilizaran el ácido de nuevo. Hay millones de formas de hacerlo y ellos conocen cada una de ellas.
Lo que me pone a pensar es, lo que provoca que esté comiéndome las uñas en este preciso instante mientras el conductor me mira ligeramente preocupado por el retrovisor, es la sensación de tranquilidad que me da saber que no tengo, que no tenemos que lidiar con esa mujer drogadicta y avara. Es como si una parte de mí me gritara “¿qué carajos te pasa? Están matándola, haz algo” y la otra me dice “al fin, sin problemas, sin cabos sueltos, solo él y tú”
Lo que me tiene realmente nerviosa es la sensación de que justo la primera voz es la lleva la delantera. La que poco a poco está callando a la segunda, la hunde, la asfixia y no deja que hable. No tengo remordimiento por esa mujer y tal vez, no era una buena persona, pero ¿acaso llegaré a tener remordimiento si alguna vez me toca hacerlo a mí misma?
La camioneta se detiene de nuevo en nuestra casa, abren mi puerta y yo entro. Todo está ligeramente en penumbras, solo con la luz de afuera encendiendo mi camino y una que otra lampara por la sala de estar. Estoy por subir las escaleras y llegar hasta mi habitación cuando escucho ruidos provenientes de la que es la oficina del señor David. Parece que alguien está teniendo un poco de acción allá adentro y no sé por qué estoy casi segura de que no es el padre de mi novio. No es la voz de Regina, a menos que…
Cuando me doy cuenta lo que hago ya cuando mis manos están tocando la puerta, que ahora noto, que está entreabierta, lo que hace que ésta se abra casi por completo debido a la fuerza que ejercí. Noto que la mujer de cabello castaños como los míos está sobre alguien en la silla detrás del escritorio. Ella echa la cabeza hacia atrás debido a la excitación, hasta que el hombre asoma la cabeza detrás del cuerpo delgado de la chica, al sentir mi presencia; Me sorprendo al ver a Alex. Me sonríe y le da dos palmadas al trasero de la chica, que se levanta de su regazo, se arregla el vestido bajándolo a su lugar y se retira, pasando por mi lado sin siquiera regalarme una mirada que me muestre su rostro.
—No deberías estar aquí —es lo que digo en cuanto él se acomoda en la silla, después de que la chica ha salido—, y menos haciendo eso. Es la oficina de tu jefe.
—Corrección; socio. Ambos somos socios, lo que quiere decir que ésta también es mi oficina.
—De todas formas, no deberías hacerlo aquí. Si te gustan los lugares extraños, hazlo en el baño de tu cuarto en el suelo de él, pero no aquí —él se ríe mientras se levanta.
—¿Lugares extraños? Lo dices como si fuera totalmente extraño para ti.
—Mi vida s****l no te importa —Alex vuelve a reír.
—Wow, ¡mi vida s****l! —alza las manos dramáticamente—, lo dices como si tuvieras mucha, puedo apostar que Damián te ha cogido dos o tres veces si acaso. Así que no tienes ni idea de lo emocionante, eufórico y jodidamente rico que es coger en un lugar donde puedes ser visto, no en la comodidad y aburrimiento de un cuarto y una cama.
Sus palabras me enojan lo que me enoja aun más. Él es un peón en medio del puto tablero de ajedrez. No le debo explicaciones, pero me molesta que me vea así. Como una chica que no toma riesgos. Como veían a mi hermana y a mí; ella la salvaje y yo la recatada. Bueno, yo soy la que está aquí.
—Ya veo por qué dejaste la puerta abierta. Eres un morboso.
—Tú eres la morbosa, Jessica, eres la que está aquí. ¿Qué tal que hubiera sido tu suegro con la delicia de Regina? —cuando la nombra, se relame los labios como si estuviera hablando de un bocadillo exquisito.
—¿Sabes? No me importa lo que pienses de mí. Le diré a Damián y a su padre lo que vi. Buenas noches
Doy media vuelta para irme, pero su voz me detiene.
—Si que eres ingenua, Jessica.
—¿Qué?
—¿Crees que ellos no saben lo que yo hago? Estoy en su puta casa, saben todo de todos aquí. Pero es en lo único que no pueden refutarme; mi vida s****l —comienza a acercarse a mí—, mientras no coloque una mano sobre Regina y su cuerpo delicioso, y ahora sobre tu rostro hermoso, lleno de pequitas y tu olor, diablos, tu olor Jessica, entonces todo estará perfectamente entre nosotros.
Alex llega hasta mí, acerca su mano derecha a mi cuerpo y comienza a levantar el vestido que llevo puesto. Sus dedos rozan mi piel delicadamente, lo que me hace tragar en seco y respirar más fuerte y veloz, lo que, a su vez, hace que mi corazón lata al igual que él de un corredor.
Sube hasta llegar casi a mis panties, mientras acerca su boca a mi cuello. Me sorprendo cuando hago mi cuello a un lado, dejándolo pasar y cuando abro ligeramente más mis piernas, invitándolo a que entre sus dedos en mí mientras cierro los ojos disfrutando el contacto. Alex deja ligeramente, casi invisible un beso en mi cuello. Luego se aleja de mí abruptamente, haciendo que abra mis ojos realmente sorprendida.
—Te dije que todo estaría bien mientras no te toque —sonríe luego de decirlo.