La noche había caído pesadamente sobre la casa, acompañada de una visita inesperada. Un golpe en la puerta, firme y autoritario, hizo que Nick y yo intercambiáramos una mirada, mezclando aprensión y resignación. El rostro de Nick se transformó, dejando escapar un suspiro cansado, y comprendí que probablemente se trataba de personas no deseadas. Se levantó de nuestra cama, arrastrando los pies para abrir la puerta, y lo seguí por curiosidad. Allí estaban sus padres. Su madre, con el rostro contraído por la ira y la preocupación, su padre mostrando una expresión más contenida, pero con una tensión palpable en sus hombros. Detrás de ellos, su hermano mayor, con la frente fruncida y una postura de desaprobación. —¡Madre! ¡Padre! ¿Qué hacen aquí? — exclamó Nick, su voz teñida de una sorpresa

