La luz de las antorchas iluminaba el pasillo por el cual transitaba, siendo acompañada por sus damas y un par de sirvientas del harem. La piel pálida de la princesa resplandecía suavemente en contraste con ligera claridad, dándole un aspecto como de otro mundo. Algo superior que no debía estar entre mortales.
Muchos empleados la observaban fingiendo un muy mal disimulo. Era de esperarse, entre tantas pieles morenas y bronceadas pocas veces tenían la oportunidad de contemplar una tez blanca, mucho menos una tan pálida como aquella. A simple vista parecía suave y delicada, similar a la porcelana blanca.
Habían oído que una princesa de otro reino había llegado para unirse al harén del su rey y señor. Sentía lástima por la delicada flor primaveral, sumida ahora en un fuego que quemaba con la misma fuerza que las llamas del infierno. Había sido condenada a un destino peor que la muerte si debía ir a los aposentos del rey.
Un dragón devorando a un cordero, eso ocurría nada más caer la noche.
Seraphina Celestria retorcía sus dedos con nerviosismo, el único gesto que rompía la mascara de serenidad que transmitía su semblante. Paso toda la tarde acicalándose en los baños destinados al resto de las concubinas; le habían ofrecido uno para ella sola, pero prefería evitar riñas con las demás mujeres allí.
Veía innecesario buscarse enemigos por algo tan nimio, no cuando ya los tenía por cosas mucho más serias. A pesar de todo, la princesa no dejaba de ser una joven de apenas diecisiete años. ¿Qué podía hacer ella si el rey decidía tomarla? No mucho evidentemente. Aun se debatía si debía luchar o no contra el soberano.
Era una princesa y obedecía los designios de su pueblo. Nunca tuvo ideas románticas sobre un matrimonio por amor o entregarse al hombre que quisiera, ese lujo no existía para nadie de la realiza. Pero creía que no tendría que pasar la vergüenza de darle su virtud a un hombre que la arrastro como mercancía.
La piel le picaba a causa de la cantidad de horas que se la restregaron para que estuviese completamente limpia. Seraphina lleva puesto un vestido blanco de mangas largas, sujetado por una cinta dorada en el centro y con un escote generoso en la parte delantera. Olía a lavanda por los aceites que le colocaron con dedicación.
Lo peor estaba debajo con el camisón transparente que le colocaron, nada quedaba a la imaginación. También llevaba unas sandalias marrones en los pies. Sus damas le peinaron el cabello con dos trenzas en la frene, con el resto suelto.
—No dude en llamarnos si sucede algo, alteza. —inquirió Emily apretándole una mano con delicadeza. Seraphina le sonrió para calmarla, que se tomara el atrevimiento de tocarla quería decir que de verdad estaba bastante preocupada.
Como si el rey permitiera que nos interrumpieran a partir de ahora.
—Estaré bien. —aseguró devolviéndole el gesto. —Solo asegúrate de tener un baño preparado para cuando vuelva y medicamento para el dolor. —dijo en voz baja. Emily asintió a su orden, pero sus ojos la contemplaron con lastima.
Mentiría si dijera que sabía lo que la esperaba esta noche, pero había oído conversaciones entre las mujeres de la corte, muchas de ellas aseguraban que dolía. Seraphina solo esperaba que el rey dragón la maltratara demasiado esa noche. Suspiró y cuadro los hombros. Hizo una seña a los guardias para que abrieran.
Dio un paso hacía adelante, tragando saliva en el proceso. Jamás pensó que estaría en los aposentos del monarca, detalló rápidamente el lugar. Todo era rojo, marrón y dorado, con decenas de decoraciones hechas en oro y tapices de la mejor tela. Una chimenea ardía en el fondo, manteniendo el espacio a buena temperatura.
—Saludos, Estrella de Celestria. —Se giró rápidamente al escuchar la voz que le hablaba. —Confieso que por un instante dude si vendrías. —afirmó el rey de Drakmoria saliendo de las sombras. —Es agradable equivocarse de vez en cuando.
Seraphina jadeo al verlo. Llevaba unos pantalones de dormir y una bata de noche roja con dorado cubriéndole los hombros. Sin embargo, el nudo estaba desecho, dejando ver el pecho bronceado y musculoso que se encontraba debajo.
Cubrió sus ojos con las manos, sintiendo como sus mejillas se sonrojaban.
—Podría tener la decencia de cubrirse. —comentó sin quitar las manos. Una risa grave y masculina lleno la habitación, la piel se le puso de gallina ante ello.
—Igual terminaremos sin ropa. —Pegó un brinco al sentir que le susurraban al oído y por simple instinto aparto las manos de sus ojos. —Esto está mejor.
Ahora estaba contra el pecho de Thorian Drakmoria y tuvo que alzar el mentón para mirarlo directamente. La diferencia de alturas y contexturas entre ambos era realmente notable, prácticamente el rey la cubría por completo con su espalda. Seraphina comenzó a ser consciente de ese detalla y la piel le hormigueo.
A sus ojos debía verse como un cervatillo asustado, que podría romper con un simple apretón. La simple idea envió un látigo de corriente a través de su espalda.
—Estás muy cerca. —señaló con voz ahoga. Thorian sonrió y asintió. —¿Puedes alejarte? Me estás asfixiando. —confesó ladeando la cabeza de un lado.
—¿Cómo puedo negarme? —interrogó dando un par de pasos hacia atrás. —Lo estás pidiendo con esos ojitos aterrorizados. —explicó cruzándose de brazos. Seraphina vio como se relamía los labios, viéndose como un auténtico depredador.
—Déjate de juegos y cumplamos lo que vinimos a hacer. —sentenció.
Repentinamente el marrón en los ojos del monarca se oscureció adoptando un tono turbio que la hizo temblar de pies a cabeza. ¿Había dicho algo que lo enojará? Estaba segura de que no, así que la reacción de Thorian era irracional.
Antes de darse cuenta, Thorian había venido hacía ella, tomándola por la cintura. El movimiento provoco que las rodillas se le aflojaran y de no estar el castaño sosteniéndola, hubiese caído al piso. El corazón comenzó a latirle desbocado y su pulso se aceleró. Thorian esbozó una sonrisa, viéndose complacido.
—¿Has estado con algún hombre antes? —preguntó escondiendo el rostro en su cabello, olfateándolo. Las mejillas de Seraphina adoptaron un color rojizo.
—¿Quién se cree que es para preguntar tal cosa? —exclamó apartándolo de un empujón. La sonrisa de Thorian se amplió, revelando unos colmillos afilados.
—Tomaré tu reacción como un no. —La detalló como si fuese una presa.
—¡Y qué si ya hubiese estado con uno! —gritó sintiéndose avergonzada.
—No debiste decir tal cosa, princesa. —pronunció dejando ver completamente los dientes afilados. —Deberías ser más prudente en lo que dices.
Nuevamente los ojos de aquel hombre se oscurecieron. Podía desconocer muchos aspectos del lecho conyugal entre un hombre y una mujer, pero no era tan inocente como para saber que tal gesto no auguraba nada bueno. Dio varios pasos hacia atrás de manera instintiva, deteniéndose cuando toco la puerta en su espalda.
Thorian vino inmediatamente quedando sobre ella, ocasionando que nuevamente el rostro de Seraphina le quedará viendo directamente al pecho. Tragó saliva y alzó el mentón, nerviosa. El monarca sudaba y la palma de su mano lo sostenía en la puerta, las venas se marcaban a través de los músculos flexionados.
—Jamás corras frente a mí. —ordenó entre dientes. Parecía estarse conteniendo. —El dragón dentro de mí te verá como una presa y querré perseguirte, ¿entendido? —preguntó mirándola con una rabia mal disimulada.
—De acuerdo. —susurró en voz baja. Thorian asintió apartándose de ella.
—No tengo ninguna intensión de robar tu virtud. —confesó sorprendiéndola. —Me gusta desear a mis parejas y que me deseen a mí. —expresó apartándose varios mechones de cabello del rostro. —Pero no pondré mi reputación en riesgo, así que debes quedarte toda la noche. —Seraphina frunció el ceño con desagrado.
—¿Compartiremos cama? —indagó mirándolo horrorizada. —Yo no creo…
Thorian sonrió secamente, internamente el ego del rey estaba herido por aquel cuestionamiento. Ninguna mujer lo había rechazado jamás y a pesar de que no deseaba íntimamente a la doncella frente a él… Era un poco molesto que ella no lo considerará como hombre, a su dragón tampoco parecía gustarle del todo. Negó con la cabeza y fue a sentarse en el sofá que estaba en medio de la habitación.
—Yo dormiré aquí y tu en la cama, soy un caballero, después de todo. —señaló de manera irónica. —¿Ya cenaste? —indagó observándola de arriba abajo.
—No. —respondió confundida. —Vine directamente y no tuve tiempo.
Thorian chasqueó la lengua, reflejando su descontento con la respuesta.
—Eres demasiado delgada, tus brazos son como varas. —dijo poniéndose de pie y yendo directamente a la mesa frente la chimenea. —Los sirvientes trajeron varias cosas para picar, acércate. —ordenó con un tono más suave que antes.
Extrañada, Seraphina obedeció y tomó asiento en un cojín rojo con bordados de color bronce. Hacía mucho más calor que en el resto de la alcoba. Las bandejas tenían varios platillos con comida salada y dulce: Galletas, trufas de chocolates, verduras cortadas en cuadritos, trozos de quesos y varios tipos de panes rellenos.