Capítulo 11

1182 Words
Ella negó con una mano, restándole importancia y fingiendo modestia. —Debería ser yo quien agradezca por honrarme con tal invitación. —declaró tomando unos de los dulces que se encontraban en la mesa. Estaba muy delicioso. —Es muy rico, ¿verdad? —preguntó la reina interpretando su reacción. —Come todos los que quieras y sí deseas más puedo ordenar que lleven a tu cuarto. —Es usted muy amable, le tomaré la palabra. —afirmó degustando el dulce. Seraphina observó a las demás concubinas, lucían algo suspicaces con ella. —Permítanme presentarlas. —anunció la reina. —Amara, Safiye y Miriam. —pronunció señalándolas en ese orden. Seraphina se fijó que eran: pelirroja, castaña y pelinegra. También que todas eran muy guapas. —La princesa Seraphina. Las cuatro se saludaron con asentimientos de cabeza, no podían hacer más. Se apreciaba que los gustos del rey Thorian eran bastante variados, ninguna de las presentes compartía el mismo color de pelo, ojos, ni siquiera el matiz de la piel. Aunque por supuesto, Seraphina siendo tan albina resaltaba entre todas. Si a ellas las consideraban las favoritas, debía ser que pasaba estas pasaban mucho más tiempo en su alcoba real y que indudablemente lo complacían. Una de las sirvientas que estaba en la puerta se le acercó a la reina, entregándole un papel y susurrándole algo al oído. Esta se levantó de inmediato. —Mis disculpas señoritas, pero situaciones de fuerza mayor me obligan a abandonarlas. —dijo la reina y sin esperar una respuesta de ellas, se marchó. De inmediato Seraphina apreció como el semblante de las tres concubinas cambiaba sin la presencia de su reina, incluso aparecieron muecas de desagrado. Decir que estaba sorprendida era lo de menos, jamás había visto a nadie actuar así. —Que bueno se marchó, no podría soportarla ni un momento más. —afirmó. —¿Sucede algo? —preguntó honestamente confundida por sus palabras. La mujer castaña ¿Amara? Observó a Seraphina de arriba abajo, detallándola. —Cierto que eres nueva, hay muchas cosas que aún no sabes. —expresó con cierta superioridad y burla. Los labios de Seraphina se enderezaron en una línea. —Déjala en paz Amara, vas a asustarla. —inquirió Safiye con reproche. —Como si ninguna de nosotras no hubiésemos estado en su lugar antes. —declaró dándole un golpe juguetón en el hombro. La otra chica simplemente rodó los ojos. —No te preocupes por esas dos, siempre son iguales. —exclamó la última concubina pelinegra. —Mi nombre es Miriam, la insoportable es Amara y quien te defendió es Safiye. Es la mayor, pero no se lo digas. —susurró en su oído riendo. —¿A qué se refería con lo que dijo? —preguntó, esperaba no ser indiscreta. Miriam se mordió el labio inferior y ladeo la cabeza de un lado al otro. —Es solo que Alicia no es muy popular entre las demás concubinas. —admitió cuidadosamente, como si estuviese sopesando que decir. —Sé da demasiados aires de grandeza para su puesto. —Seraphina pensó: Bueno, representa que es la reina. —Su Majestad no me ha parecido ese tipo de reina. —dijo dándole un sorbo a su taza de té. Tal parece que sus palabras llamaron la atención de las otras. —¿Alicia? ¿Reina? —Una carcajada brotó de Alicia. —Y yo una emperatriz. Seraphina dejó la taza a medio camino de su boca y frunció el ceño, extrañada. —Ignórala. —pidió Miriam. —Quiere decir que Alicia es una concubina. —¿Cómo dice? —preguntó con los labios abiertos en forma de “O”. —Lo que oye, solo porque el rey la llama más que a las demás a sus aposentos ya piensa que es la dueña y señora, pero solo es una concubina más. —explicó. Seraphina parpadeo varias veces. Eso si que era algo que no se esperaba. —¿Por qué el rey le permite utilizar el título de reina? —Era una falta de respeto enorme tanto para él, como para la familia real y en también podría acarrearle problemas con su futura esposa. —¿Qué sucede? —dijo confundida. Todo el salón había quedado en completo en silencio, además de que las concubinas habían dejado de discutir y ahora se observaban entre ellas alarmadas. ¿Acaso comentó algo que no debía? No vio nada fuera de lugar en su interrogante. —Verá, alteza… —Safiye hizo una pausa. —Su majestad el rey Thorian no lo sabe, solo su madre se encarga del harem y ella aprecia a Alicia. —expresó con una mueca. —Todos los sirvientes y esclavos tienen ordenes precisas de tratarla así. Tal parecía que en aquel reino todo el mundo hacía lo que le daba la gana. Toda una anarquía jerárquica, en Celestria su madre no permitiría que nada de esto ocurriera. Y mucho menos su padre, quien por sobre todas las cosas respetaba el sagrado lugar de la mujer que lo acompañaba en el trono. Nadie podía ocuparlo. A pesar de tener concubinas, solo una le había dado un heredero y ni siquiera ella podía pasar por encima de la autoridad que tenía la reina Elowen. Seraphina solía escuchar decir a los sirvientes que Aveline calentaba su cama, pero en los momentos de crisis el rey acudía a la reina en busca de su sabiduría y consejo. Por ello le parecía tan extraña y fuera de lugar esa situación, casi anormal. —Al ver su reacción, puedo decir que de dónde viene las cosas no funcionan de esa manera. —inquirió Miriam, ella asintió. —Aquí para ser reina tienes que haberle dado un heredero al rey primero. —explicó encogiéndose de hombros. “Al menos hasta ahora”. Había sido una buena idea establecer esa condición en el contrato, por su puesto que tendría enemigas, pero al menos ninguna podría convertirse en reina. Su ascensión al trono de Drakmoria quedaba asegurada. Aunque claro, Thorian había aprovechado su desconocimiento de la cultura drakmoriana para tenderle una trampa. Ambos se lanzaron un anzuelo y esperaron que el otro lo pescara. Debido a que solamente su hijo sería considerado heredero, no importaba que las demás concubinas dieran a luz, ninguna sería reina legitima. Seraphina esbozó una sonrisa siniestra. De momento habían mostrado partes de sus cartas, debido a que la “reina” Alicia conocía sus planes, haría cualquier cosa para evitar que Seraphina visitará los aposentos del rey. Eso le daría tiempo… El sonido de la puerta abrirse la sacó de sus cavilaciones. Las concubinas, que habían estado mirándola con atención, también voltearon al percibirlo. —Alteza, señoritas. —saludó un sirviente entrando al salón. —Perdonen mi intromisión, pero tengo algo importante que informarlos. Las cuatro asintieron. —El rey Thorian solicita su presencia en sus aposentos esta misma noche. Lo único que se escuchó fue el ruido de la taza de té, que antes estaba entre las manos de Seraphina, romperse en mil pedazos contra el piso.
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