Tocaron la puerta mientras aún se preparaba, así que Emily fue a abrirla dejando a Seraphina con la anterior tarea. Lo más probable es que sus padres recibieran la carta y en algunos días el contrato entre ambos reinos estuviese listo.
A partir de ahora ya no sería conocida como La princesa Seraphina, sino como la concubina del rey Thorian. Despojada de su nombre, titulo y raíces… ¿Existiría algo más humillante que eso? Ni siquiera tenía la oportunidad de llorar adecuadamente.
—Alteza. —Seraphina giró al escuchar a la voz desconocida que la llamaba. —Saludos a la Estrella de Celestria. —saludó haciendo una reverencia. Vaya al menos alguien conoce la etiqueta apropiada; pensó con cierto sarcasmo.
—Puedes ponerte de pie. —ordenó dándose la vuelta para continuar mirándose en el espejo. —¿A qué debo esta visita tan sorpresiva? —interrogó.
La joven tuvo la decencia de lucir un poco avergonzada, le agradó de inmediato y eso que no existían muchas personas de las que pudiese decir aquello.
—Lamento importunarla tan temprano. —se disculpó agachando la cabeza. Seraphina volvió su atención a ella y sonrió complacida. Con cuidado se levantó.
—No hay nada por lo que pedir perdón. —aseguró agachándose para quedar a la misma altura de la chica y ubicando un dedo debajo de su mentón, alzándolo. —Debe ser por algo importante, ¿no? —cuestionó dándole una sonrisa animada.
Ahora que la veía mucho más de cerca se sorprendió por lo realmente joven que era, no pasaba de los quince años, así que prácticamente era una niña. También hubo algo más que capto su interés, no se asemejaba físicamente a las personas que había conocido hasta ahora. Poseía una piel pálida algo reseca y cabello rubio.
—¿De dónde eres? —preguntó admirando sus ojos azules como el cielo.
Las mejillas le adoptaron un color rojizo, dándole un poco más de vida al rostro.
—Provengo de un pueblo cercano a la capital de Lysandria, alteza. —contesto.
Seraphina mantuvo el silencio luego de dicha respuesta, así que de Lysandria, ¿eh? Se preguntaba qué estaría planeando el rey Thorian con todo eso. Dudaba mucho que fuese para ganarse su simpatía o hacerla sentir mucho más cómoda.
Tenía muchas ganas de interrogarla, pero no sabía si aquello sería prudente.
—Su majestad me envió como su sirvienta. —explicó antes de que ella tuviese tiempo de preguntarle. —Pensó que por mi apariencia le resultaría menos extraña.
Vale, eso sí que era rarísimo, ¿acaso deseaba ganarse su confianza? Pues iba por un camino completamente equivocado. Seraphina suspiró y se enderezó.
—Ya tengo muchas sirvientas, ve con su majestad y dile que muchas gracias por su hospitalidad, pero por ahora no necesito más. —ordenó mirando por el rabillo del ojo a Emily que asintió disimuladamente.
Una expresión de terror cubrió los ojos de la pequeña, que comenzó a temblar.
—A-alteza, n-no…—Estaba tartamudeando, así que cerró la boca en un intentó por recuperarse. —N-no, n-no puedo volver de esta manera, van a castigarme. —inquirió a modo de ruego. —Se lo ruego, no me mande de vuelta.
Seraphina se llevó el dedo índice a los labios en un gesto pensativo.
—Bueno, supongo que puedes quedarte. —La mirada de la niña se iluminó. —Con una condición. —agregó tomando asiento en un sofá. Esta asintió repetidas veces. —De ahora en adelante serás completamente leal a mí, lo quiere decir que nada de lo que veas o escuches en esta alcoba deberá salir de aquí, ¿entendido?
—Por supuesto, alteza, no tendrá quejas de mí. —afirmó arrodillándose frente a ella. —Muchas gracias, es usted realmente generosa. —expresó secándose las lagrimas que cursaban su rostro, Seraphina no sabía en qué momento las derramó. —Lo había olvidado, mi nombre es Larissa. —pronunció con las mejillas sonrojadas.
—Eso espero Larissa, bienvenida a mis damas. —dijo estirando su mano para acariciarle el cabello rubio. —Ahora, ¿el rey te entregó algún mensaje para mí?
Larissa asintió como si de repente lo recordara, Seraphina le permitió hablar.
—Su majestad me envió a decirle que desea acompañe al resto de las concubinas a desayunar en el ala norte. —informó poniéndose de pie con cuidado.
Seraphina esbozó una mueca de desagrado. Inocentemente había creído que al menos pasaría el primer mes sin encontrárselas, pero al parecer no sería así.
—¿Seremos muchas las invitadas? —preguntó fingiendo inocencia.
Larissa negó luciendo más animada y aliviada. Dos reacciones interesantes.
—Sólo serán cinco, las favoritas, su majestad la reina y usted. —Seraphina asintió pensó que serían muchas más. —El resto de las chicas se mantendrán en el harem pues no tienen permitido reunirse con usted. —explicó detenidamente.
No le sorprendía esa regla, ya la vivió en Celestria donde tampoco tenía permitido acercarse al castillo de las concubinas y viceversa. Al menos serían menos personas a las que soportar, además, tenía algo de curiosidad por conocerlas.
—Muchas gracias, Larissa; puedes retirarte, te llamaré cuando sea necesario. —La jovencita se marchó sonriente por haber sido de alguna utilidad.
A Seraphina le dolía el corazón por haberla asustado anteriormente, pero en su situación no podría darse el lujo de tener espías entre la gente que confiaba. Esto era comer o ser comido. Durante la casería ella sería el depredador, no la presa.
—Organicen un espacio para Larissa en la habitación de ustedes y asegúrate de mantenerla vigilada en todo momento. —le ordenó a Emily. Pensó que debía agregar algo más. —También está pendiente de que coma y reciba educación.
Todas las mujeres que le servían sabían al menos escribir, leer y sacar cuentas. No tendría una ignorante en su círculo, le daba nauseas de solo pensarlo.
—Sus ordenes serán cumplidas al pie de la letra, alteza. —respondió con una reverencia. —¿Piensa ir al desayuno? —preguntó sabiendo de su desagrado.
—“Siéntate pacientemente junto al río y verás pasar el cadáver de tu enemigo flotando”. —recitó con una sonrisa traviesa bailando en la comisura de sus labios.
Aquel proverbio era famoso entre los eruditos de su tierra y Seraphina no creía que hubiese mejor momento que este para ponerlo en práctica. La paciencia era una virtud que desgraciadamente no poseía del todo, pero la cultivaría ahora.
Después de unos minutos para terminar de prepararse, Seraphina subía las escaleras con su sequito en dirección al harem del rey. Sentía curiosidad por conocer el espacio donde las concubinas convivían normalmente, en su mente lo imaginaba como un lugar lascivo y desagradable. Esperaba equivocarse.
Las sirvientas que estaban en la puerta le hicieron una reverencia y abrieron.
Nada más entrar Seraphina se sintió completamente fuera de lugar, principalmente porque sus ropas eran completamente diferentes al del resto.
—Majestad. —saludó a la reina quien estaba en el centro del espacio.
—¡Princesa Seraphina! —inquirió sonriente. —Gracias por complacernos con su presencia esta mañana. —admitió señalándole con una mano donde sentar.