—Del mismo modo en que el rey está dispuesto a comenzarla si no me vuelvo su concubina. —expresó con una sonrisa cortesana. —Aquí solamente vale la palabra de los que ostenten el poder, no somos más que peones. —inquirió.
—En definitiva, somos peones. —aceptó la reina. —Por ello tenemos el poder de adaptarnos y transformarnos, convertirnos en cualquier otra pieza. —exclamó.
—Las piezas ya están en el tablero, ahora veamos cual será el siguiente movimiento. —dijo Seraphina. —No pienso permitir que mi hijo sea un bastardo sin derecho a nada. —dijo entre dientes. —Tampoco que me humillen como a cualquier.
—En su reino tampoco tendría derecho a nada. —le recordó la reina Alicent.
—Pero al menos no serpia intercambiada como ganado en una transacción.
La tensión podría sentirse en el ambiente, era tan densa que podrían cortarla con un cuchillo. Hacía tanto silencio que por un momento temió que sus damas no estuviesen respirando, sabía lo que le esperaba con la reina, lo que no esperaba es que fuese realmente de armas tomar. Seraphina la respetaba por su inteligencia.
—Supongo que ya debería retirarme, ha sido un día ajetreado y me gustaría poder dormir adecuadamente. —inquirió poniéndose de pie sin esperar respuesta.
—Ha sido un placer conversar con usted, alteza. Ya nos volveremos a ver.
—Cuento con ello. —afirmó Seraphina antes de darse la vuelta y marcharse.
Había salido viva de una batalla, pero la guerra apenas empezaba y debía cuidar su espalda a como diese lugar, no sea que le clavaran un cuchillo justo allí.
Paso el resto del día encerrada en sus aposentos, no estaba obligada a mantenerse allí, pero por su propia estabilidad mental lo prefería de esta manera. El único problema es que sus damas también se quedaban con ella y empezaban a impacientarse, por consiguiente, la ponían extremadamente de los nervios.
—Vayan a descansar, por ahora no las necesito. —pidió tratando de no sonar tan despectiva, no lo consiguió. —Las llamare si algo sucede. —Se apresuró a decir con la intensión de excusarse. —Seguramente necesitan dormir también. —sonrió.
Las tres mujeres que la acompañaban hicieron una reverencia y se marcharon.
En cuanto escuchó la puerta cerrarse dejó salir el aire que estaba conteniendo y cerró los ojos. Sus damas se quedaban en una habitación justo a lado de la suya, ambas conectaban por una puerta, así que estarían allí con un solo llamado de ella.
Intentó dormir durante unos minutos, sin embargo, estaba asfixiada y se levantó de la cama, caminando de un lado al otro haciendo un intento por relajarse.
—Un hijo… Solamente a mí se me ocurre algo de esa magnitud. —susurró.
Tenía menos de veinticuatro horas en Drakmoria y ya había recibido una amenaza indirecta de la reina. Estaba preocupada por sí misma y sentía lastima por la otra mujer, a pesar de todo, entendía un poco su forma de actuar ahora mismo.
“Trata de averiguar todo lo que puedas mientras estás en ese lugar”.
Gracias por tu gran consejo, mamá. Pensó con cierta cantidad de sarcasmo.
¿Cómo pensaba la mujer que le dio la vida que lograría tal cosa? Peor aún, ¿Cómo iba a lograr hacerlo y salir viva en el proceso? El rey de Drakmoria no estaría muy feliz de saber que tener a alguien fisgoneando sobre las cosas de su reino.
Aunque claro, ellos le iban a declarar, este sería el menor de los problemas.
Dejó que su mente vagara por esta línea de pensamientos durante un buen rato. Volvió a la realidad cuando escuchó que tocaban la puerta, ni siquiera preguntó de quién se trataba, solamente abrió de inmediato. Seraphina chocó contra algo.
—¿Piensas quedarte allí el resto del día? —preguntó una voz conocida.
Seraphina alzó el mentón, encontrándose con la dura mirada que le lanzaba el rey Thorian. La princesa tragó saliva y dio unos cuantos pasos hacia atrás para mantener una distancia que le permitiera respirar correctamente. Lo miró tranquila.
—Mis disculpas, majestad. No fue mi intensión golpearlo de esa forma. —dijo apresurando a pedir perdón y hacer una rápida reverencia. La cortesía, ante todo.
—¿Y de otra forma si lo harías? —Quizás fuese su imaginación, pero le parecía ver cierto brillo de burla en sus ojos dorados, ¿acaso se estaba burlando?
—No comprendo a qué te refieres. —Seraphina se llevó una mano a la boca al notar que lo había tuteado. —Me disculpo nuevamente, no fue mi intensión.
—¿Podría dejar de disculparse? Estoy empezando a creer que es lo único que sabes decir, ¿acaso es un loro? —No existía ningún tono de broma en sus palabras, incluso podía decir que eran muchos más duras que al principio.
Seraphina decidió mantener absoluto silencio, no sabía qué más decir. Thorian sacudió la cabeza y suspiró con fastidio, él pensaba que debía lidiar con una niña.
—Vine aquí para darle una respuesta a su alteza sobre la propuesta que hizo.
Su corazón dio un vuelco al escucharlo, esta decisión marcaria todo el futuro.
—Tenga en cuanto algo de responder, majestad. —dijo interrumpiéndolo. Thorian levantó una ceja, pero hizo una seña para que continuara hablando. —Si su respuesta es negativa, debe detener la declaración de guerra. —afirmó seria.
—¿Y hasta ahora le pareció buena idea mencionarlo? —cuestionó Thorian.
Seraphina esbozó una pequeña sonrisa socarrona, podría decirse que sí.
—Lo mejor se deja para el final, no hay presiones, créame. —admitió.
Thorian la miró con los ojos entrecerrados, como si precisamente eso es lo que no pudiese hacer. El silencio los abordó durante unos minutos, hasta que habló.
—Igual eso no cambia la decisión que he tomado… —Hizo una pausa antes de continuar. —Aceptó sus condiciones, el heredero será el hijo que tenga contigo.
Seraphina sintió como las lágrimas se aglomeraban en sus ojos, apartó la mirada al escuchar que sus planes era completamente destruidos con unas cuantas palabras. Respiró varias veces para calmarse, luego volvió a enderezarse de nuevo.
—Cualquiera diría que no es la respuesta que le hubiese gustado escuchar. —Una sonrisa lobuna se extendió en los labios del rey. Sintió ganas de golpearlo.
—Para nada. —“Ya me había mentalizado, pero sigue doliendo”. —Cualquiera de las dos opciones era completamente validas. —aceptó cruzando los brazos.
—Muy bien, dejando claro eso… Debo decirle que este seguirá siendo su espacio, lamentablemente tienes que convivir de vez en cuando con el resto de las concubinas y la reina. —Seraphina frunció el ceño. —Es una tradición dispuesta por reinas antiguas, es para mantener la paz entre todos. —señaló seriamente el rey.
—¿Es absolutamente necesario? —Su voz salió aniñada, también caprichosa.
Pudo ver algo de comprensión en la mirada de Thorian, pero ese rastro se borró de inmediato. Asintió ante la pregunta que Seraphina la formulaba.
—Sí, las concubinas están otro palacio, en este solamente nos encontramos: La reina, tú y yo. —explicó detenidamente. Internamente Thorian pensaba porqué le estaba dando explicaciones tan detenidamente. —Eso sería todo, hasta luego.
Seraphina realizó una última reverencia y él la reconoció con un movimiento de cabeza, después se marchó. Lo observó hasta que desapareció en una esquina del pasillo antes de entrar nuevamente a su alcoba, la cual sería su hogar definitivo de ahora en adelante. Descansó la cabeza contra la puerta durante unos segundos.
Sacudiéndose la rabia que sentía fue directamente al escritorio. Debía escribirle una carta inmediatamente a sus padres detallándole los últimos sucesos. Si quería enviarla mañana por la mañana debe ponerse a trabajar en este instante.
“Saludos a la luna de Celestria, su majestad la reina Elowen.
Querida madre…” Así comenzó la extensa carta que le tomó toda la noche escribir. Le costó encontrar las palabras para poder explicarlo correctamente.
Cuando por fin pudo descansar, los rayos del sol ya estaban saliendo.
—Alteza. —Una voz la llamaba, aunque Seraphina la ignoró, acomodándose mejor en el lugar donde dormía. —Alteza, se le va a hacer tarde si no despierta. —continuaron diciéndole. El suave tacto de una mano se deslizó por su cabello plata.
—Solo un rato más, tengo mucho sueño. —Berreó nuevamente. El sonido de unas risas detrás la hizo abrir los ojos. —¿Qué sucede? —preguntó con reproche.
—Lamentó despertarla, alteza. —dijo la dama de cabellos rubios, Emily.
Había estado con Seraphina desde que esta tenía doce años, por lo que la consideraba especialmente cercana. Cuando llegó contaba con tan solo quince años, pero ahora ya era toda una jovencita de veinte. La apreciaba bastante.
—Anoche se quedó dormida escribiendo y no hubo manera de despertarla. —explicó haciendo una reverencia protocolar. La princesa parpadeó varias veces.
Seraphina estiró los brazos hacía arriba para desperezarse y miró abajo.
—La carta… —recordó al no verla por ninguna parte. —Escribí algo para…
—Tranquila, la he enviado esta mañana con el resto de la correspondencia.
Eso la relajó bastante y le regaló una sonrisa a Emily. Seraphina comenzó a organizar rápidamente su escritorio, las damas sabían que le gustaba hacerlo ella misma, así que no intervenían. Tenía las manos pintadas de n***o por la tinta.
—Parece que necesito lavarme con urgencia. —inquirió riendo. Emily asintió.
—Y eso que aún no se ha visto el rostro, tiene tinta en todas partes. —afirmó.
Seraphina llevó una mano a su mejilla y soltó una carcajada al sentir la textura.
—Por lo que veo, mi torpeza no es algo que pueda cambiar a gusto. —dijo.
Las damas rieron, divertidas por la broma y procedieron a ayudarle de inmediato. El estómago de Seraphina rugió con hambre, y dos de ellas se marcharon a buscarle algo para desayunar. Solamente quedaron Emily y Seraphina, esta última le limpiaba el rostro a la princesa con un paño húmedo.