El viaje fue estresante y tumultuoso, lo peor de todo fue el traslado por agua. Seraphina descubrió que se mareaba demasiado en un bote, ni siquiera podía estar más de unos minutos en la cubierta sin que las náuseas la golpearan, así que paso la mayoría del tiempo encerrada en su lujoso camarote solamente para ella.
Por suerte le habían permitido traer algunas damas de compañía que se encargaban de mantenerla estable, lamentablemente ninguna era su nana. Agradecía a la diosa que pronto llegarían a las costas de Drakmoria, extrañaba dormir correctamente después te tener que estar casi una semana en el mar.
Observaba como caía una gota por la hendija de madera que había en su camarote, cuando tocaron la puerta. Seraphina se puso de pie inmediatamente.
—Adelante. —anunció cubriéndose con un chal color marrón.
¿Quién diría que las noches podían ser tan frías?
Uno de los miembros de la tripulación entró y le hizo una reverencia.
—Alteza estamos cerca de la costa, Lord Emrys me ha pedido que le pregunte si quiere salir a echar un vistazo. —explicó manteniendo la cabeza hacía abajo.
Lord Emrys era el nombre del emisario que habían enviado a Celestria y quien, a falta de una mejor palabra, la escoltaba a Eclipsa. Seraphina suspiró y asintió.
—Sería un placer para mí. —respondió cordialmente. —Espéreme a fuera.
El hombre le regalo nuevamente una reverencia y se retiró con cuidado.
Seraphina llevó ambas manos a su cabeza. Bueno, lo mejor sería ver de primera mano la cárcel en que la tendrían. Acomodo nuevamente el chal para protegerse de la brisa marina y salió de la habitación, siendo guiada por el hombre hasta la superficie del barco. Su acompañante le ofreció una mano en las escaleras.
—Permítame ayudarla. —Seraphina aceptó la mano y subió con cuidado.
La ventolina cálida golpeo suavemente sus mejillas haciéndole cosquillas.
Atrás quedó el clima helado del viaje, había oído que en Drakmoria los veranos solían ser bastante imponentes y al parecer aquello era cierto. Sus damas vinieron inmediatamente hacía ella, por lo que su acompañante se retiró, dejándola en sus competentes manos. El sol ardía en su cabeza exponiéndose como un dios.
—Tiene que verlo majestad, nunca habíamos contemplado algo similar. —expresó con emoción una de sus damas, el resto las secundo dando asentimientos.
Seraphina se dejó guiar en medio del resto de los hombres de la tripulación, quienes simplemente las ignoraban. Vio que Lord Emrys se encontraba en la proa del barco, estaba completamente ido en lo que sea que sus ojos contemplaran.
A la princesa todavía le sorprendía lo joven que era, debía estar en sus veinte años, tal vez veinticinco. Se preguntó si el rey Thorian sería tan joven, esperaba que sí. Volviendo a Lord Emrys, Seraphina apreció la apariencia del hombre; poseía un cabello castaño como el cacao que le caía en liso a los lados del cuello.
La piel era bronceada como la de casi todos los Drakmorianos y ojos verdes oscuros. Una barba poco poblada le cubría el rostro, dándole un aspecto serio; también era alto y con brazos musculosos, seguramente entrenaba mucho tiempo.
—Lord Emrys. —pronunció anunciándole su presencia al drakmoriano.
El mencionado se dio la vuelta y su semblante adoptó una seria apariencia.
—Su alteza real. —inquirió reverenciándola. —Qué bueno pudo acompañarme. —dijo ofreciéndole su brazo, Seraphina lo cogió con gusto.
—Aunque no lo crea, también tengo curiosidad por conocer su tierra, Lord Emrys. —admitió mientras caminaban hasta la proa de nuevo. —He oído que es realmente hermosa. —Esa era una mentira con letras. Que la diosa la perdonara.
La verdad es que jamás había sentido ni un poco de curiosidad como para preguntar por Drakmoria, lo poco que conocía provenía de libros sobre la historia de Eldoriam o por chismes que contaba la servidumbre del palacio de Cristal.
—Lo es y con todo respeto, creo que no hay reino más hermoso en Eldoriam.
Seraphina asintió y los dos se quedaron en silencio mirando el basto océano.
—¿Estamos cerca de Drakmoria? —preguntó Seraphina. Lord Emrys asintió.
—Pronto podrá ver el puerto del reino. —explicó guiándola hasta el barandal. —Desde aquí tendrá una perfecta vista. —afirmó ubicándose justo a su lado.
Seraphina estaba asustada y un poco nerviosa, pero su corazón dio un vuelco al escuchar tales palabras. La vena curiosa que nunca la abandonaba se sentía emocionada por conocer un territorio del que solo había oído hablar, ¿tendría la oportunidad de poder volverlo su hogar? Era una idea inocente, pero igual de valida.
—Alteza, mire, justo allí. —exclamó Lord Emrys alzando el brazo que le quedaba libre para señalarle. Seraphina siguió con sus ojos el punto que indicaba, sintió que el aire se escaba de sus pulmones. —Sí, esa la reacción usual. —dijo.
La princesa no podía creer lo que sus ojos contemplaban, por un instante pensó que aún continuaba dormida en su camarote y que aquella imagen no era más que el producto de una desbordada imaginación, sumando al estrés del viaje.
El reino que se alzaba frente a ella solo existía en las fantasías de los viajeros.
Un imperio de fantasía que se asemeja a las majestuosa ciudades de antaño, pero con un toque oscuro en forma de un castillo de obsidiana que se alza imponente sobre las aguas cristalinas del mar. Tal reino se encontraba enclavado en la península rodeada por un océano profundo y misterioso.
La ciudad en sí está construida con intrincadas murallas de piedra que junto a fortificaciones con un estilo gótico y arquitectura medieval. Desde allí Seraphina no podía contemplar las calles, pero si los edificios de colores vibrantes.
En lo más alto del reino estaba el castillo de obsidiana, una estructura imponente que se yergue como un coloso n***o en medio de la península.
Sus torres y murallas están hechas de obsidiana, una piedra preciosa de color n***o profundo que brilla con misterio y poder. Las torres puntiagudas del castillo se alzaban hacia el cielo, casi como si se mezclaran con este.
Pero lo que más le sorprendió fueron las criaturas que volaban alrededor del castillo, cual centinelas guardianes. Sus alas se extendían inmensas y las escamas que formaban su piel eran de vistosos colores que contrastaban a la luz del sol.
—Magnifico. —susurró para sí misma. Le costaba asimilar aquello.
Eclipsa no tenía el encanto de Celestria, mucho menos el aura etérea que rodeaba al reino y a todos sus pobladores. Aquí parecía haber algo mucho más antiguo y pesado. Su don le cosquilleo en la punta de los dedos, clamando para ser usado, tuvo que hacer un enorme esfuerzo y mantener la compostura.
—¡En pocos minutos estaremos allí, mi lord! —gritó el capitán desde lo alto.
El barco continuo hasta llegar al puerto en donde atraco, debido al repentino movimiento Seraphina tuvo que sostenerse de la baranda para evitar caerse. La tripulación comenzó a dispersarse por la cubierta, descendieron el ancla y arriaron las velas. No tardaron mucho tiempo en estar preparado para bajar a tierra firme.
—Le pido disculpas alteza, debo proceder primer. Hay que verificar que todo esté listo para recibirla. —Lord Emrys hizo una última reverencia antes de marchar.
Seraphina fue directamente con sus damas para arreglarse. Lavo rápidamente su rostro y limpio con una tela húmeda las partes visibles de su cuerpo. El clima era lo suficientemente agradable como para no tener que usar ropa abrigada, así que dejo el chal a un lado y cambio su vestido por uno mucho más ligero y fresco.
—¿Recogieron cada una nuestras pertenencias? —preguntó a la mujer que le trenzaba el cabello. —Si algo se queda aquí no podremos recuperarlo pronto. —le recordó observando como unía ambas clinejas a cada lado de su nuca en un moño.
—Todo se realizó tal como usted lo dispuso. —declaró colocándole una pinza.
—Muy bien. —Seraphina compuso una expresión más amable al notar los rastros de cansancio en aquel rostro. —Tranquila, pronto estaremos en nuestras alcobas comiendo algo delicioso. —dijo apretándole la mano para reconfortarla.
La joven sirvienta le sonrió con cariño y una vez la dejó lista, se marchó.
Seraphina observó por última vez su reflejo en el espejo, era hora de que le hiciera frente a su destino, tanto si lo deseaba como si no. Con delicadeza se puso de pie, saliendo a reunirse con el resto de sus acompañantes que ya estaban bajando los baúles que traían. Lord Emrys apareció frente a ella y le ofreció el brazo.
—Un carruaje nos espera a fuera, alteza. Tiene ordenes de llevarnos directamente al palacio de Eclipsa. —expresó guiándola por las escaleras del barco.
—Tengo una pregunta para usted, Lord Emrys. —inquirió descendiendo con suavidad. La bajada era demasiado empinada. —¿Cómo es su Majestad el rey Thorian? —interrogó con curiosidad. Necesitaba saber a qué se enfrentaba.
Su acompañante no contesto de inmediato, tardó tanto, que Seraphina creyó se mantendría en absoluto silencio sin contestarle. Estando ya en las rocosas calles, fue cuando abrió la boca nuevamente.