Capítulo 6

1597 Words
—Su Majestad es un hombre inteligente y justo. Pasó muchos años con el ejército de Drakmoria, así que eso lo convierte en un estratega formidable. —comenzó a decir. —No he visto a un soldado como él en medio del campo de batalla, pero también es un compañero absolutamente leal. —Sus palabras eran tangentes. —Parece que lo admira mucho. —Ninguno de esos adjetivos coincidían con la imagen del hombre que se había formado en su mente. —¿Qué hizo para merecer tal deferencia? —preguntó con un toque de burla deslizándose por su lengua. Se detuvieron repentinamente, Seraphina lo observó sorprendida hasta que cayó en cuenta de que frente a ellos estaba un carruaje esperándolos. Era una carroza magnifica color n***o, decorada con cortinas borgoñas; el logo de la familia real resplandecía en el mismo tono plateado del cabello de la princesa. —¿Me permite ayudarla? —Seraphina aceptó la mano que Lord Emrys le ofrecía y subió al carruaje, él lo hizo detrás. —Respondiendo a tu pregunta, el rey Thorian ha salvado mi vida más de una vez; eso es suficiente para tener mi fidelidad. —inquirió sentándose en el asiento frente a la princesa. —Se escucha como un buen hombre. —“Y lo sería si no quisiera mi reino”. —Suele serlo, la mayoría de las veces. —admitió con una sonrisa socarrona. Ya estaban en camino al palacio y con cada metro que pasaban, sentía reducir aún más su libertad. Su respiración se volvió pesada y tenía miedo de desmayarse incluso antes de llegar al palacio de Eclipsa. El pánico empezaba a aumentar. Seraphina apoyo la cabeza contra la ventana de la carroza, las calles de Eclipsa estaban completamente transitadas. Había cientos de personas comenzando con sus labores e incluso algunos niños corriendo de un lado al otro. La ciudad tenía un aura vibrante, como si el mismo sol hubiese descendido hasta aquí llenándolos de vida. Se encontraban en pleno verano y el calor era inmenso. Lo que más detallo fue que muchos de sus habitantes compartían casi la misma apariencia: Piel bronceada, ojos oscuros y cabello marrón o n***o. También le parecía interesante las ropas que usaban; las mujeres llevaban camisas hasta el ombligo y faldas largas, ambas de colores cálidos. En sus cuellos y orejas colgaban cadenas de oro, con algunas joyas, incluso en sus cabezas. —Usan ropas muy particulares. —comentó de la nada. Inmediatamente las palabras salieron de su boca, se arrepintió. Iba a disculparse, pero antes de hacerlo Lord Emrys tomó nuevamente la palabra. —Aquí hace bastante calor, por lo que no podemos usar demasiadas telas. Seraphina iba a comentar algo sobre las joyas, sin embargo, la carroza se detuvo justo en ese momento, de no haberse sostenido del asiento hubiese caído encima de Lord Emrys debido al movimiento que realizo el vehículo. —Hemos llegado. —anunció el cochero por medio de la ventanilla. El corazón de Seraphina comenzó a latir desbocado, pero aún así mantuvo la misma mascara de indiferencia que había llevado durante todo el viaje. Ambos descendieron del carruaje, fuera los recibió la luz cegadora del sol, la cual iluminaba todo el palacio. A la princesa le parecía que se lucía más impresionante de cerca. —El rey la recibirá ahora mismo, alteza. —le informó Lord Emrys sonriendo. Los dos continuaron caminando hacía el palacio, un par de guardias les abrieron la puerta. A Seraphina le pareció que la observaban con cierta molestia, era obvio que no iba a suscitar pensamientos positivos de algunas personas, debido a que venía de un reino extranjero. Pero por todos los dioses, acaba de llegar. —Sé que debe estar cansada, podrá ir a su alcoba en cuanto solucionemos esto. —dijo Lord Emrys. Le sorprendió escuchar algo de preocupación en su voz. —No debe preocuparse, comprendo que esto no es una visita para socializar. —respondió encogiéndose de hombros fingiendo indiferencia. El pasillo por el que iban empezaba a hacérsele realmente extenso y mucho de los sirvientes que allí se encontraban le lanzaban la misma mirada que los guardias. Seraphina hizo un enorme esfuerzo para no encogerse ante tanto. Ignoró tal sensación observando el castillo. En sus ideas más paranoicas imaginó que sería un lugar lúgubre, triste y deprimente; para su “decepción” realmente era todo lo contrario: El lugar estaba iluminado por la luz que entraba por los enormes ventanales y la decoración en las paredes era exquisita. —Espere un momento aquí, voy a anunciarla, alteza. —pidió Lord Emrys. Se habían detenido frente a una puerta de color marrón rojizo con decorados de dragones intrincados en plateado. Debía reconocerse así misma que le gustaba. Ella se mostró de acuerdo y quedó fuera mientras Lord Emrys entraba. Intentó escuchar algo, pero las paredes eran demasiado gruesas como para oír alguna palabra. Minutos después, aunque a Seraphina le parecieron horas, él salió. —Pase, su majestad ya la está esperando. —informó moviéndose a un lado para que ella entrara. Seraphina suspiró una última vez y entró al salón del trono. —Majestad. —pronunció haciendo una marcada reverencia a forma de saludo. El ambiente quedó en silencio, Seraphina no se atrevía a levantar la cabeza sin que el rey lo ordenara; en primera porque sería una muestra de descortesía a su estatus y en segunda… Prefería esconderse detrás de esa excusa para no verlo. Después de lo que parecieron nuevamente horas, el rey Thorian hablo. —Princesa Seraphina. —saludó con una voz profunda y grave. Seraphina sintió estremecer el vello de la nuca. —Puede levantarse, alteza. —Quizás fuese sus nervios hablando, pero le pareció notar cierta burla cuando pronunció su título. Obedeció su petición levantándose inmediatamente, manteniendo todavía la cabeza hacía a bajo. Una risa masculina sonó repentinamente llenando toda la sala. —Míreme, alteza. ¿Acaso esos son los modales que enseña Celestria a su gente? —preguntó con cierta ofensa filtrándose en sus palabras. —Por supuesto que no, majestad. —dijo alzando el mentón. —Solo que en Celestria respetamos los títulos y no considere apropiado. —explicó inocentemente. El aire escapó de sus pulmones como si la hubiesen golpeado en el pecho. Desde que se enteró sobre la idea de Drakmoria para declararle la guerra a Celestria, había tratado de hacerse una imagen del rey, quería un rostro para maldecir por las noches. Sin embargo, el hombre frente a ella era todo lo contrario. La primera palabra que se le vino a la mente fue: gigante. El rey Thorian era demasiado alto, mucho más alto que la mayoría de los hombres que ella había conocido hasta ahora. Fácilmente media unos dos metros y le sacaba dos cabezas a Seraphina, por primera vez se sentía pequeña ante alguien. Su cuerpo se volvió de piedra y lo único que pudo hacer fue detallarlo. La piel bronceada que ya había visto en otros habitantes parecía brillar en él, ¿tal vez pasaba mucho tiempo en el sol? Estaba tentada a preguntarle. Ahora entendía porque consideraban a los Drakmorianos unos salvajes. El hombre frente a ella sería el terror de cualquier soldado en una batalla. Incluso con ropa Seraphina podía notar los músculos en su cuerpo y las escamas verdes en sus antebrazos recordaban a la bestia que se escondía en un cuerpo humano. El cabello era oscuro y le caía sobre los hombros, pero lo que más la dejó impactada fue la mirada dorada de un cazador que analizaba a su presa. —¿Alteza? —Seraphina volvió a la realidad casi con un cubetazo de agua. —¿Está bien? De repente se ha puesto rojísima. —inquirió hablando desde el trono. Sintió que sus mejillas adquirían mucho más calor, ¿tendría fiebre? —N-n-no…—Seraphina se aclaró la garganta. —No, estoy bien, majestad. —De acuerdo, probablemente necesite algo de descanso. Lo mejor será que vamos directo al grano. —cuadró rápidamente. —Lord Emrys me comentó que usted tenía una condición para aceptar nuestro acuerdo. Hablé, la escuchó. —dijo. Seraphina respiró hondo e intentó recuperar nuevamente la claridad en sus pensamientos. —Así es. —coincidió caminando hacía el trono para estar más cerca. —Estoy dispuesta a quedarme como su concubina y que la guerra no se lleve a cabo… —Hizo una pausa antes de soltar la bomba. —Si el primer hijo que tenga conmigo será el heredero de Drakmoria. —declaró seriamente. El silencio fue mortal. La carcajada que siguió a sus palabras resonó contra las paredes. —Vaya… Al parecer la gatita si tiene garras. —comentó con una sonrisa socarrona. —¿Así que quieres tener un hijo conmigo? —preguntó con coquetería. La vergüenza vino nuevamente a ella, incluso tuvo la osadía de una mirada de asco. Quería abofetearlo por irrespetuoso. ¿Cómo se atrevía a tratarla de así? —No se confunda, majestad, solo me adelanto a los hechos. Seré su concubina y en algún momento tendremos una descendencia. —respondió como si nada. —Soy una princesa, así que no pasare la humillación de que mis futuros hijos sean bastardos. —mintió con descaro. No tenía la mínima intención de aquello. —¿Cuánto tiempo para pensarlo? —preguntó llevándose una mano a la barbilla. El pensamiento de que se veía demasiado guapo vino fugazmente a ella. —Hasta mañana por la mañana, es cuando debo marcharme. —informó. Thorian la miró intensamente durante unos cuantos minutos antes de asentir.
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