Pvt4 obsesión

2342 Words
(Punto de vista de Alessandro) Quería matarla. No, lo que realmente quería era c0g3rmela hasta que no pudiera pronunciar su propio nombre. Mi maldita v3rg4 seguía dura como piedra, incluso después de haberme tirado a Britney hacía apenas unos minutos, y eso me 3ncabr0naba más. Ocho años y esa perra seguía en mi cabeza, viva, ardiente, j0diéndom3 la existencia. La odiaba por eso. Odiaba que se viera mejor que nunca, con esa seguridad desafiante, el pelo cayéndole como una cascada dorada e hipnotizante, los labios tentadores vestidos de rojo, la espalda recta como si el mundo le perteneciera, y ese maldito vestido que no hacía más que recordarme la sensación de sus curvas la vez que fue mía. Ni siquiera haber enterrado la v3rg4 en el c0ñ0 de Britney había logrado callar el hambre, la necesidad, y la rabia que me consumía por culpa de ella. Era como si cada mujer fuera solo un maldito placebo que nunca terminaba de curarme. Todo era una pvt4 ilusión, y yo ya estaba harto de fingir lo contrario. Apoyé la cabeza contra la pared, sintiendo el pulso latir en mis sienes. Las imágenes de Ashley, sus piernas, su boca, sus gemidos, volvían, una y otra vez, como látigos bajo la piel. — ¿Usaste c0ndón con Britney o te la tiraste a pelo? —Escuché la voz de Enzo detrás de mí, con ese tono burlón que solo los hermanos saben usar cuando te quieren picar la herida. — ¿Qué mi3rda te importa? —Gruñí, sin volverme, fingiendo que no me ardía la pregunta. — No quieras hacerte el 1mbécil, Ale. Yo sé por qué te fuiste directo con ella. No era por ganas, era por rabia. Te vi, c4brón. Te vi mirándola. Ocho años y sigues obsesionado con Ashley. Ni te molestes en negarlo. Odiaba que me conociera tan bien. Odiaba que pudiera ver lo que ni yo quería admitir. Le quité el cigarro y le di una calada profunda, soltando el humo con rabia. — No digas p3ndejad4s. Lo de Britney fue solo s3x0 y Ashley está en el pasado. Punto. Si ella va con alguien más o no respeta su estatus, no es asunto mío. Lo que odiaba de mi hermano era lo amarra navajas que podía ser. Enzo se rio, esa risa baja y j0didam3nte honesta. — Claro, seguro. Entonces supongo que no te importa que ella esté bailando al lado de otro hombre que no deja de verle las t3t4s, por cierto. —Me miró de reojo, esa mirada suya de hermano que todo lo ve—. Deja de hacerte el macho, y aunque sé que lo de ustedes no puede ser, al menos cierra ciclo con ella. Eso no te está dejando avanzar. Le devolví el cigarro y le di un empujón en el hombro, fastidiado. — Vete a la mi3rda, Enzo —. En realidad, un golpe de rabia repentino me había tomado por sorpresa y lo único que quería era m4t4r a la primera persona que se cruzara en mi camino. — Con gusto, hermano, pero antes te dejo un consejo: deja de c0g3r mujeres que no significan nada solo para olvidar a la que sí. O vas a terminar amargado y solo. Hazte el pvt0 favor y cierra el ciclo con ella —. Se alejó, riendo entre dientes, directo hacia una rubia que le sonreía desde el bar. Me quedé solo, la cabeza hecha un desastre. Miré al cielo, n***o y vacío, tan vacío como yo en ese momento. ¿Cómo podía odiarla y desearla tanto al mismo tiempo? Ocho años, cientos de mujeres, y ni una sola noche me habían hecho olvidarla de verdad. El cuerpo lo recordaba todo, aunque el corazón se negara a confesarlo. Apreté los puños. La rabia me subía desde el estómago, quemándome las tripas. Quería odiarla, quería arrancarla de mi piel, pero lo único que podía pensar era en cómo sus labios se habían entreabierto cuando la vi, en cómo me había mirado, como si quisiera matarme o besarme, o ambas cosas. Sentí el zumbido de la música en el fondo, las risas, el rumor del mar a lo lejos. Nada lograba distraerme del deseo, del vacío, de la pvt4 obsesión que era Ashley en mi vida. Ocho años, y todavía era ella. Eso era lo peor de todo. ------------------------------- (Punto de vista de Ashley) La pista de baile parecía otro universo. Las luces giraban, la música subía y bajaba como una ola, y el aire olía a champán y a perfume de alta gama, y perdición. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que podía reírme de verdad. No era felicidad, no nos engañemos, pero sí una tregua momentánea. Estaba bailando con César Ortega, el chico al que alguna vez todos le decían “El Cerebrito” en el bachillerato. Se había puesto más guapo con un look de aire seductor. Ya no era el muchacho nerd al que nadie le hacía caso. Él era un gran amigo al que le había perdido la pista desde aquel trágico día. Era una pasada que Massimo y yo lo tuviéramos de amigo en común, por lo que acepté a bailar con él en cuanto me lo encontré, luego de regresar del balcón. Tan solo recordar que hace solo unos minutos Alessandro estuvo con otra. . . Me daba náuseas ¿Era normal desear que solo sea para mí cuando no tenía derecho ni siquiera a pensarlo? César me giró suavemente, sus manos en mi cintura, pero todo era inocente, un reencuentro de viejos tiempos. — ¡Ashley! ¿Te acuerdas cuando me ayudaste a conquistar a Marifer?—. Reí a carcajadas. — No puedo creer que aún me lo recuerdes ¿Y luego qué pasó con ella?—Él sonrió con ese aire de niño bueno, inclinándose para acercarse a mi oído, la música subiendo de volumen. — Pues que la voy a pedir en matrimonio en un mes. —Me soltó la bomba con una felicidad genuina, de esas que casi te contagian. — ¡No!— Grité, tapándome la boca de la emoción. —¡Por Dios, no lo puedo creer! —Me abrazó, y giramos otra vez bajo las luces, riéndonos como si nada doliera—. Me tienes que invitar a la boda ¡Qué emoción! Al menos mi vida estaba sirviendo para algo. Mi amigo se iba a casar con la chica de sus sueños, y aunque yo estaba atrapada con los sueños rotos, me conformaba con ver felices a los demás. Como Kimberly, sabía que se estaba casando con su peor enemigo, pero sabía que eso cambiaría con el tiempo porque ambos se mueren de ganas por tenerse. Al menos pude convencer a mi padre de que los uniera, aunque sabía que la intención de él era meramente en pro de la venganza familiar. — Por supuesto que tú vas a ser la invitada principal. No habría podido tener nada con Marifer sin tu ayuda, y mira, es gracias a ti que voy a casarme con la mujer de mi vida. — Cuenta con mi presencia y mi bendición. —Le di un apretón de manos y nos miramos como dos viejos cómplices que han sobrevivido al apocalipsis. Seguimos bailando, pero algo extraño ocurrió en la mirada de mi amigo. En ese momento, el aire cambió. Lo sentí antes de verlo. Un escalofrío, la electricidad de una tormenta a punto de explotar. Alessandro apareció a un costado de la pista, imponente y peligroso. Su mirada era una daga caliente directa a mi pecho, pero no solo a mí: al pobre César también, que ni en sus peores pesadillas esperaba semejante descortesía, si así se podía llamar, por parte de un Von Adler. — ¿Ashley? —Su voz era baja, afilada, con esa falsa calma que solo los idiotas más valientes se atreven a desafiar— ¿No vas a presentarme a tu amigo? César sonrió, nervioso, tendiéndole la mano como quien se enfrenta a un león hambriento. — Soy César Ortega, un viejo amigo del bachillerato. —Alessandro ni siquiera le estrechó la mano. Se limitó a mirar mi cintura, donde la mano de César todavía descansaba con total inocencia—. Vaya, qué coincidencia. Creí que los viejos amigos se veían en cafeterías, no en medio de la pista de baile. —Su sonrisa era tan venenosa que el aire pareció ponerse más denso. Vi cómo me fulminaba con la mirada, y podría hacer sufrir más a este 1diot4, pero César no tenía la culpa de nuestro mutuo odio. Los problemas que tenía con Alessandro no tenían por qué aguarle la fiesta a mi amigo. — ¿De qué hablas, Alessandro? —Respondí, jugando a la inocencia, pero sintiendo cómo la sangre me hervía bajo la piel—. Estábamos recordando viejos tiempos. Y César está a punto de casarse, así que deberías felicitarlo. La mandíbula de Alessandro se movió apenas, el músculo tenso, los ojos clavados en los míos como si intentara leerme la mente. — Felicidades. Espero que te vaya mejor que a la mayoría—. César rio incómodo, agradeció con un gesto de cabeza y, entendiendo la señal invisible, se despidió rápido. — Nos vemos, Ash. Fue un gusto verte. — Cuídate, César. Y salúdame a Marifer. Espero la invitación. Vi cómo mi amigo se alejó y, en cuanto estuvo fuera de alcance, Alessandro se giró hacia mí. Me tomó de la muñeca, no con fuerza, pero sí con esa autoridad maldita que me partía en dos. — ¿Te diviertes, Ashley? —No era una pregunta, era un reto. Una declaración de guerra. Le sostuve la mirada, altiva. — ¿Te importa? Se acercó tanto que sentí su aliento caliente en mi mejilla, la rabia, el deseo y la posesión, latiendo entre nosotros como un animal salvaje. — Eso es lo que te gustaría, pero ni en tus mejores sueños, pequeña zorra. —Susurró. Sus ojos estaban tan oscuros que casi me trago el orgullo ahí mismo. — Entonces deberías irte a bailar con Britney. Seguro no te hace tantas preguntas, y es muy feliz siendo esa pequeña zorra. —Le solté el veneno con una sonrisa, porque si algo nos gustaba era pelearnos al borde del abismo. Alessandro se echó a reír, una risa rota, furiosa, que me heló la piel. — Si supieras la rabia que me das. —Me soltó de golpe, sus dedos dejando marcas invisibles en mi muñeca—. Ocho años, Ashley. Y sigues siendo la misma trepadora ¿Con cuántos hombres piensas divertirte hoy? — ¿Qué? ¿De qué estás hablando? —Fruncí el ceño. — ¿Es que no hay un hombre que te satisfaga? —Sus palabras me herían. — Vete a la mi3rda, Von Adler —. Me di la media vuelta y salí furiosa de la pista de baile. Pasé echa una furia rumbo al jardín a tomar un poco de aire. Sin embargo, pude notar sus pasos detrás de mí. — ¿Esto lo sabe todo el mundo? ¿O por eso dejaste a Kristel cuidando a tu madre? —La música estaba lo suficientemente lejos como para que lo escuchara con claridad. Me paré en seco, en medio de la oscuridad, completamente solos, lejos de los invitados de la boda. — ¡No soy como las mujeres con las que sales y te revuelcas en cada esquina! —Le grité furiosa. Si el d3sgraciado supiera que ha sido el único en mi vida, sería una completa humillación. — Entonces, ¿por qué estás bailando con otros hombres tan contenta? Te hace falta una correa para que sepas en dónde está tu lugar. — Nadie te obligó a mirar —. Le susurré, pero mi voz ya temblaba. Las lágrimas de frustración me quemaban detrás de los ojos. En el fondo me sentía agobiada porque esta pvt4 obsesión por él no había desaparecido. — ¿Por qué lo hiciste, Ashley? ¿Por qué c4raj0s te fuiste hace ocho años sin siquiera darme una respuesta digna? Por primera vez, Alessandro Von Adler me habló sin insultos, pero con un dolor profundo, tal vez por un ego herido o qué sé yo. Nos miramos a los ojos con mucho dolor, por lo menos de mi parte. En ese momento había querido gritarle que no había habido día en el que no pensara en él, que siempre estaba en mis pensamientos, que ni ocho malditos años lo habían podido borrar de mi mente, mi cuerpo y mi alma. — Porque. . . —Alcé mi mirada hacia él, y con mucho dolor me obligué a escupir las palabras—. Creo que ya sabes la respuesta, Alessandro. Sus ojos, que me habían expresado dolor por un momento, ahora estaban echando una furia enardecida, que estaba dispuesta a quemarme viva. — ¿Es por él? ¿De verdad me cambiaste por él? —El nudo en la garganta se estaba volviendo cada vez más doloroso. — Sí —. Le sostuve la mirada, aunque por dentro me estaba muriendo en vida. — ¿Me cambiaste por un vejete malnacido? ¿Eso es lo que estás diciendo? ¿De verdad me cambiaste por un. . .? — ¡Basta! —Lo interrumpí enfurecida. El silecio se volvió tan ensordecedor, que hasta los oídos me empezaron a doler—. Vejete o no, ese hombre es mi esposo —. Apenas pude decir en un susurro. Me di la media vuelta con el corazón destrozado y odiando llamarme Ashley Smith, pues en el fondo siempre quise ser Ashley Von Adler. Caminé con paso firme, pero las lágrimas ya no las pude contener. Detrás de mí, sentí el peso de su mirada clavada en mi espalda, helada, devastada. Ninguno de los dos se movió ni dijo una palabra más. Por primera vez en ocho años, lo dejé atrás de verdad. Lo peor es que ni el odio ni la distancia pudieron salvarme de amar a mi propio verdugo.
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