(Punto de vista de Alessandro)
La botella estaba vacía frente a mí y ni la mitad de la rabia se había ido. No importaba cuánto me repitiera que Ashley Smith no era más que una oportunista con buen cuerpo y la lengua afilada; la verdad es que ni con todo el tequila del minibar podía arrancármela del pecho. Por fuera, mi reflejo en el espejo era el de siempre: camisa abierta, mandíbula tensa, los nudillos marcados por la furia de la noche. Pero adentro, era un desastre, un hombre al borde de hacerse pedazos.
Me reí solo, ese tipo de risa amarga que se le escapa a los que han perdido la guerra sin pelearla. Cerré los ojos e intenté recordar a Britney, a su piel, al olor del s3x0 robado en la terraza. Nada. La imagen que volvía, una y otra vez, era la de Ashley en la pista de baile, la mirada altiva, la boca pintada de rojo, el vestido que le marcaba la cintura y la cara rota al darme la espalda."Solo una zorra trepadora", me mentí por enésima vez, dejando caer el vaso al suelo con un golpe hueco.
— Que te jodan, Von Adler. No eres nada para ella, ni ella para ti—. Me dije en voz baja, pero sonó ridículo incluso para mis propios oídos.
No había olvido. Había hambre. De su boca, de sus palabras, de su odio y su deseo. Miré el techo, la habitación girando apenas. ¿Cuánto más iba a seguir arrastrando ese cadáver de amor? Ocho años, y ni un maldito día en paz. Me tumbé en la cama, sin quitarme la ropa. La cabeza me daba vueltas, y el corazón, ese 1mbécil, seguía esperando el sonido de sus pasos al otro lado de la puerta.
El tequila no sirve para olvidar, pero arde bonito en la garganta. Por un instante, sentí que la odiaba. Por otro, su nombre se me escapó en un suspiro ronco, justo antes de que el sueño me arrancara del mundo.
— Ashley. . .
El silencio fue la única respuesta.
Al despertar, el dolor de cabeza no era lo peor. Lo peor era el ardor. Ese fuego bajo la piel que ni el mejor tequila podía apagar.
Bajé las escaleras arrastrando los pies, deseando estar solo, deseando no sentir nada. Pero la vida, maldita sea, tiene un don para poner el dedo en la llaga. El aroma a café no calmó el mal humor, solo lo empeoró. Las voces, suaves al principio, se colaron por el corredor como cuchillos filosos.
— Te juro, mamá, nunca había visto a Ashley tan guapa —. Decía Kiara, la voz teñida de admiración, como si estuviera hablando de una estrella de cine, no de la mujer que me había jodido la existencia.
El corazón me dio un vuelco. Sentí las uñas hundirse en la palma de la mano. Pasé junto a ellas fingiendo no escuchar, pero cada palabra me arañaba por dentro.
— Dicen que el vestido fue diseñado especialmente para ella, ¿no? —Preguntó mi mamá, sonriendo con esa maldita complicidad de mujeres satisfechas con la belleza ajena—. Todo mundo habló de ella.
— Es que el matrimonio le sentó de maravilla. Ya quisiera yo verme así después de casada, ¡pero parece que la señora Smith se volvió toda una reina! —Remató Kiara, riendo, sin saber que sus palabras eran ácido en mi sangre.
Matrimonio. Smith. La señora Smith.
Tuve que respirar hondo para no romper la taza al servirme café, pues había entrado a la cocina haciendo caso omiso de mi mamá y mi hermana. El líquido tembló en mis manos. Imaginé a Ashley, su cuerpo envuelto en ese vestido, la mirada altiva, los labios pintados de rojo. Imaginé a las mujeres envidiándola, a los hombres deseándola, y lo peor, a él, a ese imbécil de Edward, tocándola, besándola, haciéndola reír.
¿Desde cuándo se veía tan feliz? ¿Desde cuándo otro hombre tenía el privilegio de hacerla brillar así? Un nudo amargo me subió por la garganta. El orgullo me gritaba que ella solo era una interesada, una traidora, pero el cuerpo. . . El cuerpo la recordaba mejor que nunca.
Cada palabra de Kiara era una patada al ego.
— . . . Y ni se diga del escote. Todas estaban murmurando. Yo creo que más de un marido se ganó un codazo de la esposa por estar mirando demasiado —. Kiara soltó una carcajada. Hasta mamá sonrió, como si estuvieran compartiendo una anécdota inocente.
Yo apreté la mandíbula. La taza crujió en mis manos.
El café supo a cenizas. Vi el reflejo de mis propios ojos en la superficie oscura, los mismos ojos con los que la había buscado toda la noche, aún después de verla en brazos de otro. Recordé su perfume mezclado con el olor a mar, la manera en la que bajó la mirada cuando la enfrenté, el temblor apenas perceptible en sus labios antes de escupirme la mentira del siglo: “Ese vejete es mi esposo”.
Maldita mentirosa.
Maldita diosa.
Maldita Ashley, brillando más que nunca en la vida de otro.
El veneno de los celos se me metió en los huesos. Cerré los ojos y me imaginé rompiéndole la boca a Edward Smith, arrancándole a Ashley de los brazos en pleno altar, reclamando lo que era mío por derecho y por locura. Pero la realidad era otra: ella era la esposa de otro, la comidilla de la fiesta, el trofeo de la familia Smith.
Kiara no paraba.
— Y te juro, mamá, que todos decían que se veía más segura, más feliz. Hasta las suegras la miraban con envidia.
¡¿Feliz?! ¿Feliz con otro?
Sentí el impulso salvaje de gritar, de romper algo, de decirles que no tenían ni idea de la verdad, de la mierda que hay detrás de los matrimonios perfectos. Pero me tragué las palabras. Me tragué la bilis, el veneno, las ganas de explotar. El café temblaba en mi mano, pero no era el temblor del pulso: era rabia, pura rabia, celos primitivos, incontrolables. Pensé en las manos de Edward en la cintura de Ashley, en su boca en el cuello de ella, en el derecho a mirarla desnuda, a escuchar sus gemidos.
Las imágenes me torturaron hasta hacerme sudar frío ¿Y si era verdad? ¿Y si Ashley se veía más hermosa porque otro la había hecho mujer de verdad? El estómago se me revolvió. Quise reírme, pero solo me salió una mueca amarga. Porque, aunque intentara odiarla, lo único que quería era arrancarle el vestido y recordarle que su cuerpo nunca se le iba a olvidar al mío.
Mamá levantó la vista, ajena a mi tormenta.
— ¿Te sirvo más café, Alessandro? Te ves pálido.
No respondí. Me levanté de golpe, la silla chillando en el piso.
— ¿A dónde vas, Ale? —preguntó Kiara, sorprendida.
— Necesito aire. Y silencio.
Salí de la casa sin mirar atrás, las palabras de mi hermana y mi madre resonando como una maldición. Subí al auto con las manos todavía temblando, la mandíbula tensa, el corazón desbocado.
Pisé el acelerador. No tenía idea de adónde ir, solo sabía que no podía quedarme un segundo más en ese infierno doméstico, escuchando cómo la mujer de mi vida florecía en brazos de otro. Mientras la ciudad se alejaba en el retrovisor, solo quedaba una certeza ardiendo en mi pecho: podría huir hasta el fin del mundo, pero de Ashley Smith, maldita sea, no iba a escapar ni en mil años.
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Eran las dos de la mañana y la música golpeaba el pecho como un corazón ajeno y eléctrico. Cada luz del antro era una bofetada al insomnio y a la dignidad. Estaba perdido, sí, pero esa noche no quería encontrarme. Solo necesitaba perderme más.
El alcohol fluía, espeso y ardiente, bajando como lava y anestesiando lo que no podía callar la rabia. Me rodeé de desconocidos, de risas artificiales, del sudor y el perfume caro pegados al aire, de la promesa de que nadie iba a recordarme mañana. Me empapé de esa mentira.
Y entonces aparecieron ellas. Dos chicas rubias. Una, con el pelo tan liso y brillante que parecía una cascada dorada bajo las luces. La otra, de rizos juguetones y labios pintados de rojo, sonrisa ladina y mirada de reto. Eran espejismos, ecos de otra rubia imposible que llevaba años metida en mi piel, pero eso ni siquiera lo pensé, no en voz alta. Era solo una sensación sorda, animal.
Bailamos. Me dejé arrastrar entre sus cuerpos, sintiendo el roce de piernas largas, la presión de caderas ágiles que se apretaban contra mi deseo, la risa fresca que me zumbaba en los oídos y casi lograba que olvidara lo que era real y lo que era fuga. Una mano fría bajó por mi nuca, la otra se coló bajo mi camisa, arañando la piel. Yo apreté los dientes, el pulso desbocado y la lengua espesa de vodka y tequila.
No sé cómo, pero cuando quise acordar, estábamos en el auto, camino a la suite presidencial. Ellas reían, la de los rizos besándome el cuello, la otra acariciando mi muslo como si ya supiera que era su dueño. El perfume de ambas era embriagador, dulce y agresivo, diferente al de Ashley pero igualmente adictivo. Me reí como un loco, el corazón convertido en bestia. No me importaba nada, excepto apagar el incendio.
La habitación era un delirio de lujo: sábanas de algodón egipcio, luces bajas, una ciudad temblando detrás de los ventanales. La ropa voló, arrancada con ansias. Las dos se desnudaron primero, exhibiéndose como trofeos. Una tenía la piel dorada, tersa, el pecho firme y pequeño; la otra, curvas más llenas, la espalda salpicada de lunares y los pezones duros de anticipación.
Me lancé sobre ellas sin pensar. Besé a la de cabello liso, tragando el olor a shampoo caro, los labios artificialmente dulces, la lengua ágil. Sus manos se apretaron a mi espalda. La de los rizos me mordió la clavícula, riendo, lamiendo mi piel como si quisiera devorarme. El tacto de sus uñas era una descarga eléctrica. Los tres nos enredamos en la cama, piernas cruzadas, piel sudada, aliento mezclado con el aire acondicionado y la música lejana.
El s3x0 fue brutal.
Una boca succionando mi pecho mientras yo lamía el cuello de la otra. Risas mezcladas con jadeos, la presión de una cadera contra mi pelvis, el calor de dos cuerpos buscando el mismo fuego. Me hundí en la de los rizos, fuerte, rápido, rabioso, las manos de la otra en mi pelo, sus labios recorriendo mi espalda. Cambié, sin aviso, girando entre ellas, sintiendo el contraste de sus cuerpos: una apretada, temblorosa, la otra más suave, recibiéndome con ansia.
Las embestí con furia, como si pudiera expulsar el veneno, como si pudiera arrancarme la imagen de Ashley riendo al lado de ese vejete millonario. Jadeé, gemí, mordí, busqué placer en la piel ajena. El sudor resbalaba, las sábanas empapadas, el aire denso de s3x0 y frustración.
A ratos, todo era confuso: cuatro manos, dos bocas, gritos que no sabía si eran míos o de ellas. El roce de un pezón entre mis dientes, el gemido ahogado de placer, el temblor de muslos apretados a mis caderas. Me perdí en la carne, en el ritmo frenético, en el temblor final. Pero el vacío era peor.
El 0rgasm0 fue un relámpago sucio, una explosión de rabia más que de placer. Grité, sí, pero no por ellas: por mí, por lo perdido, por el fuego que no se apagaba nunca. Caí de espaldas, el pecho ardiendo, la boca seca, la piel marcada de uñas y dientes.
Ellas rieron, se enredaron entre sí y luego en mis brazos, satisfechas y sudadas. Pero yo solo sentía el sabor amargo de la derrota.
Me levanté despacio, el cuerpo dolorido, la mente aturdida. Fui al baño, me miré en el espejo y vi a un desconocido: ojos vidriosos, cabello revuelto, labios hinchados y la tristeza clavada en la frente. Me lavé la cara, respiré hondo, busqué alivio en el agua fría, pero no encontré nada.
Volví a la cama. Ellas dormían, bellas y ajenas a mi tormenta. Me tumbé junto a ellas, los brazos extendidos, y la soledad me cayó encima como un techo derrumbado.
Había ganado la batalla del s3x0, sí, pero había perdido la guerra del olvido. Cerré los ojos, buscando paz en el desorden de los cuerpos, y todo lo que encontré fue el nombre de Ashley, grabado como una cicatriz.
*
Al día siguiente regrese a casa, y eso se sentía como un castigo. Cada rincón olía a desvelo y a reproche, y las paredes, tan llenas de historia, ahora parecían apretarme el pecho. El sol me lastimaba los ojos. Cada paso retumbaba en mi cabeza como un tambor desafinado.
Al llegar a la cocina, mi padre estaba ahí. Perfecto, impecable, con la mirada cortante de quien nunca ha perdido una batalla. Ni siquiera levantó la vista de su tableta eletrónica.
— No sabía que ahora los Von Adler amanecían en bares, Alessandro —. Su voz era afilada, seca, esa que usaba cuando quería dejar claro quién mandaba.
Me serví café en silencio, tragando el nudo en la garganta. El aroma me revolvió el estómago, pero lo tomé igual, a ver si así se me iba la jaqueca o el rencor.
— ¿Piensas seguir así mucho tiempo? —Insistió él—. Ya no tienes dieciocho años. El apellido pesa, Alessandro. Contrólate con el alcohol.
Rodé los ojos, apoyado en la barra, la taza entre las manos temblorosas.
— Déjame en paz, papá. No estoy para sermones —. Gruñí, sin molestia en ocultar el fastidio. El dolor de cabeza era un taladro.
Mi padre suspiró, como si cargara el peso del mundo sobre los hombros. Dejó la tableta electronica con un golpe seco sobre la mesa y por fin me miró de frente.
— Eso no va a ser posible —. Dijo, la voz grave, tan fría como el hielo—. No tienes tiempo para perderte, Alessandro. Hay cosas que requieren tu atención inmediata.
No respondí. La cafeína ardía en la lengua, pero nada me despertaba.
— La familia Cole viene esta semana —. Sentenció, cruzando los brazos—. Ya está decidido. Tienes que empezar a sentar cabeza. Eres el próximo en casarse. Tu madre y yo hemos hecho los arreglos. Melissa Cole será tu esposa. Es la heredera al imperio de joyas más grande del país.
Me lo había dicho anteriormente, pero no le creí. Ahora me estaba diciendo que era el siguiente en casarme. No le bastaba con que Massimo se hubiera casado hace un par de días.
El café se me fue por el otro lado. Sentí una presión en el pecho, un vértigo, una rabia sorda queriendo salir a gritos.
— ¿Disculpa? —Pregunté, pero mi voz ya no era mía; era la de un animal atrapado.
El rostro de mi padre no cambió, ni un músculo. Solo la dureza de quien nunca acepta un no por respuesta.
— Melissa Cole. Es una oportunidad que no vas a rechazar. Ya es hora de que empieces a actuar como un Von Adler de verdad.
Me quedé en silencio, el mundo girando más rápido de lo que mi resaca podía soportar. El apellido pesa, sí. Pesa como una maldición.
Un Von Adler nunca se casa por elección propia. Era una tradición familiar, una que odiaba con todo mi ser.