(Punto de vista de Ashley)
Me levanté por la mañana con algunos rayos de luz en la cara porque se me había olvidado cerrar la cortina. Me había dedicado a descansar todo el día de ayer, por el cansancio de la fiesta. Era la primera vez que dormía bien en meses, por lo que bajé a desayunar con mi hermana y mi mamá.
En la mesa, el desayuno parecía dispuesto más por costumbre que por verdadero apetito. Había pan tostado, mermelada de fresa en un frasco casi vacío, rodajas de mango jugoso y café recién hecho que llenaba el aire de un aroma intenso, como si intentara despejar la bruma de la tristeza. Mamá estaba sentada a la cabecera, su figura encorvada y su tez más pálida que nunca. Sostenía una taza con ambas manos, como si el calor pudiera devolverle algo de vida, pero apenas la acercaba a los labios. Sus ojos estaban fijos en el jardín, más allá del ventanal, en algún punto que ni Kristel ni yo podíamos ver.
Kristel, mi hermana menor, llenaba el silencio con su charla constante. Había heredado ese don de la palabra y la risa fácil, aunque sus bromas siempre venían con un trasfondo de nostalgia. Esa mañana, untaba con exageración una gruesa capa de mermelada sobre una rebanada de pan, haciendo malabares para que no se desbordara por los bordes.
— Te lo juro, Ash, nunca había visto a Kim tan hermosa como el día de su boda —. Dijo de pronto, relamiéndose los labios, los ojos chispeando entusiasmo—. Cuando entró, todos los invitados se quedaron boquiabiertos. Ese vestido parecía hecho a medida para ella ¡Parecía una princesa de verdad! Yo no me aguanté y lloré como magdalena. Dominic me contó que Kim y Massimo se estaban enrollando en un pasillo oscuro—. Alzó las cejas un tanto sugerentes.
No pude evitar sonreír, aunque era una sonrisa teñida de melancolía. Kim siempre había sido la más hermosa, la más soñadora, y también la más rebelde de las tres. Bebí un sorbo de café, caliente y amargo, esperando que el líquido me ayudara a tragar el nudo que se me formaba en la garganta cada vez que pensaba en nuestra familia.
Miré a mi mamá de reojo, buscando alguna señal de que las palabras le llegaban, pero ella seguía ausente, perdida en sus pensamientos, los labios apretados en una línea tensa.
— Estaba preciosa, sí —. Dije al fin, con voz baja, tratando de no romper el delicado equilibrio de la mañana.
— ¿Tú crees que en la luna de miel por fin se animen a dejar de pelear? Porque si alguien merece algo de paz, es Kim. Después de todo lo que pasó en el hospital —. Kristel se encogió de hombros, dándole un pequeño golpe juguetón a su vaso de jugo.
— No sé, pero yo apuesto a que sí. Al final, siempre terminan buscándose el uno al otro. Si dejaran de ser tan orgullosos —. Reí poniendo mis ojos en blanco—. Estoy segura de que Massimo va a terminar cediendo primero, ya lo verás. Por Dios, en una de esas hasta terminaron culminando su matrimonio.
Me reí con ella, pero al fondo sentía esa preocupación sorda que solo las hermanas entienden. Recordé el momento en la iglesia, los nervios de Kim, sus manos frías apretando las mías, el temblor en su voz cuando me preguntó si estaba haciendo lo correcto. Yo le aseguré que sí, pero a veces también dudo. A veces, la vida parece un círculo vicioso de decisiones tomadas por miedo, no por amor.
— ¿Sabes? —Siguió Kristel, bajando la voz como si nos contara un secreto de estado—. Yo vi a Massimo justo antes de entrar a la iglesia, y cuando pensaba que nadie lo miraba, se secaba las manos en los pantalones. Le sudaban las manos de lo nervioso que estaba ¿Quién lo diría? El gran Massimo Von Adler, ansioso por casarse.
— ¡No me digas! —Respondí, entre divertida y sorprendida—. Eso sí que no me lo esperaba. Siempre ha fingido ser de hielo.
Kristel sonrió con aire de suficiencia, como si hubiera descubierto el truco de un mago.
— Claro que sí. Yo creo que se moría de ganas. Solo le falta confesarlo en voz alta.
El ambiente se suavizó un poco, el peso en el pecho se hizo más llevadero, y por un momento, casi pude olvidar los problemas que nos rodeaban. Me permití la ilusión de un futuro distinto para Kim, uno sin hospitales ni peleas, sin lágrimas escondidas en el baño.
Miré a mamá, buscando su reacción, anhelando ver el brillo de antes en sus ojos. Me acerqué y le toqué la mano con suavidad, como si temiera romperla.
— Mamá, ¿tú qué piensas? ¿Crees que ahora sí Kim pueda ser feliz?
Durante unos segundos, el silencio fue tan denso que sentí el corazón latir en mis oídos. La respiración de mamá era lenta y superficial; sus dedos, fríos. Por fin, sin apartar la mirada de la ventana, susurró.
— Kimberly merece ser feliz. Espero que. . . Por fin, sea liberada.
Las palabras se colaron en el comedor como un rezo, llenando el aire de una esperanza quebradiza. Kristel y yo nos miramos, sorprendidas por la repentina lucidez de mamá. Intentamos animarla, preguntándole si quería salir al jardín o si quería que le sirviéramos más café. Pero ella cerró los ojos y giró un poco la cabeza, desconectándose otra vez del mundo. Su cuerpo parecía presente, pero su mente flotaba lejos, demasiado cansada para regresar.
Me quedé observándola, notando lo pequeña y frágil que se veía bajo la luz de la mañana. Por un instante, sentí un miedo atroz a perderla, a que su silencio fuera el anticipo de una despedida. Me prometí no dejar que la tristeza nos robara más, aunque la realidad dijera lo contrario.
Kristel terminó su pan y, como si nada hubiera pasado, retomó la charla, preguntando si habíamos visto el ramo de flores que Massimo mandó a la habitación de Kim después de la boda. Yo apenas la escuché, distraída con mi propio dolor y mi esperanza, repitiéndome que tal vez, solo tal vez, mi hermana al fin podría encontrar la libertad que nuestra madre había perdido.
El desayuno continuó, tibio y dulce, pero el silencio de mamá seguía pesando como un secreto imposible de decir.
*
Cuando subí a mi habitación después del desayuno, sentí ese vacío melancólico que me queda siempre después de compartir la mesa con mamá y Kristel. El sol de media mañana ya era tan intenso que filtraba las cortinas y creaba líneas doradas sobre el piso. Me senté un momento al borde de la cama, respirando hondo, intentando grabar en la memoria la paz tibia de estar en casa. Ojalá la vida se pudiera congelar en estos instantes sencillos, pensé, en vez de empujarnos siempre de regreso a la realidad.
El teléfono vibró sobre la cómoda. No era difícil adivinar de quién era el mensaje: Edward.
Edward: Regresa hoy. Ya fue suficiente de tu viaje familiar. Tienes responsabilidades que atender. No te retrases.
Me quedé mirando la pantalla, notando cómo la frialdad de sus palabras podía atravesar cualquier coraza. Por costumbre, apreté los dientes antes de responder. Sentí una ráfaga de rebeldía, una que pocas veces me permitía, pero que se volvía cada vez más frecuente, y tecleé con los dedos firmes.
Ashley: Solo un día más, Edward. Quiero estar con mamá y Kristel. Prometo regresar a tiempo.
No esperé su respuesta. Ni siquiera leí los mensajes siguientes. Puse el celular en silencio, como quien apaga una alarma irritante, y me obligué a dejar el tema fuera de mi mente.
Me levanté y abrí el armario (habían acomodado la ropa de mi equipaje), pasando los dedos entre mis vestidos. Para muchas mujeres, la ropa es un accesorio, una armadura, una declaración. Para mí, era todo eso y un salvavidas, una pequeña manera de recordarme quién era antes de convertirme en la esposa perfecta. Elegí uno de mis favoritos: seda azul pálido, caída impecable, la espalda abierta, detalles finos en la cintura. Era un vestido que gritaba clase sin esfuerzo, tan sencillo como elegante. Me puse unos tacones bajos de charol nude y una gabardina de lino blanco.
Al mirarme en el espejo, recordé que, aunque el mundo se derrumbara, al menos siempre podría controlar cómo me presentaba ante él. El reflejo me devolvió una imagen de mujer fuerte, de esas que saben callar el dolor con estilo. Me permití una sonrisa y un toque sutil de perfume detrás de las orejas, el mismo que usaba desde la universidad.
Maquillé mis labios de rosa antiguo, tracé el delineador con pulso seguro y recogí mi cabello en una coleta pulida. Si la gente quería hablar de Ashley Smith, al menos hablaría de su buen gusto.
Antes de bajar, revisé el bolso: billetera, teléfono (en silencio), llaves, bálsamo, la pluma de mamá y un paquetito de pastillas de menta que siempre llevaba por costumbre.
En la planta baja, el ambiente era otro. Encontré a Kristel en el estudio, un cuarto invadido de papeles arrugados, botes de pintura y pinceles en vasos de vidrio. Había música clásica sonando en sus auriculares; su cabeza se movía suavemente al compás. Me quedé un instante observándola, recordando cómo, de niñas, yo la ayudaba a hacer castillos de plastilina mientras ella me contaba historias fantásticas sobre mundos imposibles. Me enterneció verla tan absorta, con la frente manchada de acuarela y una sonrisa concentrada.
— Kris, voy a salir a comer con una amiga —. Le dije, apoyándome en el marco de la puerta.
Ella se quitó un auricular y se volvió con una media sonrisa, los ojos chispeando como siempre cuando está en modo creativo.
— ¿Hoy? Ni loca. Tengo que terminar este proyecto, si no mi maestra de arte me cuelga en la plaza pública. Ya sabes que cuando me encierro, no salgo hasta que mi cabeza explota de color.
— Ay, artista incomprendida. . . —Le dije, rodando los ojos—. Si mamá se siente peor o pasa cualquier cosa, me avisas, ¿sí? Si necesitas que vuelva antes, solo dime.
— Lo haré, Ash —. Respondió, y se acercó para abrazarme con fuerza. Nos quedamos así unos segundos, aferradas una a la otra como cuando éramos niñas y el mundo era tan grande y nosotras tan pequeñas.
Antes de salir, subí de nuevo y me asomé al cuarto de mamá. Estaba sentada junto a la ventana, viendo el jardín con una expresión lejana, con un té en la mano al que le daba sorbos pequeños de vez en cuando. Me acerqué y besé su frente, susurrando.
— Voy a salir un rato, mamá. Regreso para la merienda. Descansa.
Ella asintió, apenas moviendo los labios. No esperé más, no quería que mi propia tristeza se le contagiara. Salí a la calle, dejando que el aire fresco me despeinara. El sol caía en ráfagas, el bullicio de la ciudad a media mañana era como una coreografía: el tráfico en la avenida, el olor a pan dulce que salía de una panadería en la esquina, las voces de los vendedores de flores. Crucé la calle con paso firme, sintiéndome observada, no por vanidad, sino por esa sensación de saber que siempre hay alguien midiendo cada uno de tus movimientos.
El restaurante elegido era un clásico de la ciudad, con grandes ventanales, manteles blancos y lámparas de diseño. Dentro, el murmullo de las conversaciones mezclado con la música instrumental creaba una atmósfera sofisticada. Busqué con la mirada y vi a Yuna, sentada junto a la ventana. Tenía el cabello suelto, rizado y voluminoso, la piel dorada por el sol y la sonrisa más contagiosa de todas. Me acerqué y nos abrazamos como si los años no hubieran pasado.
Yuna era una amiga en común que teníamos con Kimberly.
— ¡Ash! —Exclamó, rodeándome con los brazos—. No sabes cuánto extrañaba estos encuentros. No ha cambiado nada, sigues igual de glamurosa. ¡Mírate!
— Por favor, mira quién habla. Tú siempre fuiste la reina de las mezclas imposibles: cuero con encaje, rayas con animal print y aun así, siempre perfecta —. Reí, dejando el bolso en la silla.
Ambas nos sentamos y pedimos café, sabiendo que la tercera en llegar era igual de puntual. No tardó ni cinco minutos en entrar. Su silueta se recortó en la puerta: alta, delgada, la piel inmaculada bajo una blusa de seda blanca impecable y pantalones de lino beige. Su caminar tenía la seguridad de quien sabe que todos la observan pero no le importa. Se quitó las gafas de sol, oversize, por supuesto, y sus ojos azules brillaron con esa chispa que siempre ponía nerviosos a todos los profesores en la universidad.
— ¡Chicas! —. Dijo, colgando la bolsa de diseñador en el respaldo de la silla—. Espero no haberlas hecho esperar. Prometo que esta vez no me escapé con ningún profesor de la facultad. . .
— Pero qué cosas dices, mujer. Si tiene años que terminamos las universidad.
Me atravesó un sentimiento de nostalgia y frustración porque yo no pude terminar la universidad a causa de mi esposo. Sin embargo, me he dado a la tarea de acudir a foros, algunos cursos, clases particulares, y leer libros de mi interés. Todo a escondidas de Edward, pues eso no era digno de una esposa ejemplar. Una que debería estar dedicada cien por ciento a su marido.
Nos reímos a carcajadas, el sonido rebotando en los ventanales. La abrazamos, ese abrazo cálido y real que solo se comparte entre mujeres que han sobrevivido juntas a la adolescencia y a la universidad (aunque la mía estaba trunca). Era como volver a casa.
La charla fluyó con facilidad, como siempre. Hablamos de los viejos tiempos, de las fiestas locas en los dormitorios, los exámenes de última hora, los corazones rotos y los sueños por cumplir. Compartimos anécdotas tontas, recuerdos de las noches en vela preparando proyectos imposibles, de las veces que nos defendimos unas a otras cuando la vida se ponía difícil. Era como si el tiempo se hubiera detenido y, por un instante, no existiera la presión de ser adultas perfectas.
Yuna contaba historias de sus viajes por Asia y como le ayudó a Kim con parte de la organización de la boda; la otra nos hablaba de los cambios en su familia, de las nuevas inversiones, de su afición a coleccionar arte contemporáneo. Yo compartí las pocas cosas de mi vida que podía contar en voz alta: mi pasión por la moda, el voluntariado en una fundación, la nostalgia por la época universitaria. Evité hablar de Edward y de mis responsabilidades como esposa.
Solo hablamos de nosotras.
Pedimos ensaladas con salmón, jugos frescos, un postre para compartir. El mesero nos trató como si fuéramos celebridades, acostumbrado ya a los rostros conocidos y las risas escandalosas. Reímos, nos tomamos selfies, y durante dos horas fuimos libres de las etiquetas.
Cuando la cuenta llegó, la voz de mi amiga elegante sonó segura y suave.
— Déjenme invitar yo. Una cortesía de los Cole, ya saben, tradición familiar cuando se ven a las amigas después de mucho tiempo.
Yuna sonrió, cómplice, mientras yo jugueteaba con la servilleta entre los dedos.
— Eso solo significa una cosa —. Dijo, alzando la ceja—, la realeza siempre paga primero.
— Vamos, Melissa, yo les quiero invitar la comida —. Le dije a mis amigas.
— Tú sabes que Melissa Cole nunca rompe un trato o una tradición familiar. Así que yo pago.
No supe en ese instante cuánto pesaba el significado de esas palabras.