El dormitorio estaba inundado por una quietud espesa. Erik permanecía junto a la cama, con el rostro endurecido por un miedo que no estaba acostumbrado a sentir. Eira seguía allí, inmóvil, frágil y pálida como la luz del amanecer que todavía no llegaba. Su respiración era un hilo que se tensaba y aflojaba sin ritmo, negándose a estabilizarse.
Erik apretó los puños cuando sintió que el lazo apenas le murmuraba. Ya no ardía, ya no tironeaba con ese instinto vivo. Estaba apagándose, como un puñado de brasas sofocadas bajo la ceniza húmeda.
—No te atrevas —murmuró, inclinado hacia ella—. No me dejes ahora.
Sus pensamientos regresaron sin permiso a lo ocurrido: el instante de intimidad, la cercanía abrasadora, el calor compartido… y luego, el polvo n***o flotando en el aire, inofensivo a la vista, pero mortal al contacto.
Luego, el recuerdo del cuerpo de Eira doblándose de golpe, con su último esfuerzo por respirar y su piel tornándose cada vez más fría, dejando ver sus venas oscurecidas como si algo la estuviera envenenando por dentro.
Erik nunca se había sentido tan cerca de perder algo que ni siquiera sabía que necesitaba hasta ese punto.
La puerta se abrió de golpe. El médico entró jadeando, cargando una bolsa de frascos y pergaminos. Dos asistentes lo siguieron con mantas y otros accesorios. Examinó a Eira sin pronunciar alguna palabra.
Primero, tomó su pulso. Luego, revisó la reacción de sus pupilas. Después, palpó con inquietud la zona donde las venas comenzaban a ennegrecerse bajo la piel.
Probó tres métodos de urgencia. Una infusión tibia para estimular el flujo vital. La esencia de una luna fría para detener inflamación mágica y, por último, un sello curativo de contención para frenar la expansión de la sombra.
Nada funcionó. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier diagnóstico. El médico se volvió hacia Erik con el rostro desencajado.
—Alfa… —dijo finalmente— no puedo hacer nada, esto escapa de mis manos, y probablemente de cualquiera de quienes estamos en sus dominios. Necesito permiso para enviar un mensajero.
Erik no apartó los ojos de Eira.
—¿A quién?
El médico tragó saliva.
—A Draven. Y a Lyssandra.
Erik se giró de inmediato con una expresión que daba a entender que contenía un gruñido y desacuerdo.
—¿Por qué diablos querría traerlos aquí?
—Porque lo que afecta a Eira no pertenece a Montaña Azul —explicó el médico, con una sinceridad urgente—. No entiendo si lo que la tiene en ese estado la está enfermando, o simplemente se está llevando su vida. Lo único que le puedo decir con certeza, que, si es magia, es muy antigua, y, desconocida, por lo demás.
Ellos la tuvieron en su poder durante años. Si alguien ha visto algo semejante, o si… —vaciló— si provocaron esto, podrían reconocerlo.
Erik dio un paso amenazante hacia él.
—¿Insinúas que confíe en ellos? ¿Qué se las entregue así, sin más? ¡La mujer que ves en mi cama, es mi Luna, y no tengo intenciones de separarla de mi lado! (gritó con rabia y desesperación)
—No es eso mi líder —respondió el médico con firmeza—. Digo que no tenemos más opciones. Si no vienen, no podremos estabilizarla. Y ella no sobrevivirá la noche.
El lazo emitió un tirón débil. Un susurro apagado. Erik sintió un vacío desgarrador dentro del pecho. No podía perderla. No ahora. No así.
Cerró los ojos, conteniendo el rugido que escalaba por su garganta y con su lobo desplegado a sus espaldas, desesperado por la decisión que debía tomar.
—Hazlo —le ordenó — No puedo dejarla morir.
El médico bajó la cabeza y salió de inmediato.
Mientras la noche avanzaba con una lentitud insoportable, el estado de Eira se iba deteriorando a cada instante. La habitación parecía reducirse alrededor del Alfa, atrapándolo en un sufrimiento creciente. No podía separarse de ella. La tomó de la mano, le habló, le suplicó que despertara, o, al menos que diera alguna señal de que ella lo escuchaba. Pero todo fue en vano. Eira no movió ni un solo músculo de su cuerpo.
—Aguanta, Eira… —susurró, inclinándose hacia su rostro—. Quédate conmigo. Quédate aquí.
Horas después, se escucharon unos por el pasillo del castillo. Unos pasos que cargaban autoridad, odio, y soberbia.
Cuando se abrió la puerta, se vio en el dintel la figura de Draven, imponente y arrogante.
Draven entró primero, con un aura roja, pesada, desafiante. Su primera reacción fue fijar la mirada en Eira, momento exacto donde un brillo extraño la surcó, como si éste fuera el inicio de un triunfo silencioso.
Detrás de él, con movimientos calculados y una sonrisa apenas insinuada, apareció Lyssandra.
Erik sintió al instante cómo el aire se volvía insuficiente e irrespirable.
—Qué lamentable escena —dijo Lyssandra, examinando el cuerpo de Eira como si fuese un objeto roto—. Ella nunca debió alejarse de nosotros. Lo advertí hace años.
Erik avanzó un paso, y su lobo rugió dentro de él.
—No la toques.
Lyssandra alzó una ceja, divertida.
—Relájate, Alfa. Si quisiera matarla, ya estaría muerta.
Draven ignoró el intercambio hostil y se dirigió directo a la cama de la mujer.
Erik bloqueó su paso con un movimiento casi imperceptible.
—No te acerques más.
Draven lo miró a los ojos.
—Si no lo hago —dijo con voz grave—, Eira morirá. ¿Acaso no te has dado cuenta? La mujer que tienes en tu cama, y que no me entregaste para darle los cuidados necesarios es mi Luna, y muy pronto será mi mujer. ¿Es tanta tu obsesión que estás dispuesto a dejarla morir antes de que me la lleve?
El médico intervino rápido.
—Alfa… su presencia podría estabilizar lo que sea que está ocurriendo. Es la única forma que tenemos de ver si el Alfa Draven la puede ayudar.
Erik quiso negarse. Quiso arrancarle la garganta a Draven. Pero entonces vio el pecho de Eira. El movimiento era cada vez más débil y la piel cada vez más fría.
Y el lazo, con cada minuto que pasaba se apagaba más.
Retrocedió sólo lo suficiente.
Draven se inclinó sobre Eira, y apenas su mano rozó la sábana ella jadeó. Era un sonido leve, pero real. Sus dedos se crisparon, mientras se observó como un temblor recorría su cuerpo. Sus mejillas recuperaron algo del color, y el veneno se detenía en seco.
Erik sintió que el mundo se derrumbaba.
—¿Qué estás haciendo? —rugió.
—Nada —respondió Draven con una calma escalofriante—. Ella simplemente responde a mi presencia, como debe ser.
Lyssandra observaba con una sonrisa venenosa.
—A veces, Alfa, los lazos verdaderos no son los que uno desea, sino los que nacieron antes.
Erik sintió que algo dentro de él se quebraba. No lo creía. Lo que sucedía no era cierto, ellos tenían su conexión, su lazo fuerte e inquebrantable. El Alfa estaba seguro de que Eira era para él.
Sin embargo, aquel lazo se iba desvaneciendo, como si Eira fuera arrancada lentamente de él.
—Erik… —susurró el médico, con voz apretada— debemos dejar que se la lleven. Por ahora. Es la única forma de mantenerla con vida. Es evidente que ellos están conectados, y que él es lo mejor que Eira puede tener para seguir adelante.
Aquellas no eran simples palabras, era afilados cuchillos que lo atravesaban lentamente.
Draven extendió los brazos. Tomó a Eira con una suavidad inesperada, pegándola contra su pecho como si fuera un tesoro preciado.
Erik sintió que el corazón se le detenía. Tuvo que contener el impulso de transformarse y desgarrarlo allí mismo.
Draven lo miró antes de partir.
—Prometo que vivirá —dijo, con voz grave—. Pero lejos de ti. A mi lado, como debe ser, como está escrito por la Diosa Luna.
Erik apretó los dientes con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre en la boca.
—Si le haces daño —susurró—, no habrá mundo en el que puedas esconderte.
Cuando se llevaron a Eira, el dormitorio quedó insoportablemente vacío. El lazo fue un eco que se comenzaba a alejar por esa ausencia, abriendo con ello una herida desgarradora.
Erik apoyó una mano en la pared. Su respiración tembló.
—Eira… —fue todo lo que pudo decir.
Muy lejos de allí, la amante de Draven observaba desde un pasadizo lateral como su Alfa cargaba a Eira en sus brazos. Sus ojos ardían con un odio venenoso.
Sostenía un pequeño frasco en la mano. La sustancia negra se agitaba en su interior.
—No debiste sobrevivir aquella vez —susurró—. No sobrevivirás ahora.
Mientras Draven y Lyssandra se alejaban con la joven en sus brazos, una nueva sombra avanzaba en silencio…
Dispuesta a terminar lo que había empezado.