Erik guardó silencio unos segundos más. No la observaba como el Alfa que analiza una amenaza ni como el guerrero que evalúa una batalla. La miraba como alguien que había perdido el terreno firme bajo los pies y aun así decidía no retroceder.
—Hay algo en ti que no logro comprender… —murmuró al fin.
Su voz no era dura. Tampoco interrogativa. Más bien era honesta, se podría decir que hasta fracturada.
Eira alzó apenas el rostro, sorprendida por el tono. No había juicio en él, solo una tensión profunda, como si esas palabras costaran más que cualquier enfrentamiento.
—Pero cada vez que te alejas, siento que me arrancan algo del pecho. —dijo, mientras se llevaba una mano a su propio corazón— No es miedo —admitió—. Tampoco deseo solamente. Es otra cosa. Algo que no reconozco y, que sin embargo sabe exactamente dónde herirme.
Eira contuvo la respiración. Ese era el miedo que no supo nombrar.
Erik dio un paso hacia ella sin invadirla, solo se acercó lo suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo.
—He vivido toda mi vida sabiendo quién soy —continuó en voz baja y de muy poco humor—. Un Alfa. Un guardián. Un líder, siempre con los pies muy puestos en la tierra. Hasta que apareciste tú.
Eira sintió que algo se tensaba dentro de ella, resonando con cada una de sus palabras
—No te estoy pidiendo respuestas —dijo Erik, deteniéndose frente a ella—. No te estoy pidiendo que recuerdes lo que aún no puedes.
Sus ojos profundos la sostuvieron con una firmeza que no la oprimía, pero tampoco cedía.
—Solo necesito que sepas esto: desde que llegaste, todo en mí responde a ti. Aunque no lo entienda. Aunque me asuste porque algo como lo que me está pasando me hace débil, vulnerable, y, dependiente.
Eira tragó saliva.
—No eres solo tú. A mí también me pasa —susurró—. Cuando no estás cerca, siento como si algo dentro de mí necesitara buscarte con desesperación.
Negó levemente con la cabeza.
—No sé qué es esta conexión tan fuerte que ha despertado en mí.
Erik exhaló lento, casi como un lobo intentando calmarse.
—Eso —dijo—. Esa sensación.
Alzó la mano, pero se detuvo a medio camino, dándole espacio para apartarse si lo deseaba.
—Eso es lo que temo perder.
Y por primera vez, Eira vio en él no al Alfa invencible, sino a un hombre atravesado por algo más grande que su voluntad.
Ese fue el instante exacto en que el lazo se tensó. No como una orden, sino como una elección compartida.
Erik no retiró la mano. Al contrario, acortó la distancia con ese único paso que faltaba, el que ya no permitía dudas. La calidez de su cuerpo envolvió a Eira, con una suavidad firme e inevitable.
—No quiero perderte —dijo, esta vez sin rodeos—. Y no sé en qué momento dejé de preguntarme cómo evitarlo. Solo sé que no estoy dispuesto a hacerlo.
Eira sintió que las palabras le golpeaban el pecho con más fuerza que cualquier contacto. El lazo respondió de inmediato, tenso, ardiente, expandiéndose como una corriente cálida que la obligó a apoyar una mano contra él para no tambalear.
—Erik—susurró, pero su nombre no fue un llamado: fue una rendición.
Él alzó la mano que había quedado suspendida y, esta vez sí, la apoyó con cuidado sobre su mejilla, obligándola suavemente a mirarlo. Sus dedos temblaron; no por inseguridad, sino por el esfuerzo de contener algo mucho más salvaje.
—Mírame —le pidió Erik
Eira lo hizo. Y en ese instante, todo lo demás dejó de importar.
El aire parecía vibrar entre ambos. El lazo ardía con una insistencia que ya no pedía permiso: reclamaba cercanía, verdad y unión.
Erik inclinó la cabeza, rozando apenas su frente con la de ella. Su respiración era profunda y desbordada.
—Si sigo adelante, no podré detenerme —dijo en un murmullo—
Eira levantó la mano desnuda y la apoyó contra el pecho de él, justo donde el latido golpeaba con fuerza.
—No lo hagas entonces —respondió con voz temblorosa—. No te detengas.
Erik la besó con una necesidad contenida durante demasiado tiempo. Fue un beso lento al inicio, delicado, en el cual sus labios acariciaban los de ella, sintiendo ese roce aterciopelado y excitante. Eira respondió sin vacilar, aferrándose a su camisa, mientras permitía que ese contacto se profundizara hasta robarles el aliento.
Una oleada de calor los recorrió, haciendo que ella jadeara suavemente contra su boca. Erik la sostuvo por la cintura, atrayéndola sin brusquedad, pero sin dejarle espacio para escapar de algo que ella tampoco quería evitar.
Él le quitó lentamente el vestido, deslizando sus dedos sobre el hombro para descubrirla lentamente. Finalmente, la tela cayó sobre el suelo dejando su piel en contacto directo con la del Alfa.
Eira se dejó llevar, envuelta en un torbellino de deseo, mientras Erik la tomaba con ambas manos para dejarla sobre la cama.
Él recorrió su cuerpo completo, explorando cada curva, cada espacio que comenzaba a conocer, ella en cambio, se estremecía con cada roce, cada caricia y cada beso.
Cuando ya no hubo más espacio, Erik la hizo suya, como si siempre le hubiese pertenecido.
El lobo de Erik se desató en medio de aquella entrega, y ella, llegó a un éxtasis que escapaba de su cuerpo, erizaba su piel y tensaba sus músculos.
El movimiento fue lento y suave al principio, pero más tarde desatado y voraz, a tal punto que el Alfa estuvo a centímetros de marcarla y reclamarla como suya, pero se detuvo en el mismo instante que un segundo sello se abrió en el guante de Eira.
Erik apoyó la frente contra la de ella cuando se separó apenas, obligándose a respirar.
—Eira… —le dijo—. No quiero detenerme aquí.
—Lo sé —respondió ella, sin apartarse—. Tampoco quiero que lo hagas. No sé qué me haz hecho, que todo en mi te desea.
Fue entonces cuando Erik rozó con la yema de sus dedos esa piel blanca y tersa de la mujer que ahora era suya.
Se quedaron sentados frente a frente por un instante, contemplándose, con la ilusión de que nada podría alcanzarlos allí; ni el castillo, las amenazas o ese pasado esquivo de recordar. Todo quedó fuera, hasta que de repente, una corriente fría atravesó la habitación como una respiración ajena que obligó a Erik abrir los ojos al instante, en modo de alerta. Eira se separó apenas, confundida.
—¿Sentiste eso? —susurró.
Antes de que él pudiera responder, pequeñas partículas oscuras comenzaron a descender lentamente desde el aire, suspendidas, antinaturales.
Era un polvo n***o que navegaba libre por la atmósfera.
La sustancia no cayó de golpe, sino que flotó libre y sin restricciones en el aire.
Erik fue el primero en reaccionar, girando el rostro, buscando el origen de aquella presencia imposible.
—Eira… —alcanzó a decir.
Pero ya era tarde. Una de las partículas rozó la piel desnuda de ella, y, apenas alcanzó mínimo de contacto, jadeó, llevándose la mano al pecho como si algo invisible la hubiese atravesado desde dentro.
El lazo ardió. No como antes, esta vez con un dolor seco, inmediato y brutal.
Eira se dobló contra el Alfa con un espasmo violento. Erik la sostuvo al instante, sintiendo cómo su cuerpo perdía rigidez, peso, equilibrio.
—¡Eira! —rugió—. ¡Mírame!
Ella intentó respirar, pero no pudo. El aire parecía haberse vuelto sólido en sus pulmones. Su garganta emitió un sonido ahogado y desgarrador. Sus dedos se aferraron a la piel de Erik con una desesperación instintiva, mientras su cuerpo comenzaba a enfriarse entre sus brazos.
Entonces Erik lo vio. Bajo la piel clara de Eira, las venas comenzaron a delinearse como sombras líquidas. Primero en el cuello. Luego descendiendo por los brazos, marcándose con un tono oscuro, antinatural, como si algo estuviera contaminando su sangre a toda velocidad.
—No… no… —murmuró Erik, aterrorizado.
Las pupilas de Eira se dilataron. Sus ojos ámbar perdieron la luz y el brillo, mientras su espalda se arqueó en un último intento por tomar aire.
Luego el cuerpo de ella quedó rígido, atrapado en un silencio espantoso mientras el polvo seguía cayendo.
Erik la tomó con fuerza, apoyando su frente contra la de ella, como si intentara transmitirle vida solo con tocarla.
—¡Resiste! —gritó—. ¡Escúchame, por favor, resiste! ¡No te vayas, no me dejes!
Pero Eira no respondió.
Y entonces el Alfa alzó la cabeza, con los ojos encendidos y la voz rota, resonando por todo el castillo.
—¡¡AYUDA!! —rugió—. ¡¡¡QUE ALGUIEN VENGA AHORA MISMO!!!