CAPÍTULO 10 — Tres Sombras Sobre la Luna

1493 Words
El aroma a hierbas quemadas y metal antiguo llenaba la habitación oculta en el Castillo de Lyssandra. Era un salón sin ventanas, excavado profundamente en la piedra, donde la magia no solo se practicaba: se retenía. Las runas grabadas sobre la mesa de piedra palpitaban con una luz tenue mientras Lyssandra las examinaba con atención milimétrica. La estancia vibraba con una energía tensa, envejecida por siglos de rituales prohibidos, una magia que no estaba viva… pero tampoco dormía del todo. Draven caminaba de un lado a otro como un lobo enjaulado. Sus pasos eran erráticos, cargados de furia contenida. —No puedo quedarme de brazos cruzados —escupió, deteniéndose de golpe—. Esa bestia azul la tiene en su castillo. Bajo su techo. Bajo su protección. Alzó la voz, incapaz de ocultar la g****a en su control. —No sé qué ha hecho, pero esa cercanía y obsesión del Alfa no son normales. Lyssandra no se giró. Continuó deslizando los dedos sobre los símbolos, como si la presencia del Alfa rojo fuera apenas un ruido de fondo. —Lo que ha hecho —corrigió, con una calma tan fría que resultaba cortante— es darle su sangre. Eso basta para activar un sello. Pero no para romper el guante. Draven golpeó la mesa con el puño. —¡¿Qué estás diciendo, Lyssandra?! —gruñó—. ¡Ellos no pueden tener esa conexión! ¡Eira es mía! Su voz se quebró apenas, traicionando algo más profundo que el enojo. —¡Debemos sacarla de ese castillo ahora, o esto terminará mal! Ella despertará ese poder que TÚ me prometiste. La bruja se volvió por fin. Apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia él como una serpiente que decide atacar. —Por lo mismo te mandé a llamar —respondió con una voz afilada—. Ya estoy trabajando para sacarla de ahí, sin que nos veamos involucrados. Sus ojos chispearon con desprecio. —No estoy dispuesta a perder todo el esfuerzo de años esperando que llegue el momento de la liberación del poder de esa estúpida. Enderezó la espalda. —No la perderemos. Y tú tendrás el derecho de reclamarla, someterla y hacer con ella lo que quieras. La rabia vibró en el pecho de Draven. Todo lo que había construido, cada pacto, cada espera, se tambaleaba por culpa de un Alfa que no debía existir en sus planes. Al fondo del salón, suspendida por cadenas incrustadas con símbolos de contención, la Arcana permanecía inmóvil. Su cuerpo estaba marcado por algunas heridas antiguas y recientes; pequeños cortes rituales, magulladuras y quemaduras que no habían sido hechas con fuego común. Respiraba con dificultad, y su mente, divagaba por un lugar que no era el físico, sino uno más lejano. Sus ojos veían el hilo que nacía del pecho de Eira y que se extendía hacia Erik. También observaba cómo éste se proyectaba silenciosa e invisible por toda Montaña azul. Sentía correr la sangre de la joven como si fueran sus propias venas. En ellas, un poder que comenzaba a formarse como si fuera una llave para abrir una puerta que, una vez abierta, no se volverá a cerrar. —Él la protege —susurró la Arcana—. Y ella… ya lo escucha. Draven se giró con violencia. —¡Cállate! Las cadenas tintinearon cuando ella levantó lentamente el rostro. Sus labios estaban pálidos, pero su voz era firme. —Si sigues por este camino, Alfa rojo… tu destino será la muerte. Lyssandra alzó una mano, reclamando silencio. —Tenemos prioridades —sentenció—. No vamos a atacar Montaña Azul. Erik es fuerte, disciplinado, y su manada está bien entrenada. Llegar de frente solo nos llevará al fracaso, a la condena. —Entonces dime qué sugieres —gruñó él—. Porque no voy a verla convertida en Luna de otro. (Respiró hondo). —No después de todo lo que hicimos para mantenerla lejos de su poder. Lyssandra sonrió de costado. —Sugiero que dejemos que ellos mismos cometan el error. Draven entrecerró los ojos. —¿Cómo? La bruja tomó un frasco con polvo plateado y lo agitó suavemente. Del interior surgió una nube luminosa que se elevó unos centímetros y, por un instante, adoptó la forma del guante de Eira. —La sangre de Erik acelerará el proceso del guante—explicó—. Cuando el segundo sello tiemble, la magia comenzará a desbordarse. Y en ese momento, Montaña Azul comenzará a desestabilizarse. —¿Quieres provocar caos en su territorio? —preguntó Draven en voz baja, entendiendo al fin. —Exacto —confirmó ella—. Cuando la magia despierte, Erik no podrá controlarla, y, entonces tendrá que dejarla ir. Los ancianos lo presionarán, también su manada… y por supuesto tú, exigiendo su regreso. Le demostraremos que solo tú puedes contenerla. La Arcana se estremeció. Si se alteraba el curso natural del despertar de su poder, todos peligrarían, partiendo por la misma Eira. —Despertarla sin guía —murmuró— puede matarla. Lyssandra la miró con absoluto desdén. —Para eso te tengo a ti, anciana inútil. Me ayudarás a evitar que muera. Al menos hasta que yo decida lo contrario. Las cadenas se tensaron. La Arcana cerró los ojos un instante. Si debo obedecer, obedeceré, pensó para sí. Sin embargo, ella había tomado una decisión en silencio. La joven no iba a despertar sola. Draven cerró el puño con fuerza. Su obsesión por Eira era peligrosa, pero su ambición lo era aún más. LA SOMBRA CELOSA En otra parte del castillo, una mujer de cabello oscuro caminaba por un pasillo frío y silencioso. La amante de Draven, la autoproclamada Luna de la Montaña Roja se devanaba los sesos pensando en Eira. En su mirada ardía un odio visceral. Entró en su habitación, cerró la puerta y rompió una jarra contra la pared. —¡Esa maldita mujer! —susurró entre dientes—. Me lo quiere quitar todo. Todo lo que me pertenece por derecho. Sobre su cama, extendido sobre su manta, tenía un mapa del territorio de Erik, con el castillo de Erik marcado en rojo. Y más abajo, escritos con tinta rabiosa: “Si no vuelve conmigo… no volverá con nadie.” Tomó un pequeño frasco con esencia negra, prohibida incluso entre los brujos. —Draven la quiere viva —dijo con un tono burlón—. Pero yo no. Deslizó un dedo sobre el frasco y lo guardó entre sus ropas. —No la podrán traer de vuelta, por lo menos, no viva. —Y yo volveré a ser la única Luna en su horizonte. CONJUNCIÓN El círculo ritual respondió al último trazo de Lyssandra con un estremecimiento profundo. No fue luz lo que emergió, sino una presión invisible, como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado. Las runas que ya no estaban en la mesa, sino bajo los pies de la mujer bruja pulsaron con un resplandor opaco, irregular, dejando un silencio antinatural en el salón. Las cadenas de la Arcana crujieron, en tanto, sentía como sus latidos eran erráticos y dolorosos. Forzada a mirar hacia un lugar que no debía. El segundo sello no… no podemos… Alzó lentamente la cabeza. Sus pupilas se contrajeron, como si una luz le atravesara los ojos desde dentro. —Algo se ha desviado —susurró. Draven frunció el ceño. —¿Qué dices? La Arcana tragó saliva. Sentía la vibración viajar a través de los hilos invisibles que conectaban sellos, voluntades y traiciones. —No es el ritual —dijo con dificultad—. Algo se está liberando fuera de él. —Habla —dijo Lyssandra. La Arcana cerró los ojos. El esfuerzo la hizo gemir levemente cuando una oleada de imágenes la atravesó: había una piedra gris, unos muros, y otro castillo con una presencia oscura, oculta y ansiosa. —El poder no ha ido hacia ella —murmuró—. Ha sido entregado y recogido. Un mensajero, un receptor. Draven dio un paso al frente. —¿Recogido por quién? La Arcana negó lentamente, aterrada. —No por el Alfa azul… no eres tú, tampoco Lyssandra. Es alguien que busca una muerte y una posesión. Lyssandra comenzó a verse irritada. —Imposible. Nada sale de este círculo sin que yo lo permita. La Arcana dejó escapar una risa baja, rota. —Eso crees porque miras el poder…pero no miras el odio. Las cadenas vibraron con fuerza esta vez. —No están buscando reclamar a la Luna —continuó—. Alguien quiere que no exista. Lyssandra no respondió de inmediato. Su mirada, por primera vez mostró algo distinto al control. EN EL CASTILLO DE MONTAÑA AZUL En un pasillo secundario y escondido se veía como unas manos enguantadas recibían un frasco con una sustancia negra. Las manos lo depositaron con cuidado sobre una mesa de madera maciza. Lejos de ahí, una sombra ambiciosa y herida observaba el inicio de su plan.
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