CAPÍTULO 9 — Cuando la Luna abre los ojos

1999 Words
Eira abrió los ojos. Al principio fueron unos torpes parpadeos, una línea borrosa de luz filtrándose entre sus pestañas. El techo de piedra, la luz de una chimenea cercana, y una leve desorientación. Su cuerpo no dolía como antes, pero ardía, no en la piel, sino por dentro. El latido no era el mismo, había una vibración, un calor que la recorría, que arrasaba a través de sus venas, como un río salvaje y luminoso. Se llevó la mano descubierta al pecho y respiró hondo. El aire estaba impregnado del aroma cálido que había percibido antes de caer inconsciente: a madera, invierno y tormenta. Erik. El nombre cruzó su mente sin pedir permiso. Eira se incorporó lentamente, sosteniéndose con la mano libre. Cada movimiento removía dentro de ella ese calor que no sabía si la fortalecía o la consumía. Su vestido estaba desordenado, su cabello húmedo por el sudor de la fiebre, y percibió la manta suave que la cubría. Cerró los ojos y entonces otros recuerdos la golpearon, un destello blanco, una cueva con un fuego que no quemaba, su madre llorando, y, una voz profunda, suave y triste que le decía: “No temas pequeña luz. Un día despertarás” Eira jadeó, llevándose la mano a la frente. —¿Qué soy? —susurró, sin fuerza. Otro recuerdo la alcanzó: Erik estaba sobre ella, sosteniéndola mientras la llamaba; la tibieza de su sangre rozando sus labios y ese calor encendido en ella. Sintió cómo sus ojos ámbar, destellaban sin control. Eira se tocó la garganta, recordando el temblor de su cuerpo, la presión del lazo, y un rugido que provenía del lobo de Erik. El guante metálico emitió un leve chasquido. Ella lo miró con horror, había una línea casi imperceptible bajo el metal, como si algo se hubiese aflojado. —No… no otra vez… —murmuró. Su respiración se aceleró. El calor se expandió desde su pecho, hasta su espalda. Sus ojos se encendieron nuevamente, y, veía en el reflejo del ventanal de la habitación, ese color inconfundible. No sabía si estaba rompiéndose lentamente. La puerta se abrió con suavidad. Eira se giró de golpe con aquel brillo aún visible. Erik entró y se detuvo en seco al verla. Sus miradas se encontraron y el lazo vibró como una cuerda tensada hasta el límite. —Eira… —su voz fue un susurro grave. Ella tragó saliva, temblando. — ¿Qué me está pasando? Erik avanzó hacia ella despacio. —Te despertaste —dijo —. Gracias a la Diosa Luna. El tono hizo que los ojos de Eira se nublaran. Percibía cierto alivio, tal vez algo de miedo contenido. —Lo último que recuerdo—murmuró—. Es el castillo de Lysandra. Me desmayé. Y luego, apareciste tú. Y (hizo una pausa) me diste de tu sangre. ¡¿Por qué hiciste eso?! —Porque estabas muriendo —respondió él, con la voz rota—. Porque sólo la idea de perderte me destruyó. Y porque eres mi Luna. Eira sintió que las piernas le flaqueaban mientras se estremecía desde los pies, hasta la cabeza. El lazo reaccionó, envolviendo sus costillas como un hilo de calor dulce y doloroso. —¿Qué viste cuando bebiste? —preguntó Erik, acercándose más. Eira bajó la mirada. —Vi fuego a mi madre, otra persona y algo dentro de mí que trataba de salir. Erik extendió la mano hacia ella, sin tocarla y ella alzó el rostro, lo que provocó una tensión que se respiraba, que impregnaba el aire. —Eira —susurró él—. Necesito que me digas la verdad. ¿Quién eres realmente? Sus palabras hicieron que la joven se estremeciera. Ella no tenía las respuestas. Sólo cargaba con algunos recuerdos fragmentados. Sentía miedo de no saber lo que era y de no lograr recordar más de lo que su mente le permitía. Se apartó unos pasos, devolviéndose hacia el ventanal con vistas al bosque. Una luz azulada entraba suavemente, difuminándose en las motas de polvo suspendidas en el aire. Eira apoyó la palma desnuda sobre el vidrio frío, en tanto dejaba la del guante caer a su costado. —No sé quién soy —susurró. La superficie helada del ventanal comenzó a empañarse bajo su respiración temblorosa. Eira cerró los ojos y buscó recuerdos entre la maraña gris que no le permitía tener la suficiente claridad de las imágenes. —Recuerdo a mi madre. No mucho, pero sí su rostro. Ella siempre estaba triste, aunque intentaba ocultarlo. Tenía miedo y yo nunca entendí de qué. O de quién. Tembló. —Ella me escondía. A veces lloraba cuando creía que yo dormía. Y después… una noche —tragó saliva— unas personas llegaron al lugar donde vivíamos. Gente de Lysandra, y nos sacaron de ahí. Yo quedé encerrada en las celdas, y mi madre… no lo sé, al parecer murió tratando de salvarme. Mi madre, Erik, murió por mi culpa. Su cuerpo se estremeció. —No sé quién es mi padre —admitió llena de dolor—. No sé si está vivo. No sé si alguna vez me quiso. Nunca me dijeron nada. Solo crecí con la esperanza que algún día apareciera. Eira apretó los ojos, conteniendo una lágrima. Erik no dijo nada. No podía. Las palabras eran inútiles frente al peso de esa historia. Se acercó a ella despacio, como si temiera incomodarla. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó su mano y la apoyó suavemente sobre la mano de Eira contra el vidrio. Ella sintió su piel caliente, inhaló bruscamente. Mientras, Erik envolvía sus dedos con los de ella. Su pecho casi rozaba su espalda. Su respiración casi animal, se sintió en la nuca. —No deberías haber vivido eso —murmuró él. Ella no se movió. No podía. Sintió cómo el lazo la aprisionaba contra él. —Tu madre te protegió como pudo —continuó Erik—. Y quienquiera que haya sido tu padre debería haber estado allí. —Aprieta un poco más su mano—. Nadie merece lo que te hicieron desde niña. Eira apoyó la frente contra el vidrio, con los ojos llenos de un dolor antiguo. —A veces pienso que él me dejó porque soy así, distinta, peligrosa, creo. Erik deslizó su otra mano por su cintura, atrayéndola contra él con una suavidad que la dejó sin aliento. No en tono de posesión, sino de refugio. Él levantó la mirada hacia el mismo paisaje repleto de frondosos árboles y montañas lejanas que ella observaba. —No eres peligrosa, Eira —susurró en su oído—. Lo que sea que hay en ti no nació para destruirte. Ni para destruirnos. Ella cerró los ojos, sintiendo cómo el lazo continuaba tensándose, vivo, ardiente, queriendo unirlos aún más. —Erik… —dijo con voz temblorosa—, cuando pienso en ti, cuando te siento cerca, algo en mí responde, un impulso que no comprendo. El Alfa apoyó su frente en la cabeza de Eira. Su voz era un murmullo profundo, pero contenido. —Lo sé… yo también lo siento. Y no puedo controlarlo. — le dijo mientras cubría su mano con la que ella tenía sobre el vidrio. —Hay algo más… —susurró—. Cuando bebí tu sangre vi cosas. Oí voces. Vi una luz. Escuché mi nombre en una lengua que no conozco. Como si me llamaran desde un lugar que ya no existe, y, sentí una tristeza inmensa en ti. Erik contuvo el aliento. Ella giró ligeramente el rostro hacia él. Sus ojos ámbar brillaron, llenos de confusión y dolor. —¿Qué me está pasando, Erik? Él respondió sin dudar. —Vamos a descubrirlo juntos. No estás sola. No voy a dejarte. Y así quedaron, unidos por la mano, el vidrio, el paisaje helado, y un lazo que comenzaba a abrir puertas que ninguno sabía cómo cerrar. El aire seguía atiborrado de sentimientos incontrolables entre ellos. La mano de Erik sobre la de Eira, su pecho contra su espalda, la respiración sincronizada… el lazo vivo, cálido, reclamando más unión, más cercanía. Pero entonces, Un golpe suave en la puerta. Luego otro, un poco más insistente. Erik frunció el ceño y Eira dio un ligero salto, sobresaltada. —Permiso, mi Alfa —dijo una voz nerviosa al otro lado—. La joven… necesito revisarla. (Era el médico) Erik cerró los ojos un instante, reprimiendo el gruñido que rugía en su pecho por ver interrumpido ese momento. Se apartó apenas de Eira, pero mantuvo su mano en la cintura de ella, como si temiera que desapareciera si la soltaba. —Entra —ordenó finalmente. La puerta se abrió con un chirrido leve. El médico dio dos pasos dentro de la habitación y se detuvo. Su mirada cayó sobre Eira primero. Luego, sobre Erik. Pero no terminó con esa inspección visual, a ellos le siguió ver el lazo que vibraba entre ambos y, finalmente el guante. Su expresión cambió, ya no era el profesional dedicado a la salud de la manada de su Alfa, ahora era un simple lobo viejo, inquieto y sobresaltado tras prestar mayor atención a algo que había visto someramente. —Mi Alfa… —susurró—. No pensé que estuviera, ya despierta. Eira bajó la mirada, incómoda. Erik, sin embargo, tensó los hombros. —La revisaste hace dos horas —respondió él, seco—. Quiero saber su evolución. El médico tragó saliva y avanzó con cautela, como si temiera acercarse demasiado a Eira. Se inclinó para observarla, pero cada vez que su mano se acercaba demasiado, el lobo de Erik gruñía por lo detrás. Apenas audible, pero suficiente para helar la sangre. —Sus heridas están cerrando con rapidez —dijo el médico, desconcertado—. No es normal, ni siquiera para un lobo—. Se detuvo al encontrarse con los ojos de ella. Los ojos ámbar. Encendidos y vivos de una forma que él no había visto jamás. Retrocedió un paso. —¿Qué eres…? —murmuró sin pensarlo. Eira abrió los ojos con sorpresa y dolor. Mientras, Erik dio caminó con una postura protectora. —Cuida tus palabras —gruñó— El médico parpadeó, nervioso. —Mi Alfa no pretendía ofenderla, pero, jamás había visto unos ojos como esos, ni ese guante, o su rápida recuperación. El pulso de Eira se aceleró y el Alfa a pasos de descontrolarse. El médico carraspeó y dio un paso atrás. —Procuraré ser breve. Solo necesito verificar algunas cosas. Erik soltó la cintura de Eira a regañadientes, pero no se alejó más que un par de centímetros. Su presencia se mantenía al lado de ella como un escudo viviente. El médico se acercó con las manos temblorosas, revisando sin tocar demasiado. —Su temperatura —dijo sorprendido— está elevada, pero no por fiebre. Calor interno. Como una energía. Erik sintió la mirada de Eira sobre él. Ambos sabían que era cierto. Lo habían percibido juntos. —¿Es grave? —preguntó Erik. —No lo sé —respondió el médico con brutal honestidad—. Nunca había visto algo así. Pero, sea lo que sea —miró a Eira con un leve temblor— no pertenece al mundo de los lobos. Eira bajó el rostro y Erik dio otro paso situándose entre ella y el médico. —Es suficiente —dijo con tono final—. Puedes retirarte. El médico abrió la boca como si quisiera decir algo más, pero al ver la mirada de su líder simplemente asintió. —Sí, mi Alfa. Recogió sus instrumentos y, antes de salir, lanzó una última mirada cargada de temor, o presagio. —Deben tener cuidado. Lo que despierte en ella puede ser peligroso. La puerta se cerró. El silencio volvió, íntimo, eléctrico. Eira exhaló lentamente, apoyándose de nuevo en el ventanal. Erik se acercó por detrás, lento, hasta posar su mano nuevamente sobre la de ella. Como si tan solo este contacto fuera lo único capaz de mantener estable el mundo.
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