El despacho de Erik estaba sumido en un silencio espeso, apenas iluminado por la luz gris que entraba a través de los ventanales. El Alfa caminaba de un lado a otro, inquieto, con los puños apretados. Desde que Eira había abierto los ojos —aunque fuese sólo por un instante—, algo en él había cambiado. Algo imposible de ignorar.
La puerta se abrió sin aviso.
Rokkan entró primero. Y detrás de él, con la solemnidad de un enemigo que aún finge cortesía, apareció Draven, el heredero de la manada de la Luna Roja.
Su presencia transformó el ambiente en un denso y espeso pulso de veneno silencioso.
—Alfa Erik —saludó Draven con una calma mesurada—. Gracias por recibirme sin anuncio previo. Mi visita será breve, en la medida que mi solicitud sea aceptada.
Erik no devolvió la sonrisa.
—Habla, te escucho.
Draven avanzó unos pasos con la postura de quien está acostumbrado a imponer autoridad.
—Estoy buscando a una joven de mi manada —dijo—. Su nombre es Eira. Su rastro termina aquí. Eso me hace pensar que ella debe estar en este castillo.
Erik mantuvo la mirada fija en él.
—Es cierto, ella se encuentra acá. La tengo bajo mi cuidado.
Draven pareció respirar con alivio… pero sólo por un segundo.
—Debo llevármela —continuó—. Nuestra ceremonia de unión se vio interrumpida por su desaparición. Eira es fundamental para mi manada… y, por supuesto, para mí.
Erik no parpadeó.
—La encontré malherida —respondió—. Sangrando. Tirada dentro de mis dominios, al borde de la muerte. Y según las leyes de las manadas, cualquier víctima atacada en territorio ajeno queda al amparo del Alfa del territorio donde fue dañada.
El rostro de Draven se tensó.
—Entiendo las reglas, pero no puedes quedarte con ella. Es mía por derecho.
Rokkan intervino con voz firme.
—Los pactos son claros. Si fue herida aquí, Erik es su custodio hasta su total recuperación, y, hasta encontrar a los responsables de un acto tan despiadado y vil.
Draven respiró hondo, conteniendo su molestia.
—Bien, por supuesto, es completamente entendible. Entonces, si no me la puedo llevar en estos momentos, entendería que al menos me permitirán verla. Quisiera asegurarme que se encuentra en buen estado.
Erik avanzó un paso, bloqueándolo.
—No. Está inconsciente. El médico ordenó reposo absoluto. Nadie la verá hasta que despierte, y en su estado, no sabemos cuándo ocurrirá.
El silencio cayó como un golpe entre ellos.
—¿Estás negándome ver a mi propia prometida? —preguntó Draven.
—Sólo me estoy ciñendo a las leyes. Es importante respetarlas, no seremos nosotros quienes quiebren pactos ancestrales. – Contestó Erik.
La máscara de serenidad de Draven se quebró apenas un momento… pero lo suficiente para revelar el peligro tras ella.
Finalmente asintió con una calma envenenada.
—Lo respetaré. Por ahora. - Murmuró el Alfa.
Se dio media vuelta como si fuera a marcharse, pero en vez de dirigirse a la salida, intentó subir las escaleras hacia el piso superior. Erik lo interceptó con un movimiento seco.
—No. Ya lo dije, ¿será que no fui claro?
Draven lo evaluó con una mirada oscura.
Luego sonrió.
—¡Por supuesto!, fueron solo las ansias de ver a mi mujer, a mi futura Luna. ¿Creo que puedes ponerte en mi lugar, cierto Alfa Erik? Confiaré en tu palabra.
—Más te vale —respondió él.
Rokkan escoltó a Draven hasta la salida del castillo. El sonido de la puerta cerrándose resonó por todo el corredor.
Cuando quedaron solos, Erik apoyó ambas manos sobre el escritorio. Su respiración era áspera. Tenía la sensación de que algo invisible lo había desgarrado por dentro.
Entonces sintió ese tirón, esa presión. Era su lobo, que emergía desde su interior y se presentaba
—Erik. (La voz retumbó con un gruñido primitivo.)
—Habla —ordenó él.
—Ese Alfa no vino a recuperarla. Vino a medirnos. A oler nuestro lazo. A confirmar lo que teme.
Erik cerró los ojos.
—Su esencia está contaminada —continuó el lobo—. No es un lobo puro. Hay algo más en él. Algo antiguo. Algo que no pertenece a nuestras tierras.
—Lo percibí —admitió Erik.
—No lo dejes acercarse a ella. No aceptes su paciencia ni su resignación. Son una farsa. Él la quiere y la reclama como suya.
Erik apretó los dientes.
—Retenla. Protégela. No la dejes ir. Nuestra Luna no puede regresar con ese Alfa. Algo terrible sucederá si el consigue sacarla de nuestro lado, de nuestra manada.
Erik abrió los ojos. Su mirada brillaba con una intensidad feroz.
—No la tendrá. Aunque tenga que romper el mundo por ello.
Rokkan lo observó desde la puerta.
—¿Erik? ¿Qué ocurrió?
—Draven no ha terminado —respondió él—. Y nosotros tampoco.
Fuera del castillo:
Las hojas crujían bajo las botas del Alfa de la manada Lobo Rojo mientras se alejaba del castillo de Montaña Azul. Draven no quiso que sus guardias lo vieran tenso, así que caminó delante de ellos, con paso firme, mascando cada palabra de la conversación que acababa de tener.
“El muy bastardo.”
Se ajustó el manto rojo, irritado.
—Erik actúa como si tuviera derecho sobre Eira —murmuró—. Como si ella le perteneciera. Como si… hubieran despertado un vínculo.
Eso lo molestó más de lo que admitiría. Eira no era sólo una chica entregada a su manada, era su llave, su futura Luna, su acceso a un poder que nadie podría conseguir jamás.
—No lo permitiré —susurró con un brillo oscuro en los ojos—. Eira volverá conmigo. No me importa si tiene que ser a la fuerza.
Respiró hondo y se calmó.
—No romperé pactos. Al menos no aún. Pero no pienso dejarla en manos de la manada de la Montaña Azul.
Con esa decisión clara en su mente, siguió caminando hasta desaparecer entre la neblina del bosque.
El castillo de Lysandra emergió entre la bruma como una torre oscura de piedra y secretos. Draven entró con pasos rápidos. Los guardias se apartaron, temerosos de su expresión.
Empujó las puertas del salón sin anunciarse.
Lysandra lo esperaba, rodeada de frascos, artefactos metálicos y una esfera de cristal que pulsaba con un leve brillo plateado.
—No la trajiste contigo, maldita sea —dijo ella sin mirarlo.
Draven apretó la mandíbula.
—Erik la retiene. La encontró en su bosque. Se escuda en las leyes para quedarse con ella.
Lysandra ladeó la cabeza.
—Lo imaginé. Erik siempre fue demasiado correcto. Y demasiado terco.
Draven dio un paso hacia ella.
—Hay algo más. Creo que su lobo reaccionó. Lo vi en sus ojos. Lo vi en cómo me bloqueó cuando intenté subir a verla. Él… la sintió.
Lysandra sonrió con un filo frío.
—Entonces no es una coincidencia.
Caminó hacia la esfera de cristal.
—Hoy, el guante de Eira reaccionó —explicó—. Vibró. Uno de los sellos se desató, se rompió, haciendo ceder un hilo de magia. Débil, pero magia al fin.
Significa que alguien tocó su esencia dormida.
La imagen de Erik sosteniendo a Eira cruzó la mente de Draven como una punzada.
—¿Él? —preguntó con irritación contenida.
Lysandra no respondió. No hacía falta.
—¿Sabe quién es ella? —insistió Draven.
—Lo duda. Lo intuye. Pero aún no lo sabe con claridad—respondió—. Y no quiero que lo descubra antes que nosotros.
Draven respiró hondo, calculaba cada palabra en su cabeza
—La necesito de vuelta, Lysandra. No puedo permitir que otro Alfa la reclame como su Luna. No mientras…
No terminó la frase. Lysandra entrecerró los ojos.
—Ven.
Lo condujo hacia una puerta lateral cubierta de runas. Bajaron por una escalera húmeda hasta un calabozo donde una mujer estaba encadenada a la pared.
Su piel perlada, su cabello blanco ceniza, sus ojos apagados pero antiguos… todo en ella gritaba poder. O lo que quedaba de él.
—¿Quién es ella? ¡Esto es imposible! ¿Una Arcana? —susurró Draven—. ¿Aún queda una viva?
—La última —confirmó Lysandra—. Y la tengo aquí. Para lo que haga falta.
La mujer levantó la cabeza, temblando.
—La Diosa Luna… te harán pagar…
Lysandra chasqueó los dedos. La Arcana cayó en silencio.
—Ella puede manipular los rastros de energía —explicó—. Podría atraer a Eira de vuelta… o alterar los sellos del guante, si necesitamos forzar el proceso.
Draven sonrió con un brillo cruel.
—Entonces úsala. Quiero a Eira conmigo antes de la próxima luna llena.
Lysandra acarició el metal de su cinturón, como quien protege un arma preciosa.
—Lo tendré todo listo.
Y cuando Eira regrese… tú estarás preparado.
Draven miró hacia arriba, hacia la dirección del castillo de Montaña Azul, oculto entre montañas.
—Erik no sabrá qué lo golpeó.
Lysandra cerró la puerta del calabozo con un chasquido metálico.
—Nadie se interpondrá en mis planes, Draven. Ni siquiera un Alfa que cree tener una Luna en su cama.