—¿Por qué el arte? —preguntó él, inesperadamente. —Tu padre mencionó que trabajas en una galería. ¿Qué te apasiona de eso?
Clara parpadeó, sorprendida por la pregunta personal.
—Es libertad —dijo ella, tras una pausa. —Pintar me deja crear mundos donde controlo todo. A diferencia de esto.
Adrián asintió, una sonrisa genuina asomando por primera vez.
—Entiendo —dijo él. —Yo controlo empresas, pero a veces siento lo mismo. Quizás tengamos más en común de lo que piensas.
Clara no respondió, pero sus palabras la inquietaron. ¿Era manipulación o sinceridad? El encuentro terminó con apretones de manos. Adrián sostuvo la de Clara un segundo más, su mirada intensa.
—Piénsalo, Clara —dijo él. —Podría ser interesante.
De camino a casa, Luis no paraba de hablar.
—Fue bien —dijo él. —Es un hombre razonable. ¿Qué piensas?
Clara miró por la ventana, la ciudad pasando en un borrón.
—No lo sé, —admitió ella. —Es... intenso. Pero no confío en esto todavía.
Luis sonrió, satisfecho.
—Dale tiempo, —dijo él. —Mañana hablamos con la familia.
Clara asintió, pero en su mente, el rostro de Adrián persistía, junto con una mezcla de temor y curiosidad inexplicable. El encuentro había sido tenso, sí, pero también el comienzo de algo que no podía ignorar.
Clara Luján salió del hotel central con la mente hecha un torbellino, el eco de la voz profunda de Adrián Ferrera resonando en sus oídos como un eco persistente. El encuentro había sido más intenso de lo que esperaba: no solo por las cláusulas frías del contrato que Julián había detallado con precisión quirúrgica, sino por la forma en que Adrián la había mirado, como si estuviera desentrañando capas que ella misma no sabía que existían. Caminaba al lado de su padre, Luis, por el vestíbulo bullicioso, donde huéspedes elegantes charlaban en voz baja y el olor a café, flotaba en el aire. Pero nada de eso penetraba su burbuja de confusión. ¿Era posible que un hombre como Adrián, con su confianza rayana en la arrogancia, viera en ella algo más que un medio para un fin? O peor, ¿estaba ella empezando a verlo a él de esa manera?
Luis, por su parte, parecía eufórico, aunque intentaba disimularlo con una expresión neutral mientras salían al estacionamiento subterráneo. El sedán plateado los esperaba, y una vez dentro, con el motor ronroneando suavemente, no pudo contenerse más.
—Fue perfecto —dijo él, ajustando el espejo retrovisor antes de salir a la calle. —Adrián está interesado, se nota. Y tú manejaste las preguntas como una profesional. Ese comentario sobre el arte... lo impresionaste.
Clara se cruzó de brazos, mirando el tráfico que se arremolinaba alrededor como un río caótico. El sol del mediodía se filtraba a través de los edificios altos, proyectando sombras intermitentes en el interior del coche.
—No lo impresioné, papá —replicó ella, su voz cargada de escepticismo. —Solo estaba midiendo si soy lo suficientemente dócil para su plan. ¿Fidelidad? ¿Apariciones públicas? Es como si estuviera firmando mi vida a un reality show.
Luis suspiró, tamborileando los dedos en el volante mientras esperaban en un semáforo rojo.
—No es un show, Clara —dijo él, su tono paciente pero con un filo subyacente. —Es una oportunidad. Piensa en lo que ofrece: cubrir las deudas, invertir en el negocio. Renata podrá seguir en la universidad, tu madre no perderá la casa. Y tú... tendrás conexiones en el mundo del arte que nunca soñaste.
Clara negó con la cabeza, sintiendo un nudo en la garganta. Recordaba la forma en que Adrián había sonreído al final, esa curva leve en sus labios que parecía genuina, pero ¿lo era? ¿O era parte de su juego? El contrato hablaba de tres años, pero ¿qué pasaría con su corazón en ese tiempo? No quería admitirlo, pero algo en él la había descolocado: no solo su atractivo físico, con esos ojos azules que parecían leer sus pensamientos, sino su franqueza inesperada.
—Necesito tiempo para pensarlo —dijo ella finalmente, cuando llegaron a la mansión familiar. La casa, con su fachada de piedra envejecida y jardines que alguna vez fueron impecables pero ahora mostraban signos de descuido, parecía más pequeña, más vulnerable bajo la luz del día.
Luis apagó el motor y se giró hacia ella, su expresión seria.
—Lo entiendo —dijo él. —Pero el tiempo es lujo que no tenemos. Adrián quiere una respuesta pronto. Mañana reuniremos a la familia con los Ferrera. Solo para discutir detalles, nada formal aún.
Clara lo miró alarmada.
—¿Mañana? —preguntó, su voz subiendo de tono. —¿Ya lo arreglaste? ¡Papá, ni siquiera he decidido!
Luis levantó una mano, calmándola.
—Es solo una cena —dijo él. —En un restaurante neutral. Para que conozcas a su familia, y ellos a nosotros. Se mencionará el favor que me debe Adrián... bueno, su padre, en realidad. Pero nada más. Confía en mí, Clara.
Ella salió del coche sin responder, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Dentro de la casa, el aroma a comida casera la recibió, Isabel estaba preparando el almuerzo, probablemente para distraerse de la ansiedad. Renata, sentada en el sofá del salón con su laptop, levantó la vista al oírla entrar.
—¿Cómo fue? —preguntó Renata, poniéndose de pie y abrazándola. —¿Es un cretino? ¿Lo odias?
Clara se dejó caer en el sofá, cubriéndose el rostro con las manos por un momento.
—No lo odio —admitió, bajando las manos. —Es... complicado. Atractivo, inteligente, pero arrogante. Me miró como si fuera un rompecabezas que quiere resolver.
Renata se sentó a su lado, cruzando las piernas.
—Suena peligroso —dijo ella, su tono mitad broma, mitad seria. —¿Y el contrato? ¿Te vendió el alma?
Clara rio débilmente, explicando los detalles, la inversión, las cláusulas, la promesa de oportunidades en el arte. Isabel entró en ese momento, secándose las manos en un delantal, y escuchó en silencio.
—Suena razonable —dijo Isabel, aunque su voz temblaba. —Pero hija, si no quieres...
Luis interrumpió desde la puerta, habiendo entrado detrás de Clara.
—Quiere, o al menos lo considerará, —dijo él. —Mañana cena con los Ferrera. Todos iremos.
La discusión estalló entonces, con Renata protestando por la rapidez y Clara cuestionando el "favor" que Luis mencionaba vagamente. Pero al final, exhausta, Clara accedió. Esa noche, mientras yacía en su cama, el sueño la eludió. Pensaba en Adrián, en sus ojos azules, y en el secreto que guardaba en Puerto Clarión —Mateo, su niño, el que nadie debía saber. —¿Cómo encajaría él en esta locura? Finalmente, el cansancio la venció, pero sus sueños fueron inquietos, llenos de contratos que se rompían como cristal.
Al día siguiente, la tarde trajo una tensión renovada. Clara se preparó con cuidado para la cena: un vestido azul marino que acentuaba su figura esbelta, joyas mínimas heredadas de su abuela, y un maquillaje que ocultaba su fatiga. Renata optó por un atuendo juvenil pero elegante, mientras Isabel se ponía un traje sastre que no usaba desde hace años. Luis, en su traje completo, parecía un hombre de negocios listo para cerrar un trato.
El restaurante elegido era un lugar exclusivo en el centro de la capital: "El Mirador" con vistas panorámicas a la ciudad desde su terraza acristalada. Llegaron temprano, y el maître los guió a una mesa privada apartada, con manteles blancos impecables y velas parpadeantes que creaban un ambiente íntimo. Clara sintió un escalofrío al sentarse; esto no era solo una cena, era una negociación disfrazada.
Minutos después, los Ferrera llegaron. Adrián entraba primero, impecable en un traje n***o que lo hacía parecer aún más imponente, seguido por su padre, Víctor Ferrera, un hombre de sesenta años con cabello plateado y una presencia autoritaria que recordaba a un rey en su corte. Su madre, Sofia, una mujer elegante de cincuenta y ocho años con joyas discretas y un vestido rojo vino, completaba el trío. No había hermanos; Adrián era hijo único, según había investigado Renata rápidamente en su teléfono.
—Luis, viejo amigo —dijo Víctor, extendiendo la mano con una sonrisa que no llegaba a sus ojos grises. —Cuánto tiempo.
Luis estrechó su mano, sonriendo ampliamente.
—Víctor, Sofia —saludó él. —Gracias por venir. Esta es mi esposa Isabel, mi hija menor Renata, y por supuesto, Clara.
Adrián se acercó a Clara, besando su mejilla en un saludo formal que envió un cosquilleo por su piel.
—Clara —dijo él, su voz baja. —Me alegra verte de nuevo tan pronto.
Ella asintió, retirándose ligeramente.
—Adrián —respondió, su tono neutral. —Lo mismo digo.
Se sentaron, y el mesero sirvió vino tinto y aperitivos: aceitunas marinadas, queso curado y pan fresco con aceite de oliva. La conversación inicial fue ligera: Víctor hablaba del clima económico, Sofia preguntaba por los estudios de Renata, y Luis respondía con anécdotas del negocio de importaciones. Pero Clara sentía la tensión subyacente, como una corriente eléctrica bajo la superficie.
Finalmente, Víctor se inclinó hacia adelante, mirando a Luis con intensidad.
—Hablemos claro —dijo él. —Este matrimonio... es inusual, pero entiendo la necesidad. Adrián necesita estabilidad, y tú... bueno, mencionaste ese favor que te debo desde hace años.
Clara frunció el ceño, mirando a su padre. ¿Favor? Luis había mencionado algo vagamente, pero no detalles.
Luis asintió, bajando la voz.
—Sí, Víctor —dijo él. —Aquel asunto en la conferencia de hace diez años. Ayudaste con ese contrato europeo cuando mi negocio tambaleaba. Ahora, es mi turno de ayudar a Adrián con su imagen. Clara es perfecta para eso.
Víctor rio suavemente, pero sus ojos eran calculadores.
—El favor se paga con creces —dijo él. —Adrián, ¿qué piensas tú?
Adrián miró a Clara, su expresión seria.
—Clara es inteligente, independiente —dijo él. —Podría funcionar. Pero quiero que sea mutuo. No forzaré nada.
Sofia intervino, su voz suave pero firme.
—Clara, querida —dijo ella. —Entiendo que esto es difícil. Yo me casé joven, por amor, pero con presiones familiares. Si decides sí, seré tu aliada. Adrián es un buen hombre, debajo de la fachada.
Clara sintió un calor en las mejillas. ¿Fachada? Pensó en los rumores de fiestas y romances.
—Gracias, Sofia —dijo ella. —Pero necesito saber más. ¿Qué exactamente espera Adrián de mí? ¿Ser una esposa en papel, o algo más?
Adrián tomó un sorbo de vino antes de responder.
—Más que papel —dijo él. —Compañía en eventos, apoyo en crisis de la empresa. En privado, respeto mutuo. No espero amor inmediato, pero sí lealtad.
Renata, que había estado callada, intervino.
—¿Y si Clara cambia de idea? —preguntó, su tono desafiante. —¿La atan con cadenas legales?
Julián no estaba presente, pero Víctor respondió.
—Hay cláusulas de salida —dijo él. —Pero esperamos compromiso. Luis, ¿tu familia está de acuerdo?
Isabel dudó, mirando a Clara.
—Queremos lo mejor para ella —dijo ella, su voz temblando.