La cena prosiguió con platos principales: filete a la parrilla para los hombres, salmón ahumado para las mujeres, acompañado de verduras al vapor y risotto cremoso. Clara comía mecánicamente, saboreando poco, mientras la conversación giraba alrededor de detalles logísticos, la boda en dos semanas, un evento discreto pero con prensa, y la mudanza de Clara a la mansión Ferrera.
En un momento, cuando los padres discutían finanzas, Adrián se inclinó hacia Clara.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja. —Pareces distante.
Ella lo miró, sorprendida por la preocupación en su tono.
—No esperaba esto tan pronto, —admitió ella. —Y ese "favor" que mi padre menciona... ¿qué es exactamente?
Adrián vaciló, su expresión endureciéndose por un segundo.
—Es un asunto viejo entre nuestros padres, —dijo él. —No te preocupes por eso ahora. Concéntrate en si quieres esto.
Clara sintió una punzada de desconfianza. ¿Qué ocultaban? Pero antes de presionar, Víctor levantó su copa para un brindis.
—Por nuevas alianzas, —dijo él.
Todos brindaron, el tintineo de copas resonando como un sello. Clara sintió un escalofrío; esto se sentía inevitable. La cena terminó con postres, tarta de chocolate y café, y promesas de seguir hablando. Al despedirse, Adrián tomó la mano de Clara.
—Llámame si tienes dudas —dijo él, entregándole su tarjeta. —Día o noche.
Ella asintió, guardándola en su bolso. De camino a casa, la familia Luján estaba en silencio. Renata rompió el hielo.
—Los Ferrera parecen... poderosos —dijo ella. —Pero Adrián te mira como si fueras un premio.
Clara suspiró, mirando las luces de la ciudad.
—Tal vez lo soy —murmuró. —Pero no sé si quiero serlo.
Luis, desde el volante, sonrió.
—Decidirás sí —dijo él. —Es lo correcto.
Clara no respondió, pero en su interior, la duda crecía. El favor mencionado era una pista, pero no la verdad completa. Mañana, quizás, intentaría rebelarse. Pero por ahora, el peso de la familia la mantenía atada.
Clara Luján entró en la mansión familiar con pasos pesados, el eco de la cena aún resonando en su mente como un mal sueño que se negaba a disiparse. El restaurante El Mirador había sido un escenario perfecto para la farsa, con sus luces tenues y vistas impresionantes a la ciudad nocturna, pero para ella había sido una jaula dorada. Las palabras de Adrián, su mirada penetrante, el brindis de Víctor Ferrera, todo se mezclaba en un torbellino de confusión y resentimiento.
La puerta principal se cerró detrás de ellos con un clic suave, y Clara sintió el peso de la casa cerrándose sobre ella. El vestíbulo, con sus molduras descoloridas y el reloj de pared que marcaba las once de la noche, parecía más opresivo que nunca. Se quitó los tacones en la entrada, sintiendo el suelo frío bajo sus pies, un recordatorio tangible de la realidad que no podía ignorar. Renata se dirigió directamente a las escaleras, despidiéndose con un beso rápido en la mejilla de Clara.
—Llámame si necesitas hablar, —susurró Renata, su voz llena de solidaridad. —No dejes que te convenzan.
Clara asintió, pero su mente ya estaba en otro lugar. Isabel tocó su brazo suavemente antes de seguir a Renata arriba, dejando a Clara sola con Luis en el salón principal. Él se sirvió un vaso de whiskey de la botella que guardaba en el aparador, el líquido ámbar brillando bajo la luz de la lámpara de pie. Ofreció uno a Clara, pero ella negó con la cabeza, cruzándose de brazos mientras se sentaba en el sofá raído.
—Fue una buena noche, —dijo Luis, tomando un sorbo y sentándose frente a ella en el sillón. —Los Ferrera están impresionados contigo. Víctor mencionó que Adrián rara vez muestra tanto interés en alguien.
Clara soltó una risa amarga, inclinándose hacia adelante con los codos sobre las rodillas.
—¿Interés? —repitió ella, su voz temblando de ira contenida. —Papá, esto no es una cita. Es un trato comercial donde yo soy la mercancía. No puedo hacerlo. No voy a casarme con Adrián.
Luis frunció el ceño, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—Clara, no empieces de nuevo —dijo él, su tono paciente, pero con un filo de advertencia. —Ya discutimos esto. Es la única salida. Las deudas no desaparecen solas, y Adrián ofrece todo lo que necesitamos.
Clara se levantó de un salto, caminando de un lado a otro por el salón, sus pies pisando la alfombra desgastada con fuerza.
—No es la única salida, —insistió ella, deteniéndose frente a él. —Podemos vender la casa, mudarnos a un lugar más pequeño. Renata puede transferirse a una universidad pública, yo puedo trabajar más horas en la galería, incluso buscar un segundo empleo. Cualquier cosa menos esto. Me estás vendiendo, papá. Como si fuera una acción en tu negocio fallido.
Luis se puso de pie también, su rostro enrojeciendo bajo la luz tenue.
—No seas dramática —dijo él, su voz elevándose. —Vender la casa nos deja en la calle. Renata merece la mejor educación, y tu galería apenas cubre tus gastos. Adrián no es un monstruo. Es un hombre decente, con recursos. Esto salva a toda la familia.
Clara sintió las lágrimas arder en sus ojos, pero las contuvo, negándose a mostrar debilidad.
—¿Decente? —preguntó ella, su voz quebrándose. —Lo conocí ayer, y hoy ya hablan de boda en dos semanas. ¿Y si no funciona? ¿Y si me hace miserable? Tengo mi propia vida, mis sueños. Quiero pintar, exponer mis obras, no posar como esposa trofeo.
Luis suspiró, pasándose una mano por el cabello canoso.
—Tus sueños no mueren con esto, —dijo él. —Adrián tiene conexiones en galerías internacionales. Podrías tener tu exposición soñada. Es temporal, Clara. Tres años, y sales con compensación. Piensa en tu madre, en Renata. Ellas dependen de ti.
Clara se detuvo, girándose hacia él con una expresión de desesperación.
—¿Y qué pasa con Mateo? —preguntó ella de repente, su voz bajando a un susurro urgente. —¿Qué pasa si Adrián descubre que tengo un hijo? No puedo arriesgarme a que eso salga a la luz. Mateo es mi prioridad, papá. No puedo arrastrarlo a esta locura.
Luis vaciló, sus ojos desviándose por un momento hacia la ventana oscura, donde la noche envolviendo la casa parecía un velo de secretos. Tomó otro sorbo de whiskey, ganando tiempo, su mente corriendo para formular una respuesta que no revelara demasiado. Clara lo notó, el leve temblor en su mano, la pausa que duró un segundo de más.
—Mateo... —murmuró él, finalmente, sentándose de nuevo y señalando el sofá para que ella lo imitara. —Mateo no es un problema. Él no está contigo, vive con Elena en Puerto Clarión. Legalmente, es su hijo, tu primo en los papeles que arreglamos. El cual te considera como su tía cariñosa, la que envía regalos y visita de vez en cuando. Adrián nunca se enterará, porque no hay razón para que lo haga.
Clara se sentó lentamente, su corazón latiendo con fuerza. Mateo, su pequeño de siete años, con sus ojos azules profundos y su curiosidad infinita por los rompecabezas y las piedras del parque. Lo había tenido tan joven, en circunstancias que aún la perseguían en sueños, y Elena lo criaba como suyo para protegerla. Pero el amor que sentía por él era abrumador, un ancla que la mantenía firme.
—¿Y si investiga? —preguntó ella, su voz temblando. —Adrián es rico, tiene recursos. ¿Qué pasa si manda a alguien a husmear en mi pasado?
Luis negó con la cabeza, aunque Clara vio un destello de incertidumbre en su mirada.
—No investigará tanto —dijo él, su tono firme pero forzado. —El contrato es por conveniencia, no por amor. No le importará tu vida privada mientras mantengas las apariencias. Y Elena es discreta, lo sabes. Ha guardado el secreto todos estos años. Mateo la llama mamá, cree que eres su tía. Nadie conectará los puntos.
Clara se inclinó hacia adelante, sus manos apretadas en puños sobre sus rodillas.
—Pero yo sí los conecto —dijo ella, las lágrimas finalmente escapando—. Cada decisión que tomo es por él. Si me caso con Adrián, ¿qué pasa si tengo que mudarme a su mansión? ¿Cómo explico visitas a Puerto Clarión? ¿O las transferencias de dinero a Elena? Es demasiado riesgo. No puedo poner a Mateo en peligro.
Luis se levantó, caminando hacia ella y colocando una mano en su hombro, un gesto paternal que Clara rechazó apartándose.
—Clara, escúchame —dijo él, su voz bajando a un tono persuasivo. —Esto beneficia a Mateo también. Con el dinero de Adrián, puedes enviarle más apoyo a Elena, darle una mejor vida. Escuela privada, juguetes, lo que sea. Y el secreto se mantiene porque no hay vínculo legal contigo. Los papeles lo dicen claro, es hijo de Elena, adoptado o lo que sea que arreglamos. Adrián no lo descubrirá porque no hay nada que descubrir.
Clara sacudió la cabeza, poniéndose de pie de nuevo, su cuerpo temblando de frustración.
—Arreglamos —repitió ella, su voz llena de amargura. —Tú lo arreglaste todo, ¿verdad? Como siempre. Pero ¿y si sale mal? ¿Y si un paparazzi me sigue en una visita? Mateo es mi hijo, papá. Mío. No puedo fingir que no existe.
Luis suspiró profundamente, sentándose de nuevo y frotándose las sienes.
—Nadie lo sabrá, —insistió él. —Has sido cuidadosa hasta ahora. Sigue así. El matrimonio es la salida, Clara. Sin él, perdemos la casa, el negocio. ¿Quieres que Mateo visite a una familia en la ruina? ¿O que Elena luche sola porque no puedes enviarle dinero?