Narrado por Rodrigo Álvarez La lluvia caía como un castigo sobre las tejas de la vieja casa de Malibú. El mismo lugar que una vez me pareció un refugio, ahora me recibía como a un hijo pródigo que había tardado demasiado en volver. Caminé empapado por el jardín hasta la puerta principal. Temblaba, no de frío, sino de miedo. Miedo a las miradas, a las preguntas, al silencio. Toqué. La puerta se abrió con lentitud. Rebeca. —¡Rodrigo! Detrás de ella, mi madre Ramona corrió hacia mí, envuelta en un delantal mojado. Me abrazó como si pudiera salvarme de mí mismo. —Pensamos que estabas muerto... —Volví, mamá. Tuve que volver. En la sala, Emily dormía en su cuna. Un año. Había cumplido un año sin que yo viera su sonrisa, sin oler su cabecita, sin escuchar su llanto de madrugada. Me acer

