Había cosas que Sebastián no podía saber, aunque fuera mi albacea y abogado. La vida privada que aún me aferraba al pasado no debía pasar por su filtro. Rodrigo Álvarez era una incógnita que me carcomía el alma, y aunque me prometí no buscarlo, una conversación con Rebeca, su hermana, bastó para encender esa chispa peligrosa del deseo no resuelto. —Rodrigo... está bien —me dijo Rebeca al teléfono, con esa voz temblorosa que suena cuando uno se traiciona sin querer—. Pero no te puedo decir más, Valentina. No me pidas que me meta en lo que no debo. No insistí. Sabía que ya me había dado una pista valiosa. Canadá. Tan lejos y tan cerca. Ese mismo día contacté a un investigador privado. Le pasé todo lo que tenía: fotos antiguas, su número de celular cancelado, el correo que alguna vez me res

