Por Valentina Ruiz Me desperté más tarde de lo normal. El reloj marcaba las 8:26 a.m. La luz entraba tamizada por las cortinas de lino, y la mansión estaba en ese silencio sabroso que solo se siente cuando uno decide no correrle al mundo. Me quedé acostada, mirando el techo. Pensando en Rodrigo. En su casa. En su niña. En su “sí, pero no hoy” de la noche anterior. Suspiré. Me estiré. Me levanté. La bata se deslizaba suave por mis piernas cuando sonó mi celular. Rodrigo. Mi corazón se aceleró como si tuviera 15 años. Respiré hondo antes de contestar. —Hola… —Buenos días —dijo él, con voz ronca, como si no hubiera dormido—. Solo quería… darte las gracias por ayer. —No me agradezcas —respondí mientras me sentaba en el borde de la cama—. Yo debería darte las gracias a ti. Fuist

