Tres meses. Noventa días. Dos mil ciento sesenta horas desde que dejé la mansión, desde que mi vida con Valentina Ruiz se rompió como cristal contra el suelo. Aquí en Canadá, lejos de Miami, del bullicio, de las mentiras, del amor, he intentado reconstruirme. Pero la verdad es que no soy el mismo. Ni quiero serlo. Rodrigo Álvarez murió esa noche, y el que quedó... bueno, el que quedó apenas sobrevive. Gabriel Espinoza, mi primo, me consiguió trabajo en una ferretería local. El dueño, Don Frank, un tipo grande, de manos agrietadas y corazón blando, me dio la oportunidad sin muchas preguntas. Sabe que no soy de por aquí, que cargo con algo en la mirada. Pero nunca pregunta. Agradezco eso. Cada mañana abro cajas, organizo herramientas, limpio pasillos. Mis manos, antes acostumbradas a firma

