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intro-logo
Blurb

La historia cuenta un amor a medias entre el joven y Lizet, su paso por la decadencia y hechos de un mal gobierno que arrasa con la moral, el vivir en una ciudad plagada de gente sin sueños y maniquís de intereses económicos y corruptos. Comparten varias experiencias y cuestionan escenarios. Llegan a tener pensamientos Lucidos, y dejarse llevar por la biblioteca llegando a tener placeres de la vida, y darle un significado a comportamientos para dejar al lector un legado.

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Divergir
Día 0: Despierta la aurora del ser vivo, remarco los pasos de las personas en las calles, es muy fácil, pero cómo soy frívolo los esquivó a saltos. Avenida 37, al otro extremo la señora que vende café, tropezó con un vaso con tinta negra delicada que es absorbida por personas para salir de un sueño en gasto, ¿Café? Esta ella allí sentada en la ventana de un almacén de zapatos guardados, por lo que evita que no note la promoción del día, el vendedor sólo le queda por ver a través del vidrio, el no esclarecer las miradas a su alrededor hace que nadie la mire, yo la evite porque nunca la vi, y ahora tropecé con su café. ¿Pido disculpas?, que tipo de ser tan incapaz soy, me hubiera guardado la lengua para decir miserables excusas, pero en este caso vemos un claro ejemplo, del el ser cuando choca con su estupidez creyéndose superior a otro por una imagen. Ella con características de ser sería y coqueta me pregunta: - ¿Tú sabes dónde está él?. Se alcanza a escuchar el rebuzne de la gente al otro lado de la cuadra, y algo debió pasar ayer en la noche para la algarabía, a eso se le debe la muerte con un armas silenciadora a un hombre que se encontraba en un burdel, por lo que alcance a saber. Yo escuchando For reasons unknown de The killers, sacó las manos de los bolsillos y le doy la mano izquierda. - Este, deberías venir conmigo a tomar café con leche. A lo que ella contesta con una mirada específicamente en los audífonos puestos: - No se cansa de lo mismo, se cree bien torpe para darle la mano a una loca cómo yo. No sé qué puedo hacer, sin embargo tengo la mano derecha de ella en mi mano, bueno, al menos una desconocida al año vale la pena, sus respuestas tiene cierto expresionismo. Me dirijo como burgués de la ciudad, en aquel lugar que se rebuzna La curva de la calle señalada me mostraba cierta repugnancia, cinco pasos al frente, vidrios de botellas rotas, adelante de mi un burdel de confinamiento. Un edificio hecho por un ejército de hombres para batallar cuerpos femeninos, abierto a la sociedad. Tenía tres indigentes reposando en las paredes rosadas de este. Los dos primeros pisos están infectados de polvo, y la calle está llena de desechables y empaquetados de productos manejados en un mercado n***o. El piso más alto estaba de blanco, parece que las goteras de pintura querían besar a la pintura rosada, y enseguida estaban las ventanas llenas de marcas por manos sudorosas, las de abajo tienen barrotes, de esos que tienen las inspecciones de policía. Déjeme decirle que quede inmóvil, sentí que me secuestraron por torpeza, pero no, menos mal ella me pispiaba al final de la cuadra. - Venga, venga… ¿Es que esta bobo? Debo admitir que parecía un niño de 5 años obedeciendo a toda mamá, por los males del mundo a los que había sido arrojado. Cuando salgo, doy por ver cintas amarillas de extremo a extremo, estaba sobrecargado de ceguera, el impacto de las imágenes duran 30 años a velocidad luz. El recuerdo de salir entre el único anden; que vuelvo a repetir, estaba lleno de vidriecitos bebés acompañado por la irritación de los ojos, y pesa aun más que nuestras pupilas. Huele a desosiego, pesa con sólo estar allí, pero luego llegas a donde esta ella. Contesto: - Sólo vi indigentes. A lo que responde: - No sea bobo, la gente se esconde adentro, porque trabajan mejor si nadie los escucha La cara de ella sigue normal, los labios al abrirse para hablar se hacen delgados, los ojos desobedecen el sistema nervioso y se centran en las palabras, es un cuadro hermoso, una mujer ex trabajadora del burdel, sale fuera de su celda, y enloquece a la misma que la recluía. No se me ocurre nada, sólo se traba la lengua en medio de verbos y sustantivos, y se me da por decirle la idea más precisa. - Le repito ¿toma usted un café nuevo?. - Claro . Doy por hecho que recorrer algunas calles para llegar a tomar un café, no es tan estúpido, haciendo referencia a la impotente realidad. Llegamos, abre la puerta, se sienta en la mesa, y llamo a la mesera. - Dos cafés para pobres. Por favor. La mesera: - Enseguida, pero la señorita se baja de la mesa. La señorita que se había sentado encima de la mesa donde servirían nuestros cafés, la mira y muestra su coqueta sonrisa. - Esto me enseñó un hombre, que murió anoche. Pasa un rato, ya tomamos el café y ella sigue estando encima de la mesa. Le preguntó: - ¿Qué pasó ayer? - Murió un gran hombre, no lo creerías si te lo dijera. Me cae bien usted señorito, pero repito no me lo creería si se lo dijera. - No, cuéntemelo todo. - ¿Todo, todo?¿Qué me dará a cambio? Si fuera el diablo, caería más abajo, pero ella era sujeta a las palabras. Provocaba sonidos de la boca cuyo objetivo fue enmudecer mi lengua, y contesto: - Hospedaje para toda su vida, en una biblioteca vieja. Asombrada ante la futura crueldad a la que me estaba sometiendo acepta el trato, era como el gran descubrimiento de la lengua castellana al encontrar américa entre aguas profundas, como fruto de la maduración dispersando realidades, ya que cada uno de los dos tenia diferentes puntos de vista. Ella era así de piel suave en su exterior, tratar de entonar esa suavidad con esa expresión en la epidermis. Una mujer astuta, levantada de orgullo y desgastada por besos, añadido también a caricias, tropezones, rasguños, golpes y rote duras de huesos, lo he notado en poco tiempo, y lo observador propio de mí me ataca justo ahora. Una intimidad en la piel de ella se encuentra la rústica, la que es acuática al momento de ahogarse en el canela. Ojos alargados, café extenso, labios voluminosos siempre lubricados al sacar la lengua a postura de su labio inferior, así el labio subía al superior y proporcionaba saliva. Cejas entonadas, para una gran actuación embarazosa. Todo preparado para la jauría de hombres, se notaba en la mejilla izquierda un trazo lineal, corto y un poco grueso, tenía diferente coloración, si pensaba que esto se vería malo, por el contario, seducía del otro lado por el final de la oreja, atravesando el espeso cabello que ella tenia. La llamé canela en un principio, por la falta de valor en los huevos al no preguntar su nombre, también se debe al sueño sobrecargado de un proletario como yo. Se notaba en cada centímetro a la redonda, la geografía de dónde provenía la mujer canela, pero también se notaba, que se estaba transformando, y en lo que se iba dar. Los puntos del centro estaban enmarcados con apagones que ganó de cigarrillos, pensé que era por algún cometido, pero no, era de un viejo loco que no merecía habitar; su forma de tener a las muchachas en una visión hecha por la cocaína, así fue cuando vio a la mujer canela, y se acostumbró a su piel tersa y tierna en busca de miles de pesos en la hora. Acostumbrándose el decrépito a su compañía de típico europeo mercader al encontrar un pueblo palanquero, la mujer se tuvo que soportar por un mes, y seguido de esto el viejo “curaba” con saliva después del acto. Se es de notar en las manos y en poca parte del cuello, por lo que podía ver, pronto me contaría atrocidades que solo se aprenderían en escuelas de entrenamiento humano. ¡Hogar de mala muerte! Decía ella mientras contaba la primera vez. Emerge esta mujer desde la saliva ante muchas bocas que cruzo en corto tiempo, porque además de esto, estuvo acostumbrada a ser escupida por clientes y prostitutas del reconocido vestíbulo. Vestíbulo con niñitas, muchachas y viejas de tallas alcanzables, apostadas a un coleccionador de cuerpos, el señor Cadena. Acostumbras la mayoría de ellas al bajonazo de pestes que tuvieron que vivir, para llevar a callos el valor de otras personas en las clases sociales. Las mayores sofisticaban a las pequeñas, no se necesitaba la pubertad para obtener un centavo a cambio, solo pasar revisa al catálogo y aparecer en el la mujer canela, supuestamente de nombre “ Lizet”, con quien se sentía incapaz de hacer lo mismo y seguir el ritmo por un montón de normas, que arrastraban directamente a un retrete de baño público. Las jóvenes tomaban jornadas de cajeras, meseras, sumisas, bailarinas y acosadoras con remedio, por placer de clientes insatisfechos de su cuerpo, en busca de más cuerpos, para sustento de su cuerpo. Sé que suena a un relato dicho en trabalenguas y acciones sin ninguna justicia u orden, pero la mujer canela después no se referirá a sus cuerpos sino a sus mentes; clientes que alquilaban sus cerebros cuando entraban al lugar y luego salían para recogerlo. Era todo un pansexualismo por lo que pude escuchar, en el que se mostraba atracción a todo, menos por al arte conspicuo, se dinamizaba la producción de lo bello, para exceder el consumo. La cajera necesitaba ayuda de más de tres mujeres en el día, y más aún en la noche, que eran un total de cinco pares de tacones talla 36, 37, 38, y 39, para repartir a los presentes de licor adulterado. Las meseras, en mayoría eran las “nuevas “ (niñas de 14, 15, 16 y 17 años) con máscaras en sus caras, por lo que los clientes sabían que no podían sobrepasarse demasiado por políticas restringidas del coleccionista, el Señor Cadena. Si llegaba a suceder tales actos, caballeros dueños del lugar sacaban a mordiscos o con las uñas. Un acto sacado de una poesía española, a la que se mostraba la tradición de una grave situación personal refugiada en la realidad. Todos sabían que las meseras no podían tener el cabello suelto, ya que las bebidas se chocaban con el cabello y provocaba disgusto por hombres. Además de ello la meseras eran un “plato fuerte”, luego de un periodo de trabajo estas eran subidas con ropa sin escote al escenario de las bailarinas, siendo subastadas y lo más importante, hacerse apuestas a la virginidad. Se veía el espíritu de grandes colonos que miraban oro puro gracias a la bondad de Cristo, las apuestas albergaban compradores que llegaban a límites realmente escalofriantes. Se resalta una experiencia de la mujer en el lugar, y era que se iba a subastar dos jóvenes en dicho burdel, la muchacha canela, al ver el despilfarro que se hacía en personas terceras del negocio, corría asustada de los clientes, con sus ojos atravesando cuerpos para continuar viendo de qué se trataba, y acudió a reunirse alrededor de la tarima con prostitutas de toda clase, era todo una multitud segados por las luces de fondo: rojo, morado, azul, amarillas y verdes. - ¡Reclamad a silbidos!. Se pronuncia quien se encargaba de sostener la nueva etapa de la joven, el campo donde perdería el lenguaje y el sentido de los demás, una subasta evolutiva. Estando allí la mesera en la parte superior debía hacer poses para aumentar el ambiente, y ser repartida a pedazos por mayores a lo que ni se merecían el deseo de un demonio, así que en un principio al subir, se soltaba el cabello, se desasía la máscara, y provocaba un exitismo mágico a los compradores. Desearía esa joven estar en Hiperbóreos, acostumbrada a las contraposiciones de la gente en aquel lugar, pero aquel sueño solo era agotante, lleno de dolor al conseguir, y casi nulo en algunas. Era increíble el olor del el perfumen sacudido desde las aberturas del vestuario, algo magnífico en corazones sin fe, luego aparece esa bestia que se agita dentro de todos nosotros, asfixiando la memoria y perdiendo la cordura de una empática Praxis. He de imaginar a Lizet diciéndose lo nunca que se ha contado, y no tener la forma de salir del ser obediente hasta el más mínimo detalle de el Señor Cadena, para cumplir su condena sin razón alguna, era tanta su actuación que parecía maestra de una religión pública, a la que anteriormente no tenía libertad, pero se envolvía en la condición humana para no ir más lejos y cuestionarse. Lloraba la segunda mesera recién subida a la tarima, hacía lo mismo que muchas anteriores de ella, no sabían del espectáculo tan lleno de algarabía, mostraba ese verdadero sentimiento retenido, mientras que la otra separaba lo divino con lo humano. Cansadas del trama y el baile, quitaban una por una las prendas sujetas de una política dictadora como de ellas, se veía tan degradante ante una democracia por espectadores, y así funcionaba todo. Llorando las dos muchachas, pasaba su intuición y la mala presión, pensaron que ya deberían venderse cómo las demás, y así fue, empezó la competencia cómo monopolios capitalistas, otros en sus mismos sistemas de competencia, sin preguntarse acerca en verdad sí era uno de los mejores caminos viables de un mercado, pero prefirieron avanzar vendiendo sabiduría sólida, utilizada para satisfacer problemas intolerantes. Así fue cómo llegaron a pagar millones por la primera, pagaron por las ropas, y subía el incrédulo al cual llamaban anfitrión. Subía al escenario rompiendo las pocas ropas de la jovencita dice Lizet: - Ya sabe usted lo que sucede después. Desde hay Lizet se desvaneció en la agria, torpe e ilógica apertura, arrastrándose por los pisos donde había licores regados, como edectica, cuya función era ser conocida por exponer problemas como estos, y ser afamada. Pero llegó debajo de una mesa donde se sentó a llorar y escucho a dos hombres que firmaban una “letra” de millones, Lizet fue descubierta por los hombres de las apuestas, y allí fue donde encontró al viejo socio del burdel, que la tomo para dejarle huellas considerablemente en su memoria. En primer lugar la prostituta que estaba tomando el papel de delegada en este juego advirtió al hombre, de que “ piel canela” era del uno de los importantes socios del burdel, el más viejo pidió llamar al Señor Cadena con esa voz ronca que salían cómo pequeñas esporulaciones de palabras asquerosas. Al ir otra prostituta llamada por la delegada trajo al Señor Cadena, este reconoció a tipo de un soplón, y le menciono sin pregunta alguna: -¡Ay! Puede llevársela, no hay problema alguno. Segunda parte “Mi amor florecía como lo imposible en este mundo, como un bohemio viviese ya sin nada de licor, vivía atormentada, debocaba sin remedio un pena por mi cara, sin reparación alguna por impedir que salieran al rayo del sol con esto. Juraba amarme hasta la muerte, pero olvidaba, cuando leía estás hojas llenas de metáforas, recordaba lo estúpida que alguna vez llegue a ser”. Eso es lo que yo encontraba escrito en libretas de Lizet, su forma de escribir y redactar cambiaban, sucedía momentáneamente, y hasta el habla se cayó por tiempos. Lamentablemente sufro de demencia, y solo puedo dar por hechos en pocos cortos. Algo de lo que si estoy seguro es que guardaré la poca memoria para ser una forma de resistencia. Recuerdo la vez que traje a Lizet conmigo en la biblioteca, ver de nuevo en mi cabeza a esa figura atravesando la calle del frente, guardo todavía a estás alturas un odio por el pavimento que besos sus pies, y los vidrios con cortante filo que se metieron como ampollas. Llego al portón del edificio, y a pesar de tener pinta de un lupanar, solo contenía algo que el mundo olvidó espontáneamente. Atravesaba el patio de enfrente, y como si fuera el ultimo Olimpo, la chica caminaba en puntitas, pronto se sostuvo de una de las grandes columnas amarillas de la biblioteca, miraba hacia arriba y veía lo alto que podía llegar a ser, tal vez se pregunto, ¿qué pasaría si está columna se despegará y callera justamente encima de ella?, pero las casualidades no sucederán con esta chica. Entramos, y apenas logró ver el verde jardín al final del zaguán, sus ojos afligidos se empaparon y ya húmedos se quedaron atrapados, quería quitar aquellos ojos hermosos de allí y dejarlos para siempre en el jardín, pero solo corto la mirada y me siguió por la única puerta a mano derecha del edificio. Al empujar la gran puerta de madera solo escuché la voz del bibliotecario: - ¿De dónde la rapto?¿Otra chica?. El bibliotecario de aquella época era un rufián, alto como las columnas de la biblioteca, delgado y con una gran bata que cubría hasta el final del dedo gordo en sus pies, acapara unas gafas que le dan de ayuda en sus expresiones, las pone a la mitad de la nariz y mira por encima de ellas, a veces las limpia pero nunca las quitará de aquel lugar donde las reposa. Lizet quedó detrás de mi gran espalda, y salió de ella como una Eva, solo cerro los ojos y aspiro tan fuerte que cuando volvió a abrirlos, su altura se hizo a la mitad. Quedó en medio del escenario, acompañada por miles de estanterías con libros viejos, un gran cristal de techo, y un piso tan lleno de polvo que solo sería parte del biomo bibliotecario. Fue de prisa a la estantería más profunda, y no se que diablos de libro saco, se le veía fascinada, pero yo solo veía otro corto sufrimiento en proceso. Por otro lado el bibliotecario no pestañeo, solo se mantuvo como lo encontré al principio; sentado en su gran silla y con la mesa de enfrente llena de libros ya leídos. Entonces pregunta: - ¿De qué te sirve ser inteligente en un mundo sin sentido? - Ni yo se la respuesta, pero encomiendo a la chica, la saqué como a las mayoría de ellas. Yo iré a trabajar y luego a protestar de tarde. En la noche no estudiaré por venir a dormirla, ¿Bien?. Solo salí del lugar y volví a mirar el jardín al final del zaguán, dónde Lizet quedo en trance, era lo único bello y conservado de mi madre: la naturaleza. En este mundo atacado por úlceras de perjuicios y principios desde los brazos hasta la raja, me cansa, enserio, pero hay ciertas cosas a las que les da por nacerme esperanza. Al salir solo encuentro a niños ensutados y barrigones, con ojos llorosos y descalzos, se encuentran con sus respectivos lazarillos en la pagoda que está cerca, que tristeza, solo bajo la cabeza y lloro de camino a trabajo. En la noche llegué a la biblioteca, logré atravesar uno de los anocheceres nefastos en aquella calle del enfrente, cuando abro la única puerta derecha de madera, esta allí la imagen proclive a caerse conmigo encima. Lizet acostada y cobijada por un montón de libros, todos ellos de literatura latinoamericana, que desgracia, el polvo los ha llenado de mugre y el sudor pegado en ellos es realmente provocador para adherirse más polvo, solo me acerco y en cuclillas pongo no se que mano en la frente, el bibliotecario también viene conmigo y como si fuese el mayor crimen le da una patada al polvo. Me tumbó encima de ella y solo recibo una acaricia por sus lágrimas, la locura de mi garganta se esconde, como un monte sin indicaciones, solo espero no ser una maza, que el silencio abandone a este cuerpo de tendones y lleno de dioses en el ocaso. Ella despierta y solo me abraza, como si alguien creyera en lo que en mi duele, seguimos tendidos, y sus aromas de mujer solo me deja ser un servidor de trapo para ella. El día llega, y el puto rayo de sol me deja ciego en un principio, parece que una aurora pego en mi pecho y tengo los pantalones llenos de orina, Lizet sigue tendida y se ha quitado la camisilla que tenía puesta cuando la encontré, parece que estuviera muerta, pero solo mueve sus pupilas en los ojos cerrados. Salgo de la escena para cambiarme y comer algo, el bibliotecario me da el saludo e indica donde dejó mi comida con unos pantalones nuevos, tiene un montón de ropa para mujer en la mesa, y esto llama mi interés. - ¿Qué hace eso allí? - Siga con su ciclo de proletario, yo me haré cargo de la chica. De un portazo deje la gran biblioteca y entro por la única puerta de madera izquierda, allí están las habitaciones, la cocina, la sala, el baño y una gran sala al fondo de instrumentos, no vamos a entrar a detalle, solo mientras me cambié de pantalones, encontré la carta de un joven, y lo cómico me deja tremendamente impactado: “El tiempo pasa factura, parece que no espera hasta el más niño, madura aunque no quiera y debe ser verdad, porque ya nada es lo que era. A veces pienso que me he quedado estancado en mi niñez, cuando la madurez se aleja del pasado. Mi habitación, mi santuario, mundo aparte dónde el arte que se hace con amor no es criticado. Porque notas un vacío, que algo falta, todos te miran mal hoy si piensas en voz alta. Hoy en día sigo sentándome con la merienda viendo aquellos dibujitos que ahora pocos recuerdan, no me da ninguna vergüenza reconocerlo, y luego puedes llamarme freak, soy un adicto a los videojuegos. Yo no tenía que trabajar, ni pagar facturas, sin más obligación que ser bueno, y hacer las tareas. La falta de maldad y el alma pura en un corazón puro que se deja ver a simple vista al que quiera. Guardo en mi memoria cuál tesoro esos de diversión, vivir cualquier juego con pasión, disfrutar todo lo bueno que tenía en la infancia, hoy recuerdo con lágrimas en los ojos esas bonitas aventuras. Se supone que no era cuestión de edad, la niñez es una virtud del alma, y debe ser así solo en mi realidad, lejos de todo lo demás donde nada puede hacer daño. En mi burbuja evito pasar los años. Porque la etapa más feliz de la vida es la infancia, y más felicidad cuando más grande es la ignorancia y cómo pasa el tiempo, y como cambia el pensamiento. Y ya van 20, ya aún no me lo creo, dentro mi esta mi yo pequeño lo mantengo reo. Sé que cada año más es uno menos, aprovéchalo, si vas muy deprisa echa el freno. Hago un reset, porque tengo el síndrome de peter pan. Para Lizet” Cosa rara, ya sabrá que dormí con ella, me dije. Le di la carta al bibliotecario, le corregí unos signos de puntuación y me fui al trabajo. Tercera parte Encontré ya en un tiempo a Lizet, se respiraba a ella en cada parte de la biblioteca, aún puedo afirmar que ha sido una tipa única, leía en exceso y ya que conocía la sala de instrumentos se la ha de vagar por ahí. Vestía con ropa suelta y hasta estrías se le había visto por aquel enmarcado cuerpo. Bailaba capoeira cuando regresaba de noche, me sentaba en el sillón de la biblioteca, y la muy mujer se arrodillaba ante mí para decirme si quería una cerveza, una forma tan dulce y coqueta, puedo decir que es lo más hermoso que puede pasar luego de estudiar. Pronto el bibliotecario me dio unas notas que la chica escribió, y esto me lleno de esperanza en ella. Dicha nota dice así: “El chico era realmente único, por lo menos no conocía a alguien así. Suele tener una risa llamativa, tenía el simple perjuicio de no hablar en sitios comunes, tener demasiada gente alrededor de él causaba creo que náuseas, yo trataba de entablar una conversación pero el tiempo fue corto y me quedaba en silencio. Decidimos caminar, atravesando carros a alta velocidad y calles llenas de basura, y así como fuimos de rápido, su lengua empezó a desdoblarse, hablaba, hablaba lo suficiente, tiraba las verdades de una, y hablaba precisamente de mí, ya lo había escuchado de otro tipo pero este las decía aún más directamente…

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