Apagaré la luz del mundo para ti.
Ares
Tengo que controlarme. Me repito una y otra vez, aunque solo pienso en arrancarle el maldito vestido y poseerla hasta que ya no pueda respirar por sí sola y necesite de mi boca para poder hacerlo. Pero no lo haré, no ahora. Solo la haré mía cuando ella me lo suplique, sin embargo, eso no me impide jugar con sus emociones y conducirla hacia el camino que quiero que elija. Y ese no es de nuevo a los brazos del imbécil de su esposo.
—¿Puedo saber a dónde vamos?
Todo en ella me gusta, desde el tono de su voz hasta la suavidad de su piel.
—De compras —respondo escueto.
—¿Compras?
No estoy acostumbrado a que cuestionen las decisiones que tomo. Pero ella es diferente.
—Necesitas más cosas. —Me mira con curiosidad en los ojos—. Cosas de mujeres, quiero que no te falte nada. —Sus hombros se tornan tensos y su mirada se vuelve vidriosa.
—Es una pena que la libertad no la vendan en una tienda —suelta y me doy cuenta de que lo hace sin pensar.
Aparta la mirada hacia sus pies.
—Eres libre, Calíope, pero no te puedo dejar ir sin haberme cobrado lo que me deben. —Rodeo su cintura con una mano mientras que con la otra le levanto la barbilla para que me mire.
Siento que me pierdo en la profundidad de sus ojos. Quiero verlos extasiados de placer. Quiero hacer que se tornen vidriosos conmigo dentro de su cuerpo.
—Yo no te debo nada.
—Pero igual estás pagando. —El ascensor se detiene en planta baja y las puertas se abren.
—Sí, tengo que pagar por la ambición de mi esposo y quizás muy dentro de mí esperaba que algo como esto sucediera algún día, sin embargo, el hecho de que me retengas contra mi voluntad solo es el reflejo de lo inferior que te sientes como hombre. —Su voz es dura, sus palabras son un reproche dirigido a mi ego que me hace apretar los puños para evitar hacer una locura.
La sangre me hierve y siento como el demonio dentro de mí se agita. Me empuja para apartarme de su lado y sale como si nada, como si no acabara de desatar la furia de un hombre que no le teme ni a la muerte. Doy un par de zancadas largas y la sujeto del brazo sin preocuparme de la fuerza con la que lo hago. Su rostro se contorsiona de dolor, pero su boca no emite ningún tipo de sonido y eso me excita. Ella es la primera mujer que me hace sentir algo enfermizo y sucio.
—Solo tienes que pedirme que te demuestre qué tipo de hombre soy, Calíope —pronuncio muy cerca de su cara.
Sus pupilas se dilatan y una sonrisita cínica aparece en sus labios.
—Siempre he sido una mujer cobarde, la que agacha la cabeza, la que obedece y se hace pequeña para que otro se sienta importante —confiesa y, pese a la firmeza de su voz, puedo sentir el dolor que carga en su interior—. Pero se acabó, Santiago va a pagar el haberme vendido de esta manera y tú jamás vas a tenerme, no como deseas, pero sí vas a ayudarme y ambos sabemos que no vas a negarte —afirma y se libera de mi agarre tirando de su brazo.
Sabía que detrás de ese rostro de ángel se ocultaba una mujer envuelta en llamas dispuesta a fundirse en mi infierno.
Camina hacia la salida del hotel; su andar es firme y elegante, como el de una diosa. Las personas se quedan viéndola cuando pasa y, aunque me enfurece que otros la miren, me conformo con saber que es mía y que solo yo puedo tenerla. No me importa lo que ella piense de los métodos que utilizo para conseguir lo que quiero.
—¡Ahí estás, maldita zorra!
Mi mirada se torna oscura cuando veo a Santiago acercarse a ella. Le grita y alza la mano para abofetearla, sin embargo, antes de que pueda siquiera rozarla, saco mi arma y le atravieso la palma de la mano con una bala. El sonido de la detonación ruge por todo el lobby del hotel, provocando que las personas salgan corriendo y se arme un escándalo. Mis hombres se apresuran a controlar la situación, mientras yo pongo toda mi atención en Calíope, que retrocede asustada al ver la sangre.
El imbécil de su esposo está de rodillas en el piso sosteniendo con la mano que aún le queda buena su mano agujerada. Grita sin parar, lanzando amenazas e insultando a la mujer en medio de ambos.
—Creo que el mensaje no te ha quedado claro —pronuncio estando a un paso detrás de Calíope.
Ella se gira y sus ojos, llenos de terror, se fijan en el arma que sostengo en mi mano derecha.
—Puedo darte una segunda explicación. —Levanto el arma y le apunto.
—¡No! —grita Calíope colocándose en medio para evitar que le dispare a su esposo—. Por favor, no lo mates, por favor —suplica y, aunque me llena de ira que ella se preocupe por ese idiota, bajo el arma.
No lo hago por él, sino porque ella está en medio y no podría perdonarme si algo le sucede.
—De acuerdo. —Me guardo la pistola y me acerco a él. Calíope intenta evitarlo, pero la hago a un lado—. No voy a matarte, pero espero que hayas entendido, imbécil, que ella me pertenece y tú ni nadie tiene derecho de tocar lo que es mío. —Le suelto un puñetazo en la cara que termina de enviarlo al piso con la boca partida.
Busco a Carlos con la mirada y le hago una seña para que se ocupe del desastre. Luego tomo de la mano a Calíope y me la llevo a la fuerza; ella intenta liberarse, pero esta vez mi agarre es firme. La empujo dentro del auto y subo a su lado. Su preocupación, ver cómo quiere ir con ese imbécil, hace que quiera volver adentro y terminar lo que empecé.
El auto arranca. Calíope llora y me increpa sin parar, me exige volver. Pero es mejor que sepa de una vez por todas que mi paciencia tiene un límite y ella está por rebasarlo. Cuando ya no puedo soportar más verla en ese estado, me muevo con brusquedad y me voy sobre ella, quien se paraliza y enmudece al instante. Cierro mi mano en su barbilla y la aprisiono contra el asiento con fuerza.
—¿De verdad quieres volver? Porque puedo ordenar que den la vuelta, pero ten en cuenta que, si lo hacemos, voy a clavarle una bala en el maldito cerebro y a ti te voy a encerrar por el resto de tu vida en una de mis villas, voy a obligarte a ser mía y jamás volverás a ver a tu familia o ver el mundo más allá de los cuatro muros que te estarán rodeando. O podemos continuar e ir de compras y tú vas a disfrutar y vas a sonreír mientras te pruebas todos los malditos vestidos que haya en la tienda. —La suelto, pero me mantengo sobre ella—. Tú decides. —El auto se detiene a un lado de la carretera en espera de su decisión.
La duda que se refleja en su rostro provoca que la ira creciente en mi interior se intensifique. Cuando va medio minuto, abro la boca para tomar la decisión por ella, pero se adelanta y pide ir de compras y esboza una sonrisa forzada que, aunque no es lo que quiero, me complace.