Te quiero mía. Y voy a tenerte mía.
Ares
Calíope sonríe con los labios apretados y la mirada llena de desprecio, me da lo que le pido, pero no es capaz de fingir que realmente disfruta el estar aquí conmigo, su mente sigue puesta en Santiago Monroe. El idiota quería denunciarme a la policía por lo que le hice; de verdad que aún me sorprende la ignorancia de algunas personas. Ese imbécil sigue sin saber quién soy yo, espero que Carlos se haya ocupado de sacarlo de su ignorancia.
Me tenso al verla salir del probador con el vigésimo vestido. Es de color rojo brillante y se adhiere a su piel de una forma que me hace tragar saliva. Su culo queda casi expuesto y sus tetas parecen que van a salir saltando sobre mí de pronto. Es una imagen bastante llamativa, la polla se me agita ansiosa por encontrar el camino hacia su paraíso.
Gira de un lado al otro mostrándome la prenda. Trago saliva. Siento el maldito impulso de tirar de ella hacia mí y sentarla sobre mi regazo y rebotar con ella encima hasta que su garganta se irrite de tanto gritar. Se aclara la garganta y coloca los brazos en jarras al ver que me quedo en silencio sin apartar la vista de sus curvas. Niego con la cabeza. No quiero que otros hombres la vean con ese tipo de atuendo, y por lo que me ha demostrado en la última hora, es capaz de salir a la calle con eso puesto solo para hacerme enfurecer.
—Estoy cansada y me duele la cabeza, ¿podemos terminar con esto? —Calíope se deja caer a mi lado; lleva puesta la bata de la tienda.
La imagen de hace un minuto, con lo que ahora mi mente está recreando, hace que el controlarme sea aún más difícil de conseguir.
—Solo hemos estado aquí una hora y, hasta donde sé, las mujeres pueden pasar semanas haciendo compras si nadie las detiene —señalo observando mi reloj—. Además, todo el centro comercial está a tu disposición; mandé a cerrarlo para que pudieras elegir a gusto. —Traga saliva. Sus labios se separan, pero no dice nada. Termina asintiendo con la cabeza y se pone de pie.
Pero antes de que pueda alejarse, tomo su mano. Ella me mira y yo aprovecho para tirar de ella hacia el medio de mis piernas, para luego hundir la cara en su vientre bajo por sobre la tela de seda que la cubre y aspirar con fuerza su aroma embriagador. Su cuerpo se tensa al instante; sin embargo, no me retiro, me mantengo ahí por algunos segundos. Me aparto solo un poco y la obligo a agacharse, para que me mire a los ojos.
—No te pruebes nada parecido al vestido que te acabas de quitar. Soy muchas cosas, entre ellas un caballero, pero todo en mí tiene un límite y tú estás muy cerca de hacer que se me olvide cómo seguir siéndolo. —Asiente con la cabeza a la vez que un brillo peligroso pasa fugazmente por sus pupilas.
Algo me dice que ella no va a obedecerme, a menos que le muestre las consecuencias de no hacerlo.
La veo entrar de nuevo al probador y, por primera vez desde que salimos del hotel, veo una sonrisa genuina brillar en su rostro, pese a que la forma en la que lo hace me dice que está dispuesta a causarme muchos problemas. Cierro las manos en puño y me remuevo en mi asiento cuando la veo salir diez minutos después, con un conjunto de lencería y tacones a juego. Se detiene frente a mí y menea el culo de un lado al otro, provocándome. La polla me duele y me exige tomar lo que nos pertenece.
—¡Largo! —ordeno sin alzar la voz.
El rostro de Calíope cambia; se sentía segura por la presencia de las vendedoras. Las mujeres desaparecen rápidamente al tiempo que me pongo de pie y camino hacia mi premio. Rodeo su cintura con mis manos y, sin preámbulos, la empujo hacia el interior del probador.
—Te di una orden y quisiste llevarme la contraria —advierto al tiempo que la levanto, obligándola a enrollar las piernas alrededor de mi cuerpo.
Estampo su espalda contra la pared del fondo.
—Ares, detente —chilla, pero sus brazos se enrollan alrededor de mi cuerpo—, soy una mujer casada, por favor, detente. —Deja caer la cabeza a un lado cuando le paso la lengua por la piel del cuello.
—Tu esposo te entregó a mí para que haga lo que quiera contigo, muñeca —le recuerdo—, no eres más que un pago, una ficha de juego —agrego mientras masajeo una de sus tetas y lamo la piel de su clavícula.
Todo se detiene: los pequeños gemidos que salen de su boca, los movimientos entregados de su cuerpo y hasta la conexión entre ambos se pierde. Pone sus manos en mi pecho y empuja al tiempo que baja las piernas de mi cuerpo. La libero, pero me quedo ahí, pegado a su cuerpo, al calor que emana, al aroma de su piel que se intensificó con su excitación.
—Eres un infeliz —gruñe y me empuja de nuevo—. Jamás vas a tenerme, nunca te voy a entregar mi cuerpo —empuja una vez más—, en mi vida podría estar con un poco hombre como tú. Porque te lo repito, hay que ser demasiado insignificante como para recurrir a tus cochinos métodos para conseguir a una mujer. —Empuja poniendo todas sus fuerzas y esta vez me aparto, aunque no del todo.
Apoyo las manos sobre la pared a ambos lados de ella, aprisionándola entre el muro y mi cuerpo.
—No conozco de escrúpulos cuando se trata de conseguir lo que quiero —le aclaro—, y en este momento, voy a tener lo que quiero, así tenga que usar la fuerza para conseguirlo. —Inclino la cabeza hacia su cuello y le paso la punta de la lengua, provocando que todo su cuerpo tiemble—. Y quiero que tengas claro una cosa —susurro sin apartar mi boca de su piel—: lo que va a suceder ahora es la consecuencia de no haberme obedecido, es lo que ganas cuando quieres llevarme la contraria y provocarme. —Bajo una de mis manos, deslizándola por el contorno de su cuerpo hasta llegar a su vientre bajo. Meto los dedos entre sus piernas y por sobre el encaje de la ropa interior masajeo formando círculos en su clítoris.
Las lágrimas empiezan a brotar solas de sus ojos. Su cuerpo se convulsiona. Mantiene los ojos cerrados con fuerza como si con eso pudiera evitar el castigo.
Pero la verdad es que no voy a violarla. No es mi estilo tomar a ninguna mujer a la fuerza. Solo quiero que entienda que sus actos tienen consecuencia y muchas veces otros van a pagar por ella; de ella depende quién sigue con vida o quién da su último aliento.
Retiro mi mano de su coño y le ordeno abrir los ojos, para luego meterme los dedos embarrados de sus fluidos dentro de la boca y saborearlo.
—Eres exquisita —alabo.
Su llanto se intensifica. La arrastro del cuello hacia afuera y la empujo con brusquedad sobre el sofá en el que estaba antes.
—Ahora quiero que mantengas los ojos bien abiertos y veas todo lo que va a suceder. —Voy por una de las empleadas y la traigo conmigo—. Si los cierras, ella se muere —le advierto antes de ordenarle a la vendedora que se ponga de rodillas y me la chupe.
La mujer obedece sin rechistar mientras Calíope no aparta la vista de nosotros por miedo a que en verdad la asesine. Termino cogiéndome a la empleada a un lado de ella, sobre el mismo sofá en el que se encuentra sentada. Mi polla sale una y otra vez del cuerpo de la vendedora, quien se retuerce de placer y chilla como zorra en cada estocada.
Cuando estoy por correrme, saco mi polla del coño de la empleada y lo apunto hacia Calíope; mi semen cae sobre sus tetas y parte de su mentón. La expresión de horror y de asco pasa desapercibida por su cara, esta excitada y nada puede bajarle el deseo, ni siquiera el hecho de que mis fluidos le resbalen por la piel en este momento. No me siento satisfecho, pero al menos conseguí lo que buscaba. Estoy seguro de que, de ahora en adelante, obedecerá mis órdenes.