Mi cuerpo ansia recibirte, pero… yo no te amo.
Calíope
Odio a mi cuerpo por traicionarme de esta manera.
¿Cómo es posible que ver a Ares y a esa chica teniendo sexo pueda excitarme? No lo entiendo; sin embargo, los veinte minutos que me vi obligada a mirar fueron una tortura entre el deseo de ser yo quien lo recibiera y el asco que me produjo un acto tan repulsivo. Yo no puedo ser tan obediente como esa mujer, no puedo solo darle lo que quiere de mí.
Ya bastante me minimicé a mí misma para hacer feliz a un hombre que no le importó ni en lo más mínimo entregarme a otro. Mis sentimientos, mi orgullo, fui pisoteada por Santiago infinidad de veces que ahora que tengo la oportunidad de… mi única opción es negociar con Ares, pero no puedo pagar el precio que me exige, no puedo simplemente entregarme a él.
No lo amo, no siento nada hacia él. No puedo ser como esa vendedora y solo obedecer su orden.
—Luce muy hermosa, señora —dice Elena, una de las empleadas que contrató Ares para que me atiendan.
Miro fijamente mi reflejo en el espejo, recorriendo el contorno de mi cuerpo. Una tenue sombra oscura aún puede apreciarse debajo de mis ojos pese al maquillaje. La mujer que me devuelve la mirada es una desconocida, es una mujer atrapada en medio de un sucio juego. Con la yema de los dedos acaricio el frío cristal, justo sobre la línea de mis labios.
—Los vestidos y los accesorios que el señor eligió para usted son muy hermosos y usted los luce a la perfección. —La suave voz de Elena me hace parpadear al tiempo que mis labios dibujan una sonrisa.
Me giro un poco para mirarla a través del espejo. El trabajo de Elena es exactamente el de una asistente personal; se debe ocupar de mis necesidades, de mi ropa, de asegurarse de que mi comida esté lista a tiempo, de que nada me moleste o me incomode. Es extraño e irónico que hasta ayer, yo debía ocuparme de mí misma y de las cosas de mi esposo y hoy un completo desconocido que me mantiene cautiva me rodea de atenciones y lujos dignos de la realeza.
—Gracias, Elena —respondo con un hilo de voz.
—El señor la espera en el salón —anuncia en tono pausado—, me encargó que le diga que no se demore. —Asiento, aunque la verdad no tengo ánimo ni cabeza para lidiar con las exigencias de Ares Finnick.
Me aliso el vestido una última vez, sintiendo la suavidad del satín en las palmas de mis manos, antes de dar la vuelta y salir de la habitación. Elena camina detrás de mí y noto que procuro mantener distancia entre nosotras, quizás por lo que sucedió esta mañana cuando Ares nos escuchó hablando. Decido no darle importancia por el momento, no porque no me importe, sino porque la manera en la que el vestido se desliza sobre mi piel a cada paso que doy me hace sentir desnuda, expuesta y ansiosa.
La mirada de Ares me golpea el pecho, haciendo que mi ritmo cardiaco se acelere en un segundo. Respiro hondo sintiendo como la gargantilla de oro oscila alrededor de mi cuello. Me trago el miedo e ignoro el hormigueo que se esparce por toda mi piel. En este imperio, Ares es quien dicta las órdenes y nadie osa llevarle la contraria, sin embargo, yo no estoy tan segura de ser una más de sus sirvientes.
—¿Qué es lo que me has hecho, Calíope? —Su pregunta me toma por sorpresa y la manera en la que me mira me roba el aliento.
Las imágenes de él con esa mujer se reproducen en mi mente en una secuencia descontrolada: el rostro de ella contorsionado por un doloroso placer, la mirada de él puesta en mí en todo momento, su hombría goteando los restos de su lujuria. Cierro los ojos un segundo cuando se acerca y posa su cálida mano en mi brazo desnudo. Mis labios se separan solo un poco y dejan escapar un tenue jadeo.
—Solo tienes que pedirlo —susurra pegando su boca a mi oído.
—Yo… Yo solo quiero que me ayudes a vengarme de mi esposo —musito reprimiendo en mi interior el deseo desbocado que él despierta en mí.
Sonríe con los labios pegados a la piel de mi cuello.
—Pídeme el mundo y hago que todos se inclinen a ti —declara con determinación.
Él me confunde. Me demuestra que es un hombre frío, cruel y, al mismo tiempo, declara sin que la voz le tiemble todo lo que está dispuesto a hacer por mí.
—No quiero el mundo, solo quiero que Santiago pague por todo lo que me ha hecho —repito.
Se aparta apenas unos centímetros y me mira. Abro los ojos bajo el peso de su mirada y el poco aire que me quedaba dentro de los pulmones se extingue por completo.
—Solo pido una cosa a cambio y tú ya sabes qué es. —Se aparta por completo y camina hacia la salida, dejándome en medio del salón sin poder respirar y con el corazón latiendo a toda prisa.
Tardo un par de minutos en recuperarme. Estar cerca de él me nubla por completo, es como si ocupara todo el espacio con su presencia, dejándome completamente desarmada. Sin estar lista, voy detrás de él; lo encuentro en la puerta hablando con uno de sus hombres, creo que es su mano derecha. No entiendo la necesidad de tener tanta seguridad ni de que todos, incluyéndolo, vayan armados en todo momento.
Cuando me acerco, rodea mi cintura y me guía hasta el ascensor.
—Tengo varios asuntos que atender y no podré atenderte por algunas horas. Voy a permitirte que deambules sola por el casino; si quieres jugar, solo tienes que decirle a Elena, y ella verá que no tengas inconvenientes en ninguna de las mesas. —El ascensor se detiene. Me gira con brusquedad y me toma de ambos brazos ejerciendo un poco de presión—. Mis hombres tendrán sus ojos sobre ti. No intentes nada y te aseguro que mañana será un mejor día para ti. —Trago saliva ante su advertencia; decir que el miedo hace que las entrañas se me retuerzan es poco.
—Tú no puedes prohibirme nada. Solo déjame ir. —Sonríe de lado.
—No puedo, acabas de pedir mi ayuda. Si te vas, tu esposo no pagará sus deudas y no hablo de las que tiene conmigo —aclara y sale del ascensor llevándome con él.
Tal como dijo, me deja sola cinco minutos después. Elena aparece de la nada y se mantiene a cinco pasos de distancia; me sigue a donde sea que camino. Trato de no llamar la atención, pero me doy cuenta de que realmente los hombres de Ares no me pierden de vista a donde sea que vaya.
Tengo que escapar, pero Ares tiene razón en algo: si consigo evadir la vigilancia, Santiago quedará impune. Tomo una copa de champán de una bandeja y tomo asiento en una de las mesas, Elena se acerca y se ocupa de las fichas.
La paciencia es la virtud de quienes saben jugar.