Capitulo Dos

1515 Words
¡Eres mía, me perteneces! Ares Deposito el cuerpo inconsciente de Calíope sobre mi cama, en el último piso del hotel. Desde aquí arriba domino la ciudad, pero en este instante, mi mundo se reduce a ella. Luce tan frágil, tan delicada entre las sábanas, pero no es su vulnerabilidad lo que me mantiene con la mirada fija en ella. Es el tono rojo de sus labios, un carmín natural tan encendido que parece que los llevara maquillados. Reprimo en mi interior el deseo de tomarlos y hacerlos míos hasta que su color se haya desvanecido en mi lengua. Aprieto los dientes entre sí, sintiendo que la espera será muy difícil Me inclino despacio. Con cuidado deslizo la punta de mis dedos por el perfil de su rostro, recorro su mejilla hasta rozar esos labios que me muero por probar. Podría reclamarlos ahora mismo. Podría tomarlos en este maldito segundo y nada ni nadie en este mundo tendría el poder para impedírmelo. Ella es mi propiedad, me pertenece. Sin embargo, algo en mi interior se tensa y me frena; una voz silenciosa me grita que ella no es como el resto de las mujeres que han pasado por mi cama. No es una mercancía común. —No, no lo es —afirmo ante mis pensamientos. Quiero tenerla. Quiero que sea mía en todos los sentidos posibles. Pero, por sobre todas las cosas, quiero que sea ella quien desee pertenecerme. Me alejo un par de pasos de la cama, y me recargo en el marco de la ventana, cruzándome de brazos mientras mantengo la vista fija en ella. El silencio en el ático es absoluto, roto únicamente por el suave compás de su respiración. Los minutos pasan en silencio y se convierten en horas, mientras yo sigo aquí, con los ojos fijos en ella. Es como si saberla en mi poder me hubiera quitado el control de todo mi cuerpo. De pronto, el ritmo de su respiración cambia. Un leve gemido escapa de entre sus labios y sus pestañas oscuras comienzan a agitarse. Está despertando. Me quedo inmóvil y en silencio en la penumbra, disfrutando del proceso. Sus ojos se abren despacio, desenfocados por la inconsciencia. Parpadea un par de veces, desorientada, mirando el techo alto. Noto el instante exacto en que la realidad la golpea: sus pupilas se dilatan, su cuerpo se tensa por completo y se incorpora de golpe, buscando aire como si se ahogara. —Santiago... —susurra con la voz rota, mirando a todos lados. —Santiago no está —sentencio. Mi voz resuena en la habitación, cubriendo cada superficie de un frío glaciar. Sonrío al ver su reacción; se estremece al tiempo que gira en dirección de mi voz. Se encoge instintivamente a la vez que toma las sábanas con una de sus manos para luego cubrirse hasta el pecho como si ese trozo de tela pudiera protegerla de lo que soy. Sus ojos, inmensos y cargados de un terror puro, me recorren. Recuerda el arma en la cabeza de su esposo. Recuerda mi rostro en el pasillo. Y no hace falta que le explique quién soy, para entender que no debe jugar conmigo. —¿Dónde... dónde estoy? ¿Quién es usted? ¿Qué le hizo a mi esposo? —Las preguntas tropiezan en sus labios, y un ligero temblor sacude su mandíbula. Es una criatura indefensa que me excita. Camino despacio hacia el borde de la cama. Cada uno de mis pasos es deliberado, depredador. Ella se arrastra hacia atrás hasta que su espalda choca contra la cabecera. No tiene a dónde más huir. —Estás en mi suite en el último piso del hotel. Y tu esposo está perfectamente vivo gracias a que tú estás pagando su deuda —le explico, deteniéndome al borde. Ladeo los labios, disfrutando de la distancia; su aroma es un maldito elixir que me embriaga. Aunque, si yo fuera tú, no me preocuparía tanto por él, Calíope. —Extiendo un brazo hacia ella, quien se encoge un poco más como si se quisiera fundir con la madera. Ella traga saliva. El pánico en su mirada es tan denso que casi puedo respirarlo, pero hay algo más en el fondo de sus ojos... una chispa de dignidad que se resiste a apagarse. —Quiero irme a casa —dice, intentando infundirle una firmeza a su voz que se desmorona a la mitad de la frase—. Déjeme ir. Mi padre... mi padre puede pagarle lo que quiera. Dejo escapar una carcajada seca, un sonido oscuro que la hace estremecerse. La tomo del brazo y tiro de ella con fuerza hacia mí; ella jadea aterrada al tiempo que las lágrimas se desbordan de sus ojos. —Tu padre no tiene el dinero suficiente para comprar lo que ahora es mío —me inclino sobre ella, obligándola a sostenerme la mirada—. Tu querido esposo te perdió en una apuesta, Calíope. —La incredulidad aparece en su rostro cargado de dolor, de humillación—. Te entregó en mis manos a cambio de que yo me olvidara de la fuerte suma que me debe. Ahora eres mía. Me perteneces por treinta noches —puntualizo con firmeza, viendo cómo su mundo se destruye y la decepción rellena cada espacio vacío que quedaba en su corazón. El color desaparece por completo de su rostro. Sus labios rojos se abren levemente, estupefacta. El aire se escapa por completo de sus pulmones. —No... eso es una mentira —balbucea, negando con la cabeza, aferrándose a un rayo de esperanza que le quema el pecho—. Santiago no haría algo así. —Se aferra al último rayo de esperanza aunque le arda en el pecho. —Aceptó el trato sin parpadear —ataco, dejando caer cada palabra con rigidez sobre ella—. Te entregó a cambio de su vida. Así que mírame bien, muñeca. A partir de este segundo, tus lágrimas, tu obediencia y tu cuerpo me pertenecen. De ti depende, arder en el infierno o disfrutar de mi paraíso. El silencio que le sigue a mis palabras es denso, pero dura apenas un parpadeo. La desesperación se enciende en sus pupilas, pero no se rinde. Calíope no se resigna a su nueva vida; en un movimiento rápido y desesperado, se desliza por el lado contrario de la cama, aprovechando que la distancia nos separa. Sus pies descalzos golpean la alfombra y corre con todas sus fuerzas en dirección a la puerta de salida. No obstante, soy mucho más rápido. Cruzo la habitación antes de que sus dedos alcancen a rozar la manilla de la puerta. La atajo por la cintura, frenándola en seco. Ella agita los brazos e intenta soltarse de mi agarre, pero soy mucho más fuerte que ella. Sin dificultad la atraigo hacia mí; su espalda choca contra mi pecho. La giro sobre sus talones para quedar de frente. Ella aprovecha el movimiento para cruzarme el rostro con sus uñas. El ardor se extiende por mi piel, pero no es suficiente como para hacer que la libere. Su rostro es el vivo retrato del pánico al darse cuenta de que el infierno se aviva en mis ojos gracias a ella. Con una de mis manos tomo sus muñecas y se las sujeto a la espalda, lo que la hace alzar el pecho y ofrecerme una panorámica jugosa de lo que la seda oculta con mucho esfuerzo de mi vista. Todo su cuerpo tiembla pegado al mío; sin embargo, su miedo, lejos de frenarme, me alimenta. Aprovecho su vulnerabilidad y su parálisis para acariciarla sin ningún pudor, deslizando mis manos por sus curvas, tocando partes de su cuerpo que la llenan de terror y vergüenza al quedar descubiertas. Quiero que entienda quién manda aquí. Acerco mi boca a su oído, saboreando su agitación. —Te lo advertí, muñeca —le susurro—. Eres de mi propiedad y te aconsejo que aprendas a comportarte, porque la próxima vez no voy a poder contenerme. —Mis palabras son un juramento frío que le hiela la piel. No espero una respuesta que sé que no tiene. Sin contemplaciones, la arrastro de vuelta hasta la cama y la lanzo sobre el colchón. Calíope cae como una muñeca de trapo, completamente muda, temblorosa y pálida como un papel; me mira como si esperara el golpe final. Y no hace falta nada más para entender que está acostumbrada a los golpes de ese malnacido. Con un nuevo motivo para odiar y desear asesinar a Santiago Monroe, la dejo ahí, rota por la realidad de su encierro. Me acomodo el saco del traje, recuperando mi postura impecable en un segundo, y camino hacia la salida sin mirarla otra vez. Salgo de la habitación, cierro la puerta y le paso la llave. Con mi nueva posesión a salvo, decido bajar al casino. Hay algunos asuntos que necesito atender. Al salir de la suite, dejo a dos hombres a cargo de ella. Está encerrada en la habitación, no podrá salir y si lo consigue, ellos no pueden permitir que abandone el piso.
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