Capitulo Tres

1467 Words
No soy tuya, solo me compraste. Calíope El chasquido metálico de la cerradura al girar hace eco en mis oídos, encendiendo todas mis alarmas y rompiendo de golpe la parálisis que me mantiene adherida a la cama. La realidad me atenaza la garganta y reacciono por puro instinto de supervivencia. Me levanto rápidamente de la cama, tropezando con las sábanas que se enredan en mis piernas, y corro desesperada hacia la puerta. Mi respiración se vuelve errática cuando sujeto la manilla y no cede. La puerta se mantiene cerrada y, por más que lo intente, no se abre. Estoy atrapada. —¡No, no, por favor! —Mi voz sale como un chillido ahogado, estrangulado por el pánico, a la vez que golpeo la puerta con las palmas de mis manos. La desesperación se apodera de mí por completo, nublándome la vista cuando no obtenga respuesta del otro lado. Pego el oído a la madera e intento oír algo, sus pasos, su respiración al otro lado, pero todo es silencio. Levanto los puños y empiezo a golpear con más fuerza que antes, pero sigue siendo inútil. Me desgarro la garganta gritando, pidiendo que me abra, que no me deje encerrada aquí; le suplico que me deje ir. Le doy mi palabra de pagarle hasta el último centavo con tal de que me libere, pero mis ruegos y mis súplicas no son escuchadas por nadie. —¡Abre la puerta! ¡Por favor, déjame ir! —grito, golpeando una y otra vez hasta que los nudillos me arden y la piel se me pone al rojo vivo—. ¡Santiago! ¡Santiago, ayúdame! ¡Tú no pudiste hacerme esto, no tú! —chillo con la voz ahogada por la desesperación. Nadie responde. Al otro lado solo hay un silencio sepulcral, frío e indiferente, como el hombre que me encerró aquí. Sin poder controlarlo, el llanto me domina por completo. Me asfixia robándome las fuerzas. Las piernas me tiemblan y dejan de sostenerme; caigo de rodilla frente a la puerta con la mano aún aferrada a la manilla. Lentamente, me deslizo hasta pegar mi espalda a la madera mientras mi mente intenta con todas sus fuerzas comprender la magnitud de lo que acaba de sucederme. Me abrazo a mí misma mientras las lágrimas empapan mis mejillas y me resbalan hasta el cuello. —Santiago no pudo haberme hecho esto… él no pudo haberme hecho esto —susurro entre sollozos repitiéndolo como un mantra, como si decirlo en voz alta pudiera cambiar la realidad. La realidad es que nunca le he importado, solo me ha utilizado desde que nos casamos; lo único que quería de mí era todo el dinero que mi padre podía darle y pensar que fui yo quien insistió en que me permitieran ser su esposa. Les juré que Santiago sería el esposo perfecto, que siempre me protegería. Qué tonta fui al creer que realmente me amaba. —Juro que algún día le voy a hacer pagar por todo el daño que me ha hecho y no me importa si tengo que venderle mi alma al diablo para conseguirlo. Lloro hasta que la garganta me arde y el pecho me duele por la falta de aire, mientras en mi mente prometo que esta es la última vez que derramo una lágrima por su culpa. Ya han sido demasiadas, ya hasta perdí mi orgullo y mi dignidad por un hombre que jamás supo valorarme. El tiempo pasa y el silencio sigue intacto. Sin darme cuenta, mi llanto se empieza a calmar y una pesadez me invade por completo. Es como si de pronto hubiera perdido todas mis fuerzas; como si, al darme cuenta de todo lo que he entregado por amor, al fin mi alma pudiera descansar. Siento un vacío en mi interior; el dolor se vuelve un eco en mis pensamientos. No sé cómo ser la mujer que necesito ser para sobrevivir a esto, pero lo haré. Y cuando este calvario se termine... Santiago sabrá que ya no queda nada de la mujer débil a la que solía humillar. En medio del dolor y la rabia, los recuerdos de lo que ha sido mi matrimonio atacan mi mente; el subconsciente me lleva a esos momentos en los que me empeñaba en aferrarme a la imagen de esposo perfecto que Santiago aparentaba delante de todos. Me lleva hasta el tono cortante de su voz, reduciéndome a menos de nada: “Eres una inútil, Calíope. No sirves para nada. Ni siquiera sabes cómo complacer a un hombre”. El pecho me arde, pero mi cuerpo está adormecido. “Solo sirves para sonreír en las cenas de negocios y para mantener la boca cerrada. Tu opinión no le interesa a nadie, estúpida”. Mi mente revive las miradas de desprecio que me lanzaba cuando creía que nadie lo observaba. ¿Tan ciega fui? ¿Tanto me enamoré de él? Me hice más pequeña para que él brillara pensando que eso era amor y terminé en las manos de otro hombre. Un hombre frío y cruel, que al menos ha sido sincero. Es irónico que un hombre como él sepa lo que es la sinceridad. La vida jamás tiene lógica ni es coherente. Respiro profundo y cierro los ojos. Los rostros de otras mujeres aparecen con claridad delante de mí. Santiago nunca se preocupó por ocultar sus infidelidades. Para él solo fui un escalón en su camino. De pronto siento los párpados pesados y la cabeza demasiado aturdida como para seguir pensando; dejo que la rabia y el dolor me hundan en un trance intermitente entre el sueño y la falsedad que viví al lado de mi esposo. En medio de esa duermevela, me parece ver el momento exacto en el que fui entregada al demonio. Veo la sonrisa arrogante de Ares y la satisfacción en el rostro de Santiago al saber que su deuda está saldada. —Te apuesto a mi esposa —dice con una frialdad que me hiela la sangre. —¡No! —grito, despertando de golpe con el corazón martilleándome contra las costillas. Abro los ojos de par en par, jadeando. El sudor frío me empapa la frente. Me toma unos segundos darme cuenta de que me había quedado dormida en el piso, vencida por el cansancio. Me gustaría no sentir dolor, pero la verdad es que no puedo evitarlo. No importa que haya jurado vengarme de Santiago; me duele todo lo que me ha hecho. Intento levantarme y el cuerpo me cruje de dolor. Me quedé dormida en el piso en una posición bastante incómoda. Tengo los músculos entumecidos y siento el frío hasta en los huesos. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero la luz del día empieza a filtrarse a través de las cortinas. Camino hasta la cama y me siento en el borde mientras observo toda la habitación. Ni en mil vidas, Santiago podría pagar por algo como esto o tal vez sí, pero no conmigo ni para mí. Cuando siento que las piernas han recuperado más fuerzas, me levanto y voy hacia la ventana. —Tal vez lanzándome desde aquí, pueda dejar de sentir tanto dolor… pero entonces no cumpliría mi juramento. De día, Las Vegas luce diferente. Es como si, al caer la noche, las lentejuelas y el brillo eclipsaran cualquier rastro de humanidad en las personas y solo quedara en ellos la avaricia, el deseo de poder, la pasión. —Treinta noches para sobrevivir a esto. —Esta vez mi voz no tiembla al decirlo; sin embargo, las palabras suenan huecas, desprovistas de toda inocencia. Giro sobre mis talones con una idea en mente. Aunque la opulencia del lugar me asfixia, lo mejor que puedo hacer es pasar desapercibida, mantenerme pequeña hasta que Ares me libere de este infierno. Tomo aire antes de dirigirme al baño. Me observo en el espejo sobre el lavabo y me desagrada la imagen que me devuelve. Nunca he sido demasiado hermosa; como dice mi madre: poseo una belleza discreta. Quizás porque jamás me gustó el maquillaje en exceso ni los colores demasiado llamativos. Pero supongo que es hora de cambiar; ser buena no me ha servido de mucho. Afuera escucho que la puerta se abre. El sonido de unos pasos al entrar. El corazón se me acelera de golpe, dificultándome respirar. Salgo del baño y me planto con firmeza delante de él. En este momento mi imagen es un asco, pero no por eso voy a dejarle ver lo destruida y rota que estoy. Sus ojos me recorren con lascivia, y de un modo demasiado absurdo, eso me calienta la sangre. Santiago jamás me vio de esa manera; en realidad, Santiago jamás se preocupó en satisfacerme realmente. Y ahora Ares, con solo una mirada, consigue que todo mi cuerpo arda.
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